La cuestión social y el solidarismo francés: actualidad de una antigua doctrina

Autor:Mario G. Losano
Páginas:15-36
 
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Weil jedes Teil das andere stützt,

Konnt‘ich jahrhundert stehen. Wenn jeder so dem Ganzen nützt,

Wird keiner untergehen.

Puesto que cada parte a la otra sostiene durante siglos he podido resistir; siendo así cada uno es útil al todo nadie caerá en la ruina1.

1. La cuestión social en europa entre los siglos XIX y XX

Hoy(*) es difícil imaginar la difusa desilusión y el rechazo del liberalismo presente en la sociedad europea entre finales del siglo XIX y principios del XX. alexander Rüstow, el economista socialdemócrata que se refugió en Turquía durante el régimen nacionalsocialista, ha resumido claramente este estado de

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ánimo. La introducción del liberalismo en el siglo XvIII, escribía Rüstow en 1945, estuvo acompañada por la esperanza de un gran desarrollo económico y de un aumento armonioso entre los intereses sociales contrapuestos. Sin embargo, sólo la primera de las previsiones se realizó y “el excepcional desarrollo de la economía en el siglo XIX estuvo acompañado por otra agudización excepcional de los conflictos políticos y sociales [...]. El experimento del liberalismo se percibe como un fallo catastrófico, incluso por los defensores de esta teoría, tanto que a menudo liberal se convierte en un insulto y, en cualquier caso, indica algo que está completamente acabado, sobre lo cual ya no hay nada que discutir”. La culpa del hundimiento fue la excesiva libertad del mercado, el “manchester Liberalismus”. Sin embargo, Rüstow afirmaba que no era así en los clásicos, especialmente en el equilibrado Adam Smith2.

Hoy aquella desilusión, dominante hace un siglo, parece completamente olvidada. Es más, parece repetirse la misma situación (esperamos que sin las mismas consecuencias): por una parte, se vuelve a magnificar el capitalismo manchesteriano y a confiarse en la mística “invisible hand” que rige el mercado; por otra parte los conflictos sociales están disparándose a nivel no solamente nacional, sino mundial. En cierta medida, se puede decir que en nuestros días el capitalismo manchesteriano está renaciendo bajo la etiqueta del “neoliberalismo” y que el solidarismo del siglo pasado está renaciendo bajo la etiqueta del “comunitarismo”3. Este último también ha suscitado críticas vivaces, como si pusiese en peligro las libertades individuales; sin embargo, en sus versiones menos extremas, el comunitarismo me parece no tanto un ataque al liberalismo como una invitación a considerar los derechos individuales en el contexto de la comunidad en la que han surgido4.

Esta vuelta a las doctrinas pasadas viene acompañada de la difusión de los términos que designan las dos escuelas. Hasta el final de la posguerra, los

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“neoliberales” eran aquellos que reaccionaban a los excesos del liberalismo clásico o manchesteriano predicando una legislación social y una moderada intervención reguladora del Estado, es decir, aquellos que profesaban ideas exactamente antitéticas a las de los neoliberales del tercer milenio. El economista Wilhelm Röpke también estuvo exiliado en Turquía en la época nacionalsocialista; posteriormente fue docente en Suiza desde 1947, donde, con Ludwig von mieses y friedrich von hayek, reunió un grupo interdisciplinario de donde nació la “Sociedad del monte pellegrino”. Estos economistas se proclamaban neoliberales. Para comprender en qué medida los neoliberales de aquella época eran diferentes de los actuales, basta pensar que Wilhelm Röpke ejercitó una influencia determinante sobre Ludwig Erhard, el ministro federal de Economía, partidario de la “economía social de mercado” y padre del milagro económico alemán.

El desarrollo industrial del siglo XIX había creado masas proletarias desheredadas, a cuya redención tendían tanto el proyecto político reformista de la socialdemocracia, como la incitación revolucionaria del comunismo. Los dos movimientos políticos estaban destinados a entrar en conflicto, porque los comunistas sostenían la abolición de la propiedad privada, mientras que los socialistas buscaban corregir los excesos asociales. El comunismo quería alcanzar su fin con la revolución; el socialismo, con la reforma social. Rosa Luxemburgo expresa así la incompatibilidad entre estas dos posiciones: “el que se pronuncia a favor de las reformas legislativas, contra la conquista del poder y contra el cambio de la sociedad, no elige un camino más calmado, más seguro y más lento para alcanzar el mismo fin, sino que, en lugar de generar un orden social nuevo, se conforma con aportar modificaciones marginales a lo viejo”5.

