Dos universos laborales

Autor:John D. Donahue
Cargo del Autor:Profesor e investigador en la Harvard Kennedy School
Páginas:1-16
 
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CUATRO EPISODIOS, en principio sin relación aparente, se combinan para mostrar la peculiar situación de la acción del gobierno en la economía de los Estados Unidos. Tres de las historias son totalmente desconocidas, incluso en el momento de suceder en la primera década del siglo XXI, mientras que la cuarta apareció en casi todas las portadas y pantallas de televisión. Se podrían presentar ininidad de ejemplos sobre este tema, pero cuatro deberían ser sui-cientes para caracterizar este escenario.

LAS AMBICIONES DE LA SOLDADO LYNCH: En los tensos primeros días de la guerra de Irak, los estadounidenses estaban cautivados, animados y encantados con la historia de la soldado de primera clase Jessica Lynch. Una voluntaria rubia encantadora que había crecido –aunque a sus diecinueve años, apenas había alcanzado la edad adulta– en una miserable aldea de Virginia Occidental. La soldado Lynch formaba parte de un convoy de camiones que sufrió una emboscada en Nasiriya y fue capturada. Durante días, su foto fue la cara pública de las fuerzas armadas de los Estados Unidos en esta guerra nueva y extraña. Los comunicados de prensa del Pentágono hicieron correr la voz de que había caído en combate mientras disparaba con su M-16 hasta que se le atascó y se vio superada por el enemigo. Ocho días más tarde, las Fuerzas Especiales desarrollaron una espectacular incursión a medianoche para liberar a la soldado Lynch del hospital donde estaba retenida. Un equipo de cámaras que acompañaba al equipo de rescate grabó su pálida sonrisa mientras sus camaradas, fuertemente armados, la llevaban en camilla hacia un helicóptero con una bandera extendida sobre la manta que cubría su maltrecho cuerpo.

Algunas correcciones realizadas en los informes originales, expedidos de forma discreta mientras la soldado Lynch se recuperaba, disiparon este drama-

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tismo inicial. Al parecer, había recibido un golpe que la dejó inconsciente al inicio de la emboscada por lo que, por ejemplo, nunca llegó a disparar y cuando las Fuerzas Especiales entraron en el hospital, los únicos iraquíes que había en escena eran médicos y enfermeras. Aun así, su terrible experiencia causó gran conmoción, y fue narrada en una película y en una biografía superventas. Muchos se han emocionado con su historia, pero pocos reparan (o ni siquiera sa-ben) en el motivo principal que la llevó a Nasiriya. Era, por supuesto, una joven patriota, pero con una motivación especial para tomar las armas, una motivación que bien podría parecer extraña en otros lugares y en otros tiempos: quería ser maestra en un jardín de infancia. Un trabajo educando niños de cinco años de edad en una escuela pública era una perspectiva tentadora en comparación con las demás alternativas; era una carrera digna y agradable con un sueldo ijo. Pero para convertirse en maestra en un jardín de infancia, Jessica tenía que ir a la universidad. Y su camino hacia la universidad requería de un desvío hacia Irak, para poder optar a los beneficios educativos de los militares que venían junto con el M-16.1LA QUEJA DE LOS ROBERTSON: Los Estados Unidos habían sido muy generosos con la familia Robertson –ganaron una fortuna con su cadena de supermercados A&P– y ellos querían darles algo a cambio. En 1961, Charles y Marie Robertson donaron 35 millones de dólares en valores de A&P a la Universidad de Princeton para establecer «una escuela de posgrado donde los hombres y mujeres dedicados al servicio público pudieran formarse para hacer carrera en el Gobierno».2El obsequio, el más grande jamás otorgado a una universidad de los Estados Unidos, permitió a Princeton inaugurar la Woodrow Wilson School of Public and International Affairs [Escuela Woodrow Wilson de Asuntos Públicos e Internacionales], contratar a distinguidos académicos, ubicarla en un bonito edificio y seleccionar cuidadosamente a los candidatos más prometedo-res de entre una inmensa cantidad de solicitantes que querían prepararse para el servicio público.

Treinta años más tarde, el valor de la dotación de los Robertson se había disparado a 525 millones de dólares, incluso después de desembolsar más de 200 millones en gastos de gestión de la Woodrow Wilson School. La escuela de gestión pública de Princeton había consolidado su reputación como líder mun-dial, contando con un profesorado estelar y un cuerpo estudiantil extraído de los niveles superiores de las mejores universidades, con la Fundación Robertson costeando su matrícula. Solo había una nota discordante: pocos de estos jóvenes tan preparados, una vez terminada su espléndida educación, acababan trabajando para el Gobierno. William Robertson (el hijo de Charles y Marie) denunció que «estos chavales están rechazando trabajos en la administración pública» y se quejó de que Princeton no estaba cumpliendo con la misión que había

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motivado el regalo de sus padres.3La familia Robertson reunió a un equipo de abogados e informó a Princeton de que querían recuperar su dinero.

