Droga: Oscuro mal de la vida y de la libertad

Autor:Ferrando Mantovani
Cargo:Università di Firenze.
Páginas:47-60
RESUMEN

Se analiza el problema de la droga en la sociedad, con especial referencia a su incidencia en los jóvenes, con sus distintas mutaciones desde los años sesenta. Seis han sido las “ideologías” o “pseudoculturas” que la han dotado de cierta legitimidad, que si bien han tenido una vigencia efímera han dejado una devastadora realidad en la sociedad: la esclavitud del tóxicodependiente, un mercado multinacional con un espectro de consumidores,... (ver resumen completo)

 
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  1. Consideraciones introductorias

    Hacia aquellos*, especialmente a los jóvenes, que se enfrentan al problema de ceder a la tentación de la droga, se envían fuertes mensajes, para advertirles que el uso de la droga no es un simple hecho personal, que se agota en la mera esfera privada del individuo, sino que en ella se entrecruzan una serie de intereses individuales y otros más allá de los individuales, colectivos y públicos, a causa del universo de negatividad que se encuentra tras su uso individual. Y, ante todo, ellos, y, en general, una opinión pública desinformada y forajida, deben saber: 1) en primer lugar, de la profunda mutación, a partir de los años Sesenta, de la toxicomanía: que pasa de ser un fenómeno marginal de pocos adultos, considerados “viciosos”, al fenómeno juvenil del momento, de dimensión planetaria y de pandemia; 2) en segundo lugar, de que tal mutación ha sido acompañada de al menos seis ideologías, o pseudoculturas, que no sólo han obstaculizado la prevención de la toxicomanía, sino que han favorecido su desarrollo, contribuyendo todas ellas a ofrecerle cierta legitimidad; 3) en tercer lugar, de sus efectos devastadores y disgregadores, criminógenos y criminales.

  2. Las ideologías de la droga

    1. La toxicomanía juvenil se inicia con la adolescente ideología nebuloso-romántica de la droga como contestación global. Con su consiguiente elevación a valor positivo, insertándose en la “cultura alternativa” de tipo hippy y símbolo e instrumento de agregación entre jóvenes en oposición a todo sistema (familiar, escolar, social, económico, político). Valorándose, así, revolucionaria la demanda de droga y reaccionaria la oferta, progresista el consumo y oscurantista el mercado. Con el reconocimiento del adicto a la droga de la identidad positiva del “rebelde”: “omnienojado”.

    2. En el vacio de esta fugaz ideología, desvanecida como una nube de humo de marihuana, se injertó la segunda ideología permisiva-transgresora —nunca completamente abandonada— de la droga como derecho de libertad. Y de su pretendida liberalización, parcial o total, en la que se jura y perjura sobre la inocuidad dePage 49ciertas drogas y sobre la posibilidad de “gestionarlas” por el bien del consumo y del detrimento del mercado ilegal. Con la identidad adquirida del adicto a la droga como un “neoiluminado”, que ejerce un “inviolable derecho natural” de autodestrucción.

      La ideología de la droga como derecho de libertad es fruto de la subcultura permisiva-transgresora: 1) que es de filiación filosófica de cierto relativismo ético, de cierta ética sin verdad, de ciertas reivindicaciones de una autodeterminación tendencialmente ilimitada; asimismo es de una filiación práctica de cierto capitalismo consumista, que proclama el máximo de libertad para el máximo consumo: también de la droga; 2) que concibe la libertad no como autoliberación moral y control de las pulsiones, guiadas por la razón, sino como la máxima expansión de las mismas, y que la identifica con aquello que uno siente y place; 3) que comporta en sí misma la irremediable incompatibilidad entre el uso de la droga como pretendido derecho de libertad y la pretensión de un compromiso firme del Estado y de la sociedad para la recuperación del tóxico-dependiente, desde que, frente a una libertad privada, el deber del Estado queda reducido al negativo de abstención de cualquier impedimento de la misma: dejando autodestruirse y morir, por tanto, inalterados, a nuestros jóvenes adictos a la droga a lo largo de las aceras de las degradadas periferias de nuestras ciudades. El requerir solidaridad para quien ejercita un pretendido derecho de libertad privada, además de ser lógicamente un contrasentido, es poner en una dura prueba al ciudadano-contribuyente, que ya recortado por la financiación estatal de tantas corporaciones públicas y privadas, está dispuesto a solidarizarse, financieramente, con los tóxico-dependientes. A condición de que el uso de la droga sea considerado no una libertad a proclamar, sino un doloroso fenómeno negativo a vencer y a contener.

    3. Sigue, después, la tercera ideología de la patologización del toxicómano, víctima de una enfermedad, que le ha tocado y de la que no se siente responsable. La cual encuentra sus propias raíces en la difundida cultura determinista bio-sociológica que encarcela al hombre entre la constitución biológica y el ambiente, sin futuro y sin esperanza. Y que ha conferido al toxicodependiente la identidad no de autor de una caída a desaprobar y menos aún a sancionar, sino la de un marginado, enfermo a curar.

      Y con la introducción de la droga de Estado: no con un compromiso rehabilitador, sino con regalos de metadona a los adictos a la droga que, globalmente, el Estado ha dado a los toxicómanos. Así que, para abolir el viejo estereotipo primero de “vicioso” y después de “crimi-Page 50nal”, se ha creado el nuevo y no menos peligroso estereotipo de la “víctima”: de la familia, de la sociedad, del sistema, nunca de sí mismo. Olvidándose que también el toxicómano es miembro de aquella sociedad a la que él mismo contribuye a calificar. Con una total irresponsabilización y un pseudo-humanitarismo indulgente, que no ha favorecido ni la prevención, ni la recuperación del toxicodependiente.

    4. La cuarta ideología es aquella, por decirlo así, marxista-utilitarista-cínica de la droga como instrumento de debilitación y desestabilización, a través de la corrupción de la juventud, en el mundo capitalista. De hecho, ya bastante corrupto en sí mismo, sin necesidad de otras ayudas. Así como para procurar financiación para las revoluciones en el tercer mundo y para comprar espadas, nunca arados.

      Con este fin la producción y tráfico mundial de droga ha estado favorecida y animada por ciertos países conocidos o movimientos políticos (entre otros, de China a Bulgaria, de Afganistán a Colombia). Olvidándose —en la ilimitada miopía humana— que la droga no conoce “cortinas ideológicas”, ni de “hierro”, ni de “bambú”. Y que quien de droga hiere, de droga muere, puesto que la droga está abatiendo la juventud, siempre desmotivada, de los países productores y de los países, antes comunistas y ahora ex-comunistas, que han pretendido servirse de ella como arma ideológica.

    5. Más recientemente encontramos la quinta ideología pragmática, que parte desde la siempre obsesiva liberalización de la droga, desde una perspectiva, ya no libertaria, sino de lucha contra la mafia, nacional y multinacional, para así segar de raíz la pingüe hierba del narcotráfico, sobre la cual la misma ha construido o incrementado el propio poder económico actual. A parte del hecho de que no es un correcto actuar el pensar en eliminar un mal creando con ello otro nuevo, tratándose de una ingenua ilusión, en tanto que, privada del narcotráfico, la mafia no se convertirá a las filantrópicas obras benéficas, sino que escogerá cualquier otra diablura lucrativa.

      De hecho, en sus feroces siete vidas, la mafia también evoluciona y se adecua, como hace la enfermedad ante los progresos de la medicina. Y como toda su historia de mutaciones enseña: de la “vieja mafia agrícola”, no necesariamente de asociación delictiva, a la “nueva mafia urbana” (de las contratas, comisiones políticas y el racket1)...

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