Los factores historicos

Autor:Eloy Colom
 
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En sus “Consideraciones inactuales: De la utilidad y perjucio de la Historia para la vida” ha colocado Nietzsche todo el conocimiento histórico bajo la duda de su conveniencia. La Historia tiene, en efecto, un sentido necesario para una cultura sana. Toda vida requiere recuerdos y necesita saber enlazar conscientemente su presente con su pasado. Pero ¿hasta qué grado necesita la vida el servicio de la Historia? ¿Cuándo pude comenzar a ser peligroso para la vida el conocimiento histórico?

Por si fuera poco con la desconfianza vertida por Nietzsche sobre las virtudes de la Historia, la filosofía contemporánea nos alerta sobre la objetividad de cualquier ciencia, porque los seres humanos tendemos a ver lo que queremos ver, en vez de la realidad objetiva que se supone que buscamos. ¿Es posible adquirir realmente un cabal conocimiento histórico?.

Incluso suponiendo que podamos aprehender la realidad de los fenómenos históricos, vierte Popper en “La miseria del historicismo” la duda sobre la capacidad humana para prever el futuro en base al análisis de los acontecimientos pasados. ¿Donde está la necesidad de que los procesos históricos vayan a continuar en el futuro en un desarrollo previsible?

La respuesta es la inconveniencia y descrédito de la Historia como base tanto para la explicación del presente como para la construcción del futuro.

Aún así, ello no justifica plenamente el desdén hacia esa ciencia. Aunque abordemos con serias reservas sus conclusiones, no podemos ignorarlas, porque si la Historia no aporta conclusiones incontestables, al menos nos enseña fenómenos tendenciales. Puede que no nos muestre el punto exacto donde se encuentra la verdad, pero nos puede ilustrar sobre la dirección en que ésta se sitúa.

Iniciamos a continuación una aproximación histórica general al objeto de este libro. Una visión panorámica que sirva, ya desde el inicio, para señalar ciertas diferencias históricas notables entre los dos pueblos cuyos sistemas judiciales se van a comparar.

1. El desarrollo histórico en Inglaterra

En l066 accede a la corona de Inglaterra Guillermo el Conquistador, duque de Normandía, tras derribar a la dinastía anglosajona que había gobernado el antiguo reino durante los anteriores quinientos años. Guillermo -un francésse asienta por tanto sobre un territorio hostil al que trata de controlar utilizando variados medios a su alcance. En primer lugar, y congruentemente con la naturaleza de su régimen, Guillermo afirma su poder mediante la misma pura fuerza militar que le había proporcionado la corona; en segundo lugar, mediante el repartimiento del territorio entre los aristócratas normandos que habían contribuído a su victoria; en tercer lugar, dejando astutamente que sus nuevos súbditos continúen rigiéndose parcialmente por el antiguo Derecho preexistente a la conquista71, lo que daría a su gobierno una apariencia de continuidad muy conveniente72. De ahí que la producción legislativa de su reinado fuese mínima, ya que otra cosa ni le convenía, ni le era necesaria 73.

Pero a pesar de los intentos de aparentar otra cosa, su régimen fue de una dureza extrema para con los sectores inferiores de la población vencida, a la que diezmó, sometió a hambre, despojó de sus bienes y redujo de condición. Las pocas leyes que se promulgaron no constituyeron otra cosa que meros instrumentos de poder para afianzar su posición en el reino que acababa de conquistar74.

Como en tantos otros reinos de la Alta Edad Media, Guillermo instituye en Inglaterra un órgano central de gobierno, la Curia Regis, presidida por el propio monarca e integrada por los más importantes barones del reino, que funciona como una asamblea feudal dominada por el soberano, asamblea que dirige la vida pública de la nación inglesa acumulando toda suerte de competencias, políticas, administrativas, militares y, por supuesto, judiciales.

Pronto, sin embargo, se comienza a delegar en algún miembro individual o en alguna pequeña comisión de la Curia el poder de ésta para resolver aquellas cuestiones concretas que se consideran convenientes. Pero, a diferencia de lo que sucede en el continente, el nombramiento del delegado no se hace para que actúe bajo la supervisión o control del órgano delegante, sino que en Inglaterra -y esto es muy importante para el desarrollo posterior de su judicaturael delegado se sitúa exactamente en la misma posición que si del propio rey y de la propia Curia se tratase, con todo el poder y majestad correspondientes a ellos75.

No tardó en aparecer una cierta especialización en algunas de las pequeñas comisiones de la Curia. Y así -básicamente durante el reinado de Enrique I (11001135)una de ellas se especializa en ciertos aspectos propios de la administración de justicia, aunque sin abandonar del todo las otras competencias generales que hemos mencionado.

