Dimensiones de la participación política y modelos de democracia

Autor:Federico Arcos Ramírez
Cargo:Universidad de Almería
Páginas:39-79
RESUMEN

Este trabajo examina críticamente el tipo de participación política propugnado por cada una de las principales concepciones de la democracia de los últimos cincuenta años. El balance que arroja ese análisis permite concluir que, en mayor o menor medida y por diversas razones, toda ellas dibujan una visión insatisfactoria del encaje de la participación política en la definición y calidad de la... (ver resumen completo)

 
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Este trabajo se enmarca en el proyecto de investigación de excelencia SEJ-6849, "Inmigración y Justicia Global" financiado por la Consejería de Economía, Innovación y Ciencia de la Junta de Andalucía.

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1. El componente participativo de la democracia y los modelos de relación entre la democracia y la participacion política

Resulta difícil pensar en la participación política y en los derechos que la protegen en un contexto que no sea el de la democracia. Dejando al margen las peculiaridades que ofrecerían estos últimos en el marco de una teoría de la justicia internacional1, nos sumamos al parecer de Waldron de que "cuando en la actualidad se aboga por una participación política como un derecho humano lo que se pide no es solamente que deba haber algún elemento popular en el gobierno, sino que el elemento popular debería ser decisivo. Se pide la democracia, y no sólo la inclusión del elemento democrático en un régimen mixto"2. Casi igual de difícil resulta concebir una democracia que no sea, en mayor o menor medida, participativa3. De

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la participación política de los ciudadanos se ha dicho que es el corazón de la democracia; que la democracia es impensable sin la capacidad de los ciudadanos para participar libremente en el proceso político4. A diferencia de lo que ocurrirá durante el siglo XIX, en la actualidad resultaría inimaginable, tanto en el plano conceptual como en el de la legitimidad5, reputar como democrático un sistema político que no reconozca universalmente el derecho al sufragio.

Si, en sentido muy general, entendemos por democracia un sistema de adopción de decisiones para la vida colectiva que, en algún grado, depende de la voluntad de los ciudadanos, la superposición entre la democracia y la participación política explicaría la inclinación a reducir la segunda a la intervención directa y, sobre todo, indirecta a través de representantes, en la adopción de esas decisiones. Aunque, ciertamente, existen otras formas de comportamiento político6, la participación política en las actuales democracias tiene que ver, fundamentalmente, con la elección de los representantes y, en menor medida, con la adopción directa de decisiones a través de los referéndums7. A partir de aquí, como señala Ovejero, comienzan los matices. Los niveles o cantidad de la participación, el tipo de participación, las mate-rias o cuestiones a las que se extiende la misma, etc. constituyen dimensiones

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cuya combinación resulta determinante de un cierto modelo de democracia y, a la inversa, adquieren un significado particular en una u otra concepción de la democracia8.

En primer lugar, para algunas concepciones de la democracia no bastaría con la mera posibilidad legal de participar9, sino que considerarían que un cierto grado de participación sería determinante, no únicamente de su calidad, sino también de su misma existencia. Parafraseando la famosa máxima radbruchiana, habría sistemas de toma de decisiones colectivas que dejarían de ser democráticos por su extremo déficit de participación. La distinción entre una concepción máxima y mínima de la democracia, tal y como pusiera de manifestó Bobbio10, responde en gran medida al peso que se conceda a esos niveles reales de participación para hablar de una verdadera democracia. Así lo entenderán los defensores del modelo de demo-cracia participativa desarrollado a principios de los setenta (Macpherson, Bachrach, Pateman, Mouffé, Barber), y parte de los teóricos de la demo-cracia deliberativa. En el extremo opuesto nos encontramos con la defensa de la apatía política característica de las visiones elitistas y pluralistas de medidos del siglo pasado.

