Elogio de Rafael Del Águila

Autor:Cándido Paz-Ares
Páginas:19-27
 
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1. El PRI y Marvi.- Pertenezco a esa generación de profesores que iniciamos nuestra carrera universitaria en esta Facultad a finales de los años setenta y que hoy, treinta años más tarde, bien entrados en la cincuentena, comenzamos a tener en la vida “sensación de descenso”. La propia muerte de Rafa no ha sido ajena a ello. Como tampoco fue ajeno su carisma al impulso que experimentamos en los primeros años. Así lo sentimos al menos aquel grupo de becarios y penenes que entonces, de vez en cuando, nos reuníamos para tomar unas copas y hablar del gobierno de la Facultad. En el transcurso de aquellas veladas llenas de confusión, no sólo provocada por el alcohol, algunos descubrimos en Rafa al hombre cabal y responsable, todo un descubrimiento debo decir, digno de ser subrayado por su rareza. Todavía hoy no me explico bien cómo en aquel mundo en ebullición o ya en eclosión pudo hacernos vibrar una virtud tan adulta y poco excitante como la sensatez, seguro que tuvo mucho que ver la forma burlona y divertida con que Rafa la practicaba.

Era aquélla una época marcada por los pedigrís ideológicos, en la que este grandullón destacaba por no aceptar consignas, nunca quiso plegarse a las verdades oficiales u oficiadas. Tal vez eso irritaba a quienes llevaban en el bolsillo el misalito de Marta HARNECKER, pero el joven Rafa, siempre imperturbable, porfiaba en el uso de la razón. Tampoco se dejaba impresionar, menos aun intimidar, por los emisarios de aquella universidad tutelada. Y así fue como, poco a poco, casi inadvertidamente, fue convirtiéndose para algunos de nosotros en el hombre de confianza al que consultábamos, en nuestro “hermano mayor”, como me decía Fernando VALLESPÍN uno de estos días de atrás, en un líder a su pesar, pues no tenía de verdad ninguna vocación ni afición al mando.

La Facultad de aquellos años tenía varios círculos y éstos, distintas denominaciones. “PRI” –el PRI– fue el sambenito que se nos colgó muy temprano, y aunque seguramente no era un apelativo del todo amable, acabamos asumiéndolo con deportividad. Nuestro objeto social no era la conspiración como malévolamente pensaban algunos, simplemente la conversación. Hoy me parece una ironía que a Rafa se le haya podido tildar alguna vez de conspirador, él siempre tan renuente a ir de hurtadillas, tan dispuesto a dar la cara y no callar, tan defensor de la participación pública para construir una pequeña polis en el claustro de la Facultad.

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Muchos de nosotros continuamos militando en el PRI sin saber que lo hacíamos y, con el paso del tiempo, nos asociamos en el Marvi Club. Marvi era un restaurante asturiano de Alcobendas, donde nos hemos reunido, durante muchos años, prácticamente todos los días a la hora de comer. El cierre del establecimiento a mediados de los noventa por jubilación de sus dueños nos dejó a la intemperie, con una cierta sensación de orfandad, como si de repente nos hubiéramos visto en la calle privados del que había sido el lugar –o el hogar– de nuestra amistad. Fue quizá el primer aviso de cambio en nuestras vidas, la primera señal de que estábamos haciéndonos mayores. Un día al final de aquellos años gloriosos, regresando de Alcobendas a la Facultad, Rafa llamó nuestra atención sobre un gran cartel que el Ministerio de Fomento (o quizá entonces de Obras Públicas) había instalado recientemente al borde de la carretera. Y añadió con la gracia y la sorna que le distinguían: “!Mirad, eso es en lo que nos hemos convertido ahora que ya somos catedráticos!”. El cartel decía: “PRI, Plan de Residuos Inertes”.

Este es el telón de fondo de mi relación con Rafa, de la relación de ese grupo de compañeros de los que hoy me hago portavoz para recordar al que durante tantos años fue nuestro amigo y guía. Para trazar la semblanza de este Rafa que conocimos detrás de las tramoyas del PRI y en esa larga conversación que iniciamos en Marvi, comenzaré tomando a préstamo unas palabras con las que hace unos días Haro TEGLEN, que no es santo de mi devoción, retrataba a Juan MARSÉ. Porque Rafa, como el fabulador catalán, era, en efecto, “la antítesis del fanático y del cursi”.

2. Antifanatismo.- Buena parte de la obra de Rafa está dedicada a denunciar el peligro de los ideales y a combatir el fanatismo. No es una casualidad. Los que le conocimos sabemos que fue una necesidad, un imperativo de su personal constitución, una prolongación de su modo de ser, construido más a base de esperanzas que de ilusiones. Cuando digo que Rafa era la antítesis del fanático no me refiero sólo al fanático declarado, ése que vemos al otro lado de la pantalla de televisión entre multitudes histéricas que agitan puños o blanden banderas a favor o en contra de esto o aquello. No, me refiero al fanático silencioso, con modales civilizados e incluso con un espíritu morigerado. Está presente en nuestro entorno y tal vez dentro de nosotros mismos. ¿Acaso no conocemos a bastantes no fumadores que te quemarían vivo por encender un cigarrillo cerca de ellosfi Rafa luchó contra la intransigencia abierta o encubierta, contra esos compañeros sindicalistas que le dirigían un gesto de desprecio o le ponían cara de odio cuando sugería que la Universidad es un sistema de ciencia, no un sistema de pensiones, o contra esos pacifistas deseosos de dispararle directamente a la cabeza sólo porque defendía una estrategia ligeramente diferente de la suya para estabilizar Afganistán o evitar el genocidio en los Balcanes. Su arraigada ética de la responsabilidad le había convencido de que muchas veces es preciso “hacer la guerra para impedir la paz de los sepulcros”, y así lo dejó escrito en su libro sobre MAQUIAVELO.

La insólita ecuanimidad de nuestro amigo era un precipitado de su antifanatismo. Hace no mucho, tras visitar una exposición sobre la guerra civil –creo recordar que era en la Biblioteca Nacional– se quejaba de que se hubiesen eliminado de la escena...

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