Las relaciones eurolatinoamericanas: a la búsqueda de un nuevo modelo

Autor:José Ángel Sotillo
Cargo:Profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del Instituto Universitario de Desarrollo y Cooperación (IUDC-UCM)
Páginas:13-25
RESUMEN

La intención de este artículo es llevar a cabo una serie de reflexiones acerca del estado de las relaciones eurolatinoamericanos y, desde un examen crítico, facilitar una nueva agenda de trabajo que dé contenido real a esas relaciones, pero también un sentido de profundidad, un carácter estructural.

 
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Panorámica general

En plena reconfiguración del mapa mundial, en el que hay más actores implicados que nunca en la vida internacional, con un nuevo e incierto reparto de papeles en cuanto al poder y la influencia en la agenda global, con la percepción cada día más evidente de que hay toda una serie de amenazas que requieren de manera urgente la toma de decisiones colectiva y una gestión corresponsable en asuntos de interés común, la Unión Europea y América Latina tienen una oportunidad para combinar sus esfuerzos con el objetivo de tener una presencia colegiada en la agenda global, desde la potenciación de sus relaciones birregionales.

Ambas partes, la Unión Europea (en pleno proceso de transición por la aplicación del Tratado de Lisboa en tiempos de crisis) y América Latina (que combina la necesidad de una mayor actuación colectiva con la configuración de espacios subregionales junto a tensiones intra e intergubernamentales) tienen ya un marco de relaciones establecido, una experiencia compartida y toda una serie de elementos en común que deben ser aprovechados para la definición de esa puesta en común que atienda tanto a los intereses propios a ambas regiones, como a intereses colectivos.

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Esta visión optimista choca contra una serie de situaciones que, sin duda, podrían dar otro enfoque al presente y al futuro de las relaciones eurolatinoamericanas. Por un lado, el impacto de la crisis económica ha tenido como efecto una vuelta de la defensa de posiciones particulares, de intereses propios que condicionan la creación de espacios compartidos. Al mismo tiempo, se suma otra crisis, esta de naturaleza política, que lleva al ensimismamiento, a un cierto nacionalismo (a distintas escalas) que disminuye la cooperación internacional, por muy necesaria que ésta sea, y por la timidez y el escaso alcance de algunos esfuerzos que ya han sido puestos en marcha. Esto puede dar lugar a que cada región trate de resolver sus propios problemas y no active suficientemente las capacidades que puede generar la acción conjunta.

Desde este texto, apostamos por las oportunidades que abre la Unión Europea post Tratado de Lisboa y la América Latina que, a 200 años de su independencia, tiene hoy un claro potencial protagonista. Ese creciente protagonismo revela que la Unión Europea tiene que saber escuchar las diversas voces latinoamericanas, algunas de las cuales no serán absolutamente coincidentes con las opciones europeas.

Con el tiempo, las relaciones eurolatinoamericanas van adquiriendo una dinámica propia. Quizá hasta ahora —en su relativamente corta historia en común— han tenido un desarrollo excesivamente vertical por su casi exclusivo entramado intergubernamental, sin duda necesario en el momento de su creación y puesta en marcha; pero hay un caldo de cultivo, una gran e intensa amalgama de relaciones sociales que permite construir de manera más sólida esas relaciones, al mismo tiempo que las dota de legitimidad. Hay que superar la etapa en la que lo que tratan los Gobiernos va por un lado y lo que afecta a la creación de espacios de ciudadanía compartida va por otro, manteniendo en ocasiones agendas contradictorias. Hay que construir hacia arriba, pero desde abajo.

El camino, por descontado, no es en nada sencillo, pues las opciones más conservadoras tratan de frenar los avances en lo que, en definitiva, es la democratización de las relaciones eurolatinoamericanas. En ese proceso tiene que desempeñar un papel más importante la Asamblea Parlamentaria Eurolatinoamericana, creada en 2006, que debe ir más allá que el de adoptar recomendaciones y resoluciones que, prácticamente, no son tenidas en cuenta por instancias intergubernamentales.

De las lecciones del pasado también sabemos que ninguna relación entre socios es absolutamente simétrica, pero en el caso que nos ocupa, la UniónPage 15 Europea tiene que practicar más lo que es parte sustancial de su forma de actuar, como es convertir en realidad su carácter de socio que escucha, dialoga y genera una forma de comportamiento que busca la complementariedad con la otra parte. No hay recetas europeas para los problemas latinoamericanos; hay una serie de situaciones y problemas para los cuales ambas partes pueden realizar los esfuerzos conjuntos —seguramente con más experiencia, medios y recursos europeos— para conseguir resultados que sean mutuamente beneficiosos. Sin duda a la Unión Europea le corresponde ejercer la autoridad en muchos casos y tiene la legitimidad suficiente para hacerlo, pero siempre buscando la aceptación, la capacidad de convicción, no la imposición, por muy blanda en sus formas que ésta pudiera llegar a ser en algunas ocasiones.

Una relación corta, pero intensa

América Latina —el Caribe queda en buena medida vinculado al Convenio de Cotonú— viene ocupando una parte de la agenda exterior europea. Se recuerda siempre que América Latina no es el área prioritaria de la Unión Europea en su acción exterior, si bien es cierto, depende de cómo se mida una relación para poder certificar esa afirmación.

En una frase resumen, podemos decir que se ha pasado de la nada a la normalización; de la ignorancia, pasando por la intensidad, al enfriamiento, a un cierto statu quo.

En relativamente poco tiempo, especialmente desde mediados de los años ochenta, ambas partes ponen en activo toda una serie de acciones que definen progresivamente el conjunto de la relación.

Desde el punto de vista institucional, contando con el momento inicial del diálogo con Centroamérica (el Diálogo de San José, desde mediados de los ochenta), se establece todo un entramado de relaciones políticas que tiene su cúspide en las Cumbres UE-ALC; hasta el momento se han celebrado cinco1:

  1. Río de Janeiro (28 y 29 de junio de 1999). Reúne a 47 jefes de Estado y de Gobierno de ambas regiones: puesta en marcha de la Asociación Estratégica; apertura de las negociaciones UE-Mercosur.

  2. Madrid (17 y 18 de mayo de 2002): anuncio del Acuerdo de Asociación UE-Chile; puesta en marcha del Programa ALBAN; puesta en marcha del concepto de espacio único UE-ALC de la Enseñanza Superior y el Conocimiento.

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  3. Guadalajara (28 y 29 de mayo de 2004): puesta en marcha del Programa EUROsociAL.

  4. Viena (11 y 12 de mayo de 2006): inicio de las negociaciones UE-América Central para un Acuerdo de Asociación; apertura de las negociaciones para un Acuerdo de Asociación entre la UE y la Comunidad Andina; creación de EuroLAT.

  5. Lima (16 y 17 de mayo de 2008): puesta en marcha de EUrocLIMA; concepto de una Fundación UE-ALC; decisión de entablar un diálogo estructurado y global sobre migración.

    Fuente: Elaboración a partir de la Comunicación de la Comisión Europea, COM 495/3.

    Ese pilar político se acompaña con otros dos: por un lado los Acuerdos de Asociación (birregionales o bilaterales, que incluyen la dimensión económica) y la cooperación (en este caso, al quedar América Latina incluida en las acciones del Reglamento que establece un Instrumento de Financiación al Desarrollo2).

    Se crea un formato uniforme que se aplica con flexibilidad según los casos, pero que hoy en día parece que se enfrenta a varias dificultades para su...

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