Cuando en ll54 accede a la corona de Inglaterra Enrique II, extraordinario vástago de la dinastía Plantagenet, sus posesiones se extienden sobre una porción considerable del occidente europeo, entre Escocia y los Pirineos, procedente en parte de la herencia normanda de sus antepasados, y en parte recibida como dote de su también extraordinaria esposa, Leonor de Aquitania.

Para atender a tan extensos intereses el monarca precisa ausentarse durante largos períodos de tiempo del territorio inglés, y, en consecuencia, temeroso de la disgregación de su reino, inicia76 hacia 1166 un proceso de centralización que tiene en la centralización judicial una de sus principales manifestaciones77.

Así, junto a algunos tribunales locales que ya existían desde antes de la invasión de Inglaterra por Guillermo el Conquistador, Enrique II establece de modo definitivo un tribunal central permanente bajo su directa autoridad, al que sigue concibiendo como una prolongación actualizada de la Curia Regis, y que ejerce su jurisdicción sobre la totalidad del territorio y la población de Inglaterra, cualquiera que sea la clase o condición de ésta. Poderoso tribunal, auténtico brazo del monarca, llamado a imponer el orden en el reino, no se detenía ni siquiera ante los grandes señores locales de la época, para lo cual estaba dotado de amplias competencias tanto en materia penal como civil, así como de abundantes poderes políticos y administrativos todavía bastante indiferenciados78.

El sistema todo era tremendamente despótico, con unos jueces que no eran sino los propios colaboradores directos del monarca en la labor de gobernación del territorio, carentes de independencia frente al rey, pero que no sólo cumplían a la perfección el objetivo de ser brazos del monarca con los cuales éste podía controlar a los díscolos barones, sino que cumplían además con la labor -consciente desde el poder políticode ir arrebatando parcelas de poder a las antiguas instituciones de origen anglosajón, que constituían una barrera para que la corona alcanzase un dominio total sobre sus súbditos. En este sentido, el tribunal central fué dotado de considerables ventajas procesales con relación a los viejos tribunales, atrayendo a la población a buscar la justicia del rey, quien poco a poco empezó a dar una imagen intencionada de paladín del Derecho frente a la opresión de los señores locales79.

Para mejor cumplir con los objetivos propuestos seleccionó Enrique como jueces a un pequeño grupo de distinguidas personalidades de su propia corte, siguiendo con las pautas marcadas al efecto por sus antecesores e, igual que había sucedido con la antigua Curia, les revistió desde el principio de toda la pompa y majestad y de todo el prestigio político y social propios de la monarquía, a la que representaban directamente.

No fueron esos jueces centrales ingleses, por tanto, simples funcionarios. Dotados de extraordinario poder, bastaba verles en sus desplazamientos a provincias a administrar justicia para darse cuenta del lugar privilegiado que ocupaban en la estructura política y social de Inglaterra. Los magnates de las ciudades y los pueblos les recibían con todos los honores y rendían pleitesía, sirviéndoles de escolta durante la estancia en medio de un enorme boato que subsistió hasta entrado el siglo pasado, y del que aún quedan algunos vestigios en la actualidad80.

Durante las primeras décadas de funcionamiento del sistema no se nombraron esos jueces necesariamente de entre los juristas profesionales, sino entre personalidades que se habían distinguido en el servicio a la corona, como el brillante Sir Ranulf de Granvil o el poderoso Geoffrey de Mandeville, personalidades que no obstante su escasa o nula formación jurídica universitaria, llegaron a elevarse a la categoría de verdaderos maestros en su nuevo oficio, gracias a sus aciertos y a la uniformidad de criterios que emplearon en sus decisiones81.

La profesionalización de la vida judicial inglesa se alcanza en el siglo XIII, pero no como en el continente, a través de la enseñanza universitaria, sino por medio del aprendizaje práctico en los despachos de los letrados y en las salas de audiencia judiciales. De ahí que el Derecho se desarrolle en Inglaterra con la vista puesta en criterios prácticos, alejados de toda pretensión artificiosa de cientificidad82.

A partir de Roger Huscarl, nombrado en l2l0, se generalizó el sistema de nombrar para los cargos judiciales a la élite de la abogacía83.

En esa época se configura un sistema de justicia muy peculiar. Algunos jueces entienden que su misión principal en los procesos civiles no consiste en la aplicación de un Derecho por lo demás muy poco sólido, sino en buscar la satisfacción de los litigantes, por lo que era frecuente que intentasen de continuo (sobre todo a partir de la consolidación de las profesiones letradas) el consenso entre las partes y entre éstas y el juez en cuanto al Derecho aplicable, tratando además de llevar a los litigantes al convencimiento de la conveniencia y justicia de las soluciones alcanzadas, cuando existía posibilidad para ello 84. La idea detrás de esa forma de proceder era la de...

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