Esbozando el futuro

Autor:John D. Donahue
Cargo del Autor:Profesor e investigador en la Harvard Kennedy School
Páginas:143-166
 
ÍNDICE
EXTRACTO GRATUITO

Page 143

El daño infligido

SÓLO A FUERZA de una fortaleza ideológica inquebrantable se puede uno declarar satisfecho con el desempeño del Gobierno estadounidense actual. Firmes partidarios de una determinada modalidad de actuación podrían estar convencidos de que los cometidos del Gobierno son, en su mayoría, triviales o nocivos; y que por tanto no pasa nada si están mal desempeñados. Los ideólogos de otra índole diferente pueden valorar los objetivos del Gobierno con suiciente pasión como para pasar por alto la ejecución desacertada. Pero las pruebas nos fuerzan al resto a reconocer que el rendimiento del sector público de los Estados Unidos se queda demasiado corto, con demasiada frecuencia, respecto a la actuación que los ciudadanos esperan y que una comunidad digna requiere.

Un simple vistazo al panorama gubernamental revela incumplimientos en casi cualquier conjunto de prioridades, en cualquier nivel de Gobierno. Una esfera notable de irresponsabilidad del sector público a nivel local es la lenta y escandalosamente desigual mejora de la educación pública, especialmente de las escuelas de enseñanza secundaria. Otra es el malgasto crónico de tiempo y combustible en las sobrecargadas redes de carreteras, poco planificadas, y la singularidad de cualquiera de los excelentes sistemas de tránsito público o las tácticas ingeniosas de mercado para aliviar la congestión que las ciudades de otros países ricos a menudo logran aplicar. Un tercero es el recrudecimiento a finales de siglo del narcotráico y la delincuencia en muchas ciudades y pueblos.

La mayoría de los Gobiernos estatales (amparados por Washington) ponen en marcha programas de asistencia sanitaria dirigidos a colectivos de pocos recur-

Page 144

sos que aúnan gastos ruinosos con resultados mediocres. Los estados mantienen sistemas penitenciarios angustiosamente hacinados que en el mejor de los casos aíslan y en el peor refuerzan las tendencias delictivas, con apenas indicios hacia la mejora. En casi todos los estados, los sistemas de acogida y bienestar infantil son tan descuidados que los niños bajo supuesta protección estatal habitualmente dejan de estar controlados, están frecuentemente desatendidos y ocasionalmente maltratados.

El Gobierno federal, por su parte, sufre de un potencial –o quizá, más exac-tamente, eventual– desequilibrio fiscal devastador; de una incapacidad crónica para controlar las fronteras; pasando por fallos graves en seguridad de fármacos hasta llegar a la regulación de la seguridad de las pensiones, por señalar sólo tres casos de deficiencias en el rendimiento federal, y tan sólo en el ámbito interno. Esta lista se ampliaría indeinidamente sin gran esfuerzo.

Sería absurdo echar la culpa del deficiente rendimiento gubernamental a los desajustes del mercado de trabajo que se describen en este libro. Ninguna organización humana funciona perfectamente, y múltiples factores típicos explican la brecha entre el ideal y la realidad. También debemos recordar que las tareas del Gobierno suelen ser especialmente difíciles; es más fácil fracasar en neutralizar terroristas o fomentar la educación que en el desarrollo de un nuevo y mejorado suavizante para la ropa, o incluso en una nueva y mejorada arquitectura informática. Y muchas deficiencias gubernamentales relejan malas decisiones por parte de unos pocos que toman las principales decisiones, en lugar de una mala práctica por parte de las muchas personas que ponen en vigor esas decisiones. Algunas decisiones políticas (los lectores están invitados a contemplar cualquier ejemplo que sugiera su experiencia política) son tan estúpidas que ni siquiera la ejecución más brillante puede obtener un buen resultado. También es cierto que la insatisfacción con el Gobierno está generalizada incluso en países en los que las condiciones de empleo público y privado no se han desviado ni de lejos hasta el punto en que lo han hecho en los Estados Unidos.

Sin embargo, la pequeña muestra del decepcionante desempeño guberna-mental antes citada –y en otros muchos casos– comparten, entre innumerables diferencias, un factor unificador: están coniadas a un sector que cojea por su inlexibilidad y está privado de talento. Con demasiada frecuencia el Gobierno estadounidense no es suicientemente inteligente (porque las alternativas privadas hacen que se pierda el mejor personal) ni suicientemente lexible (porque los trabajadores refugiados en el bastión de la clase media del Gobierno se resisten, bastante racionalmente, al cambio). La distorsión provocada por las disparidades en los dos extremos del mercado de trabajo no es el único motivo por

Page 145

el que el Gobierno no cumple. Pero es una parte importante y poco reconocida del problema del rendimiento.