Centrándonos en las concepciones que sí valoran necesaria y positiva la participación, el modo en que concibamos la participación política dará como resultado un modelo específico de democracia y, viceversa, según cuáles sean los fines atribuidos a ésta nos encontraremos con una visión particular de la participación política. Como han puesto de manifiesto diferentes estudios11, cabría distinguir varios modelos de relación entre la democracia y la participación política en función de dimensiones como las siguientes:

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1) Cómo son los procesos que anteceden o llevan a la adopción formal de decisión: si incluyen únicamente la votación, o, antes de producirse esta, ha tenido lugar una negociación o una deliberación.

2) La relación entre quienes toman las decisiones y aquéllos sobre los que las decisiones recaen. Si se trata de los mismos individuos, se habla de democracia participativa o directa; si se trata de individuos distintos, de democracia representativa.

3) El valor que se conceda a la participación política: si se la considera un valor en sí mismo o un medio, de si destacan las bondades de la participación para los propios participantes o se pone el acento en la relación entre la participación y la mayor calidad de los resultados de las decisiones democráticas.

4) De si se considera la participación como un hecho o como un derecho. Mientras las teorías de corte politológico se desenvuelven casi exclusivamente en un plano empírico, la teoría de la demo-cracia en general y, de modo especialmente intenso, la teoría de la democracia deliberativa, sin dejar de alimentarse de los datos de la participación en las sociedades actuales, lo hacen en uno norma-tivo ideal.

Tratando de integrar las anteriores dimensiones, este trabajo examina críticamente el tipo de participación política propugnado por cada una de las principales concepciones de la democracia de los últimos cincuenta años. El balance que arroja ese análisis permite concluir que, en mayor o menor medida y por diversas razones, toda ellas dibujan una visión insatisfactoria del encaje de la participación política en la definición y calidad de la democracia. A partir de dicho examen, no sumaremos a una tesis que ha cobrado particular fuerza en los debates entre los partidarios de una concepción fuerte u otra débil del constitucionalismo y en la polémica en torno a la conveniencia de una versión más o menos participativa o inclu-siva de la democracia deliberativa: que la concepción de la participación política que mejor encaja en los ideales democráticos del autogobierno y la igualdad política es la que subraya que hay algo intrínsecamente valioso tanto en la posibilidad reconocida del ejercicio del voto dirigido a la elección mayoritaria de los representantes y, excepcionalmente, a la adopción directa de las decisiones, como en la participación en la deliberación anterior y posterior al voto.

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2. La particpación política ausente la devaluación de la participación política en la teoría democrática elitista y pluralista
2.1. La participación política reducida a la selección de las élites gobernantes

Aunque a finales del siglo XIX prácticamente todas las familias políticas, con excepción del marxismo, abrazan el sufragio universal y, en general, una imagen optimista de la extensión de los derechos de participación política12, este hecho no va terminar traduciéndose en el desarrollo de una versión más participativa de la democracia. La atmosfera en la que van a ir desenvolvién-dose tales derechos será la de democracia liberal y, aunque no falten en ésta voces que no abandonan por completo el ideal republicano de ciudadano participativo, la tónica general entre los liberales será una postura epistemológicamente elitista en lo que hace al descubrimiento del interés público y de desconfianza en las capacidades de todos los ciudadanos (en particular de los peor formados) para tomar parte en la res pública. Este continuará siendo el clima dominante en la teoría de la democracia de la primera mitad del siglo veinte, en la que, si bien podemos encontrar todavía imágenes de la democracia como un modus vivendi13, encuadrables en la coordenadas de lo que Machperson bautizará como «democracia como desarrollo»14, la imagen de la democracia como una forma de vida participativa terminará definitivamente siendo abandonada. Si los temores decimonónicos y de las primeras décadas del siglo XX giraban en torno a la amenaza de un gobierno de clase, tras la segunda guerra mundial los recelos hacia una participación intensa de la ciudadanía estarán relacionados con la creencia en que ello divide profundamente a las sociedades en preferencias excluyentes, amén del riesgo -certificado por la experiencia de la República de Weimar- de la manipulación fácil del electorado por parte de los demagogos15.

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El paso más significativo en este vaciamiento del componente participativo lo representa la denominada «democracia de mercado» o «democracia de liderazgo competitivo», cuyos principales exponentes serán Max...

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