La ética de los Jueces

Autor:Adela Cortina
Cargo:Catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia. Directora de la Fundación ÉTNOR.
Páginas:07-14
RESUMEN

1· La justicia como quicio de la vida personal y social. 2· La justicia como valor y como virtud. 3· Una virtud de las personas y de las instituciones. 4· Dimensiones de las teorías de la justicia. 5· El quehacer judicial. 6· Ética de los jueces como ética de la responsabilidad.

 
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1· La justicia como quicio de la vida personal y social

Si hay un predicado valorativo utilizado hasta la saciedad en la vida cotidiana es el que se refiere a las personas, las acciones, las instituciones o las sociedades, tachándolas de justas o injustas. Evidentemente, decir de alguien o de algo que es justo es juzgarlo positivamente, tenerlo por injusto implica juzgarlo negativamente. Y, sin embargo, el término «justicia», como cualquier otro término evaluativo, es todo menos diáfano. La justicia puede ser, en principio, un valor o una virtud; pero también puede entenderse como una entidad, y entonces es preciso utilizar el sustantivo para designarla, o bien tomarse como una cualidad, y entonces debe tratarse como un adjetivo calificativo, en la acepción «justo/injusto». Por otra parte, puede aplicarse a las personas y a sus actuaciones, o bien a las instituciones. Y, sobre todo, resulta sumamente difícil determinar su contenido. Bajo la caracterización de Ulpiano «dar a cada uno lo que le corresponde», los problemas suelen empezar al tratar de determinar qué corresponde a cada uno. Para lograrlo, con mayor o menor éxito, es preciso elaborar teorías de la justicia, más o menos perfiladas, tarea en la que se ha empleado a fondo la filosofía occidental, al menos desde Platón o, yendo todavía más lejos en el tiempo, al menos desde Anaximandro. La importancia del tema no se puede minimizar, precisamente porque la justicia representa el quicio que une a la vida personal y la social, y, a la vez, el quicio dentro de la vida personal y dentro de la vida social. Una persona o una sociedad injustas están desquiciadas, situación que, como su nombre indica, es patológica y requiere una reparación.

En este breve artículo quisiéramos ocuparnos únicamente de uno de los múltiples lados de la justicia, que es el de la ética de la actividad judicial, el de la ética de los jueces, pero para llegar a ello bueno sería aclarar antes algunos de los puntos mencionados, sin los que no podemos llegar a buen puerto.

2· La justicia como valor y como virtud

Sin duda la justicia es un valor, como reconocen todas las relaciones de valores que han venido haciéndose, sobre todo desde que Max Scheler dio comienzo a la escuela de la Ética de los Valores, al aplicar a la ética la fenomenología de Edmund Husserl. Los valores, desde esta perspectiva, no son entidades, sino cualidades de las cosas, las personas o las instituciones, que se expresan, por lo tanto, por medio de adjetivos calificativos. No existe «la Justicia», como tal, a no ser que nos refiramos a la institución encargada de juzgar si cada uno ha recibido lo que le corresponde y de sancionar a los infractores e indicar cómo debe repararse el daño. Pero, como es obvio, la institución no agota todo el ser de lo justo, que se dice también de las personas, las acciones y las sociedades.

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Por eso, importa recordar que la justicia no se identifica con una entidad, sino con una cualidad que califica a realidades personales y sociales. Si recordáramos este extremo, que muy bien puntualizan los partidarios de la Ética de los Valores, evitaríamos discusiones superfluas sobre si «la Justicia» puede o no realizarse, o si «la Verdad» puede o no conocerse. Personas y sociedades podemos y debemos intentar actuar de forma justa, de la misma manera que podemos y debemos intentar formular juicios verdaderos. «Debemos» hacerlo porque valores como la justicia y la verdad son valores positivos y, por lo tanto, atraen, mientras que sus contrarios son negativos y, por lo tanto, disuaden. Ahora bien, la capacidad de formular juicios justos, tomar decisiones justas y actuar con justicia no se improvisa. Ni se tomó Zamora en una hora ni personas e instituciones se hacen justas de la noche a la mañana. Llegar a esa meta requiere un aprendizaje, exige entrenamiento día a día, en esa forja del carácter, del êthos, que es la tarea de la ética. Nacemos con un bagaje genético y social que no hemos elegido, pero las sucesivas elecciones nos llevan a incorporar ese carácter, personal o institucional, que es para cada persona e institución su destino. De eso precisamente trata la ética, de la forja del carácter para tomar decisiones justas, prudentes y felicitantes.

En esta tarea los valores ofician de guías para la acción, y es un deber encarnarlos allá donde hay carencia de ellos, como también es deber potenciarlos allí donde su presencia es débil. Quien aprende a actuar tomando como guía un valor positivo, sea ese «quien» persona o institución, incorpora la virtud correspondiente al valor; teniendo en cuenta que las virtudes son aquellas predisposiciones que nos llevar a tomar buenas decisiones y a realizar buenas acciones. Esforzarse día a día por configurar un mundo social en el que estén encarnados los valores implica, para quien así actúa, incorporar las virtudes, las excelencias del carácter. Con ello se logra, entre otras cosas, acondicionar el mundo, haciéndolo habitable, porque no cabe duda de que es inhóspito -en nuestro caso- un mundo injusto, un mundo sin justicia.

3· Una virtud de las personas y de las instituciones

Una de las discusiones más vivas en nuestro tiempo en el ámbito de las éticas aplicadas surgió a cuento de la posible ética de las organizaciones. ¿Es la ética cosa de las organizaciones y de las instituciones o sólo de las personas? Respuestas hubo y hay en los dos sentidos, como es obvio, y no es momento de entrar en el debate. Pero sí que conviene aclarar la posición que tomaremos en este artículo para evitar posibles confusiones. Ciertamente, la ética se dice en primer lugar de las personas, que son los agentes básicos de la moralidad. Precisamente por gozar de esa estructura moral de la que hablaron Zubiri y Aranguren, y que consiste en la necesidad que toda persona tiene de justificar sus elecciones en relación con algún tipo de normas o ideales morales, dado que nuestras acciones no están determinadas de forma unívoca, podemos decir que las personas son libres y responsables: han de elegir, justificar sus elecciones y responder de ellas 1. Sin personas que actúen moralmente, no hay organización ni sociedad moral posible.

Pero también es preciso reconocer, por analogía, que las organizaciones y las instituciones pueden ser morales o inmorales, porque están dotadas de una estructura, desde la que toman conciencia de los valores, eligen actuar según ellos o rechazarlos, los ponen o no por obra. Una organización o institución no es igual a la suma de las personas que la componen, sino que tiene una estructura que condiciona las decisiones a todos los niveles 2. Si esa estructura exige o permite tomar decisiones injustas...

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