Este factor también explica la forma característica que el sentimiento anti-gubernamental tiende a tomar en los Estados Unidos. Las reticencias ante la autoridad es un rasgo humano generalizado y bastante saludable. Una visión negativa del Gobierno (entre todas las personas algunas veces, y entre algunas personas todas las veces) se puede encontrar en casi todas las culturas dotadas de suiciente libertad como para permitir la expresión de tales opiniones. Pero en los países con brechas menos pronunciadas entre las culturas del trabajo público y del privado –incluyendo Japón, Singapur, Nueva Zelanda, y gran parte de Europa– los objetivos de las críticas tienden a ser la integridad, los acuerdos secretos y los chanchullos financieros o sexuales de los principales líderes. Tales temas surgen también en los Estados Unidos, pero se mezclan con una fuerte dosis de menosprecio por la competencia del sector público. En otros países, los ciudadanos desprecian al Gobierno sobre todo por lo que hace o por lo que la gente teme que podría llegar a hacer. En los Estados Unidos, los ciudadanos desprecian al Gobierno en gran medida por lo que no puede hacer.

Fallos lagrantes de adecuación son sólo la dimensión más visible del déicit de rendimiento del Gobierno. Menos obvia que la frecuencia de los defectos obvios, aunque no menos importante, es la escasez de la excelencia visible. El discernimiento, la innovación y los avances son asuntos que, por descontado, no son desconocidos para el Gobierno. Pero son más escasos de lo que deberían ser, dada la urgencia de las misiones del Gobierno. Y son con bastante probabilidad cada vez menos frecuentes de lo que solían ser. Paul Light encuestó a de-cenas de expertos en el Gobierno estadounidense para identificar los cincuenta mayores cometidos del sector público que tuvieron lugar después de la Segunda Guerra Mundial para su libro de 2002 Government’s Greatest Achievements: From Civil Rights to Homeland Defense. El capítulo que describe esos come-tidos menciona 182 fechas específicas (para la aprobación de una ley, la puesta en marcha de una organización, la victoria en una guerra o alguna otra acción concreta). Más de la mitad de estas fechas eran de las décadas de 1960 y 1970. Año por año había menos de la mitad de acciones ejemplares anteriores a 1960 o posteriores a 1979. Se trata de un indicador impreciso, sin duda, pero no es coincidencia que éstas fuesen las décadas que marcaron el punto más bajo de la desigualdad económica y el punto más alto del llamamiento del Gobierno a los estadounidenses más capaces.217El Gobierno fue una vez, pero ya no, un participante de pleno derecho en la empresa estadounidense.

Un tercer punto de comparación pertinente para el desempeño del Gobierno, más allá de los parámetros de otros Gobiernos actuales y del Gobierno esta-

Page 146

dounidense en tiempos mejores, es el sector privado de los Estados Unidos. Escándalos periódicos –Enron, Halliburton, Vioxx y otros tristes episodios– no pueden ocultar un patrón de progreso en las últimas décadas (en soisticación, eficacia, variedad y velocidad) en gran parte del mundo de los negocios. No cabe duda de que una corporación puede escoger y elegir sus objetivos mientras el Gobierno por su parte opera dentro de sus propios límites. Y por supuesto que la estructura de incentivos y restricciones proporciona a los negocios ventajas gerenciales que son independientes de las disparidades de personal. Pero el abismo entre el desempeño del sector público y privado, tanto si se mide por el logro de la excelencia o por evitar el fracaso, se debe también a la inclinación peculiar del terreno en el mercado laboral que orienta hacia el negocio una parte desproporcionada de los mejores y más brillantes. Si el Gobierno dispusiera de los mejores talentos, y estuviese menos limitado por el conservadurismo racional de muchos trabajadores públicos, la disparidad de rendimiento se reduciría drásticamente. Una flexibilización de las fuerzas que entorpecen el trabajo del Gobierno mejoraría el desempeño del sector público, si bien haciendo mella, en un menor grado, en el del sector privado.218En vista de las disparidades lagrantes en la capacidad actual, dicho reequilibrio haría que el sector público estadounidense, en conjunto, fuera una oferta más atractiva.

¿Cómo vamos a responder a esta diferencia entre el presionado y débil sector público y la bien dotada y vigorosa economía privada? Hay al menos tres versiones diferentes del futuro, cada una encarnando su propia visión de la clase de país en que nos podemos convertir. Las alternativas varían considerablemente en sus probabilidades, aunque son muy escasas las posibilidades de que una de ellas se materialice en su versión más pura. La mejor predicción para las próximas décadas es una cierta mezcla desordenada de las tres. Pero un poco de atención a cada escenario a su vez nos dará una mejor idea de los elementos con los...

Para continuar leyendo

SOLICITA TU PRUEBA