La cultura política y la justicia

Autor:Eloy Colom
 
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Para el ciudadano del continente europeo que acudiese como espectador a la coronación de Jorge V en l9ll, probablemente ningún fasto le llenaría de tanta admiración como la revista de la Flota en aguas de Spithead.

Y no sería de extrañar su asombro ante semejante exhibición de fuerza, porque por entonces no existía en el mundo país alguno que pudiese rivalizar con Gran Bretaña en el dominio de los mares. Pero el reconocimiento de este hecho provocaba en los espectadores extranjeros un notable error de apreciación, ya que los inclinaba a pensar que tras semejante flota se ocultaba un Estado desmesurado y omnipresente como el que estaban acostumbrados a contemplar en sus propias tierras.

Sin embargo, Inglaterra, cabeza de todo un imperio, no contaba en realidad con un aparato político y funcionarial equivalente a lo que en los países continentales denominamos “el Estado”. Y aunque por aquellas fechas ese aparato estatal ya se había desarrollado notablemente con relación a lo que existía pocas décadas antes, una buena parte del peso del gobierno de la nación británica seguía recayendo en la propia sociedad civil, que se autorregulaba en grado desconocido para los ciudadanos de los otros países europeos29.

Y así, buscando un ejemplo en la propia administración de la justicia, nos encontramos con que España, por entonces con veinte millones de habitantes, disponía de una carrera judicial de unos novecientos miembros, a los que habrían de añadirse los profesionales de las entonces importantes jurisdicciones de Guerra y Marina (que conocían ampliamente de causas criminales contra personas civiles), y el Ministerio Fiscal (inexistente en Inglaterra), lo que elevaba el número de funcionarios con cometidos judiciales a más de mil quinientos30. Gran Bretaña, que en aquella época casi duplicaba el número de habitantes de España, sólo disponía de cien31. Tan sólo cien jueces profesionales que, además, se situaban completamente fuera del aparato funcionarial y apenas contaban con burocracia alguna. El resto de la justicia inglesa la dispensaban los propios miembros de la sociedad civil: los jueces de paz y los jurados32.

Ese fenómeno, que algunos exageradamente han llegado a calificar como de

“carencia de Estado”33, corría parejo a una tradición antiestatista y autorregulatoria que dominaba en Inglaterra y en los países de su entorno cultural, y que habría de contrastar muy vivamente con la imperante en otros, como España, portadores de unas tradiciones políticas y sociales muy distintas.

Aunque sin su anterior ímpetu, esa cultura política y jurídica reacia a que “lo oficial” intervenga en todos los campos de las relaciones sociales, existe todavía hoy en Inglaterra y los demás países anglosajones en forma muy superior a lo que pueda suceder en España y los otros países del continente, a pesar del enorme impacto contrario que allí ha tenido la implantación del “Estado del Bienestar” y la consiguiente estatalización de buena parte de la economía.

Vamos a examinar comparativamente las consecuencias que esa cultura política y la nuestra han podido producir en los sistemas judiciales de Inglaterra y España, empezando por la exposición de algunos conceptos útiles a nuestro estudio.

1. El autoritarismo

Llamamos autoritarios a los sistemas de gobierno en que los ciudadanos estén sometidos férreamente a sus dirigentes políticos, quienes ejercen un poder teóricamente ilimitado del que no responden ante nadie. Contrapuestos a los regímenes autoritarios serán, por tanto, los calificados como democráticos, en los que los gobernantes ven limitado su poder por diversos mecanismos constitucionalmente determinados y responden de sus acciones tanto ante el cuerpo electoral como ante las asambleas parlamentarias o incluso los tribunales de justicia.

Ese concepto extremo de autoritarismo (equivalente en líneas generales a totalitarismo) es el que utiliza y populariza Theodor Adorno en l950 en el célebre libro “La personalidad autoritaria”, en su intento de descubrir un síndrome psíquico tras los extremismos fascistas y nacionalsocialistas que le tocó sufrir más o menos directamente durante su vida.

Adorno define a las “personalidades autoritarias” según un cuadro de comportamientos muy característico, que incluye una visión estereotipada, simplista, del mundo circundante, una gran tendencia al servilismo ante el poderoso, junto con una actitud dura o displicente con el inferior, y una profunda intolerancia en una serie de materias sustancialmente opinables. El origen de tales personalidades, según Adorno, habría que buscarlo en fenómenos de socialización excesivamente tempranos, unidos a actitudes paternas marcadamente distantes y represivas. La cultura autoritaria se basaría, entonces, en la abundante presencia activa de tales personalidades en una sociedad determinada34.