LA DEMANDA DE LA SEÑORA PEYTON: Monica Peyton no era mucho mayor que Jessica Lynch, ni mucho más próspera, cuando empezó a trabajar para la Government Printing Ofice (GPO) [Servicio de Publicaciones del Gobierno]. Peyton se pasó diez años realizando trabajos no cualificados, ocupando puestos de trabajo de la parte inferior de la escala funcionarial y contribuyendo a generar publicaciones federales. Fue entonces cuando llegó su gran oportunidad: fue elegida para un programa de formación que la conduciría a una carrera como Government Proofreader [editora de mesa del gobierno], con una nómina fija de clase media. Pero cuando se puso a aprender los detalles del oficio, el destino le envió un jefe grosero y vengativo. El supervisor de Peyton la moles-taba con comentarios lascivos sobre su anatomía y más adelante, cuando pre-sentó una queja, dedicó con sumo éxito todos sus esfuerzos para hacerle la vida imposible.

El acoso continuado y las malévolas maniobras burocráticas del supervisor hicieron que Peyton abandonara el programa de formación y que demandara, poco después, a la GPO. Todos los relacionados con la demanda, que finalmente llegó a un tribunal federal de apelaciones, coincidieron en que Monica Peyton había recibido un trato abominable, y el GPO no trató de negar el acoso laboral. Cuando la demanda fue revisada en el tribunal de distrito de Washington, D.C., el jurado le otorgó 482.000 dólares como compensación por el ambiente de trabajo hostil que había soportado. Pero tanto el jurado como el tribunal mira-ron al futuro, así como al pasado, al sopesar el daño hecho a la señora Peyton. Ambos coincidieron en que la demandante había perdido una «ocasión óptima y sin precedentes para conseguir una vida acomodada». Teniendo en cuenta que sería «imprudente» pedir que fuese contratada de nuevo por un empleador que la había tratado tan mal, el tribunal ordenó al GPO que la compensase por la brecha existente entre sus expectativas perdidas como Government Proofreader y su trabajo actual en el mercado editorial, en el que terminó después de salir de la GPO. El tribunal ordenó un pago único de 378.000 dólares para compensar la diferencia entre una trayectoria en el GPO y el plan B de Peyton en el sector privado.4EL DILEMA DE LOS INSTITUTOS NACIONALES DE SALUD: Los Institutos Nacionales de Salud (NIH, en sus siglas en inglés) son veintisiete centros federales de investigación dedicados al estudio de enfermedades como el SIDA, el cáncer, o afecciones coronarias y mentales y, en última instancia, a la mejora de las condiciones de vida de los enfermos. Con una dotación presupuestaria que supera los 25.000 millones de dólares, los NIH son destinatarios de casi la

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mitad de todo el gasto federal en investigación y desarrollo y son, por consenso general, los actuales campeones del mundo en la lucha contra estas enfermedades.5Sus laboratorios en los alrededores de Washington lideran la investigación de vanguardia y los NIH catalizan la ciencia más avanzada a nivel nacional a través de sus donaciones a facultades de medicina y otras instituciones de investigación.

En 2004 estalló un pequeño escándalo en relación a los salarios que los NIH estaban pagando a sus directivos. Los NIH habían desarrollado una gran habili-dad para detectar y explotar las isuras de la normativa federal de sueldos y sa-larios, ofreciendo «incentivos de retención» y otros suplementos, que elevaban las remuneraciones globales de esos directivos por encima de lo permitido en la administración. Los críticos del Congreso y otras instituciones presentaron informes demostrando que los directores de los NIH recibían sueldos anuales que oscilaban entre los 142.500 y los 293.750 dólares, lo que era más (a veces mu-cho más) de lo que se pagaba a los miembros del Congreso, los magistrados del Tribunal Supremo, los Secretarios del Gabinete y otras personas de rango muy superior en la jerarquía federal; cuantía que era también notoriamente superior al salario medio de los estadounidenses.6Se pagaba, sin lugar a dudas, demasiado a los directores de los NIH. Otros testigos, sin embargo, hicieron hincapié en la imperiosa necesidad que tenían los NIH, que son puntos de apoyo cruciales en la agenda de salud de Estados Unidos, de contratar a expertos médicos capaces de dirigir las campañas de investigación de la forma más prometedora. Los NIH tenían grandes dificultades para contratar y mantener a los mejores talentos ya que, esos salarios que causaban la ira del Congreso, eran tan sólo un poco más de la mitad de lo que estos científicos de alta cualificación podrían esperar si dejaban el puesto en los NIH por trabajos equivalentes en el sector privado.7

Se pagaba, sin lugar a dudas, demasiado poco a los directores de los NIH.

Estas historias dispares comparten un trasfondo común. Las instituciones públicas se han desconectado del resto de la economía del país de una forma compleja...

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