El pensamiento socialista y comunista fue difundido en toda la Europa del siglo XIX. En francia, en particular, desde el Iluminismo existían las teorías de un socialismo comunista y se intentó incluso su realización bien durante la Revolución francesa, bien con empresas utópicas como, por ejemplo, la fundación en 1848 de la colonia comunista Icaria en américa del Norte, organizada según las ideas expuestas por Étienne Cabet en su utopía Viaje a Icaria. antes de la revolución de 1848, junto al comunismo revolucionario se desarrolló en francia también una escuela de socialismo no comunista: Saint-Simon propuso una tecnocracia industrial; fourier, el falansterianismo; Louis Blanc, el estatalismo industrial; proudhon, la abolición de la propiedad privada; pierre Leroux, una constitución democrática y social fundada en la solidaridad. Sobre esta última tendencia se concentrará la atención de las próximas páginas.

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2. Una tentativa no marxista para resolver la cuestión social: el pensamiento solidario

Sólo con el siglo XIX y con la llegada del pensamiento socialista reformista el concepto de solidaridad, que se usaba en sentido genérico desde la antigüedad, entró en la literatura social como el elemento central sobre el cual fundar la reforma de la sociedad. Esta concepción se veía favorecida por la recepción del darwinismo en las ciencias sociales (darwinismo social6), que intentaba aplicar a éstas los conceptos de la teoría evolucionista. La sociología proponía una interpretación organicista de la sociedad, que subrayaba la importancia de los vínculos entre cada una de las partes, independientemente de la función de cada uno de ellos en el contexto general. El término “solidario” de este modo pasaba desde el campo físico al social: al igual que son “solidarios” entre sí cada uno de los miembros del cuerpo, así deben serlo los miembros individuales de la sociedad. Alfred fouillé sostenía que la solidaridad tiene el valor de “una idea-fuerza”, que es el reconocimiento de una unidad profunda entre los hombres, es decir, un ideal de “perfecta unidad”.

Desde finales del siglo XIX se habían ido acumulando normas a favor de los trabajadores y de los pobres, pero que no habían sido organizadas dentro de una disciplina autónoma. Incluso si Georg Beseler y Otto Gierke usaban el término “derecho social”, no estaba ni tan siquiera claro que aquél corpus normativo perteneciese al derecho público o al privado, aunque Hermann Roesler ya hablaba de un “derecho administrativo social”. La materia se consolidó al inicio del siglo XIX con la obra de heinrich Rosin (1855-1927), teniendo como primer punto de referencia su “Seminario para el Derecho de seguros” de la Universidad de friburgo de Brisgovia. Esta denominación hacía referencia al seguro de los obreros, al que pronto se añadió el de los empleados, los seguros contra el desempleo y (con las guerras mundiales) las normas a favor de las víctimas y los huérfanos de guerra, así como otra forma de tutela de los menos pudientes. De este modo, se formó una nueva rama del derecho administrativo que supuso la cristalización jurídica del debate político sobre la cuestión social7. Sobre este ámbito de la historia jurídica no podremos dar aquí explicaciones, pero es necesario tener presente que la formación del derecho social acompaña paso a paso el debate en torno a la cuestión social. La

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emanación de una norma de derecho social significa que se ha alcanzado un acuerdo en el debate doctrinal y político en torno a la solidaridad social.

La solidaridad social puede presentarse como un fenómeno facultativo o normativo. Como fenómeno facultativo, la solidaridad aconseja a los más afortunados socialmente que ayuden a los menos afortunados, en la medida y en el modo que uno mismo considere oportuno: sobre esta visión se funda la caridad cristiana. Como fenómeno normativo, por el contrario, la solidaridad exige que los afortunados ayuden a los menos afortunados, fijando incluso las reglas según la ayuda que se debe prestar: sobre esta visión se funda el Estado social. La solidaridad francesa se inscribe en la concepción normativa de la solidaridad social. Sus autores buscan, por lo tanto, explicar por qué en la sociedad existe la solidaridad y qué medidas (organizativas, institucionales, jurídicas) se deben adoptar para hacerla realidad.

El término “solidaridad” ya era conocido por los juristas de la época romana y es un concepto unido al derecho de las obligaciones: si así está previsto en el contrato, los deudores pueden tener que saldar de forma individual la deuda entera. Es decir; están “obligados de modo solidario”. pierre Leroux (1789-1871)8parece haber sido el primero en trasladar el término “solidaridad” del derecho a la sociedad. él afirma expresamente: “lo he tomado de los legisladores, para introducirlo en...

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