En todo caso, según el profesor de Frankfurt, la persona autoritaria no soporta las situaciones ambiguas, indefinidas, que le causan una ansiedad insoportable, por lo que necesita que los comportamientos humanos respondan a esquemas simples, claros y perfectos, como el esquema que él se ha formado sobre la realidad de la sociedad y los objetos e individuos que la conforman. El autoritario, sin embargo, nunca reconocerá que esta simpleza y claridad que atribuye a las cosas derivan únicamente de la necesidad de aliviar su ansiedad a través de la búsqueda de seguridades inexistentes, sino que, por lo contrario, atribuirá tal visión del mundo a su “conocimiento” de la verdad35.

La investigación de Adorno y sus colaboradores ha sido sometida a intensa crítica por otros autores posteriores. Así, Rokeach encuentra demasiado limitado el espectro, y lo amplía hacia la izquierda política en otro célebre trabajo en el que halló lo que no buscaba 36. Pero el comentario general es que si bien es cierto que en los sujetos extremistas se suele observar el cuadro al que antes hemos hecho referencia, también es verdad que hay numerosos aspectos del estudio que sólo pueden ser aceptados muy relativamente.

De las críticas sufridas por el libro, hay una que conviene destacar aquí. Se ha dicho, con razón, que es muy de dudar el valor científico de la balanza empleada para pesar el autoritarismo. Porque nada nos indica de antemano que sólo sean autoritarias las personas descritas como hipótesis de trabajo 37. Muy al contrario, la experiencia nos muestra de continuo la existencia de personas cuyos comportamientos pocos dudarían en calificar de autoritarios y que sin embargo no se ajustarían al concepto de autoritarismo descrito por Adorno.

En efecto, ese concepto de autoritarismo utilizado por Adorno es excesivamente limitado, porque el lenguaje vulgar no reduce el calificativo de “autoritaria” a la personalidad “totalitaria”, sino que incluye en aquél a algunas personalidades que pretenden pasar por otra cosa, incluso por demócratas y liberales38.

Teniendo en cuenta tales consideraciones, vamos a tratar de definir el autoritarismo de una forma más amplia y útil para nuestro trabajo, que comprenda un abanico de actitudes mayor que el ofrecido por Adorno. Una definición en que no se pierdan sus connotaciones negativas, pero una definición que acepte la existencia de gradaciones en los niveles de autoritarismo, que se extienden desde los reconocibles en los extremistas totalitarios, hasta los que bajo apariencia de moderación encubren mentalidades de raiz esencialmente despótica (criptoautoritarismo).

¿Por qué tantas explicaciones en torno al concepto de autoritarismo? Porque, como ya hemos insinuado, a menudo este concepto se manipula a favor de intereses políticos concretos. Porque algunos que califican peyorativamente como autoritarios exclusivamente a los totalitarios estan calificándose a sí mismos, por contraposición, como demócratas y liberales, sin ofrecer otra garantía que su palabra. De ahí el interés de los criptoautoritarismos, de uno u otro signo, por clasificar los regímenes tan sólo en esos dos grupos: de un lado, los autoritarismos, equivalentes en líneas generales a totalitarismos (“los otros”), de otro lado, las democracias (“nosotros”)39. Más adelante comprobaremos la conveniencia de matizar más semejante dicotomía.

Autoritaria, por tanto, a la vista de lo que antecede, es toda actitud individual distante y displicente para con las personas a las que se considera como los inferiores (en principio, la generalidad de la población), a quienes se trata de imponer una visión simplificadora de la realidad. La personalidad autoritaria se mostrará, por ello, poco inclinada a atender las razones de los demás, y poco propensa a la discusión y al arreglo amistoso de las disputas. En definitiva, entenderemos aquí por autoritario al espíritu impositivo, sin convicciones realmente democráticas aunque crea sinceramente en la bondad de sus intenciones hacia los demás y aunque promueva sistemas políticos de apariencia liberal40.

La “cultura autoritaria”, por tanto, será la actitud colectiva influída en forma significativa por las actitudes individuales antes señaladas41.

Si en una sociedad los componentes autoritarios son importantes, pero no lo suficientemente intensos o influyentes como para que el Estado se incline por una forma descarnadamente dictatorial, el régimen adoptará una forma que vamos a llamar “criptoautoritaria” -una configuración aparentemente democrática pero que falseará la estructura de poder propia de las democracias genuínas. Así, por ejemplo, si el Estado se configura como una democracia parlamentaria, el gobernante criptoautoritario respetará las apariencias pero procurará eliminar los inconvenientes y limitaciones que para dominar a la sociedad y al Estado le pueda representar el verdadero parlamentarismo. Y esto lo hará por medio de mecanismos legales más o menos sutiles. En este sentido, se ha sostenido y puesto como un ejemplo que la elección de parlamentarios en listas cerradas, elaboradas o aprobadas por el propio dirigente político, puede...

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