El Estado como construcción racional - El Estado como resultado de la historia

Autor:Joseba Arregi Aranburu
Páginas:37-47
 
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No cabe duda de que los Estados actuales, nuestros Estados nacionales, se inspiran en su autocomprensión mucho más del proyecto ilustrado que de las herencias históricas sobre las que dicho proyecto se quiso aplicar. Esta afirmación vale a pesar de que, como ha quedado dicho ya, el proyecto ilustrado no implica el reparto racional del continente europeo, o en su caso del globo terráqueo, según criterios racionales, como el reparto de Francia en departamentos por parte de Napoleón y, en cierta medida, el reparto de España en provincias por parte de Javier de Burgos, sino la asunción tácita y no discutida de la herencia de las monarquías nacionales.

La autocomprensión de los Estados nacionales actuales a partir de sus raíces ilustradas se refleja perfectamente en las partes normativas de sus constituciones, que responden a una modelización normativa que se ha ido desarrollando en la tradición constitucional europea a partir de 1789 (Peter Häberle, Libertad, igualdad, fraternidad, 1998). Es conveniente subrayar en este contexto que el proyecto ilustrado del Estado no se ciñe como tal proyecto sólo a la organización del poder, sino que abarca al conjunto de la comprensión de la naturaleza, incluso de su reconstrucción, y al conjunto de la ordenación social, de la ordenación de la convivencia de los humanos.

Y ese proyecto global se sustenta en el fundamento de la razón natural común a todos los hombres, cuyo fruto es la verdad universal más allá de las particularidades a las que están sometidas las creencias religiosas -la frase de Rousseau en su Emilio subrayando que la religión es una cuestión de geografía-, y de la que proceden las leyes capaces de organizar racionalmente la sociedad, al igual que la misma razón es capaz de leer las leyes inscritas en la naturaleza.

El proyecto ilustrado de Estado se inscribe, por lo tanto, en este contexto de proyecto general de la Ilustración que busca el conocimiento de la naturaleza para ponerla al servicio del hombre, recrearla a escala humana para que los hombres no estén sometidos a sus caprichos, combinando el saber es poder de Bacon con el saber que hará libres a los humanos, y que busca al mismo tiempo diseñar de forma racional la convivencia social, con vistas

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todo ello a conquistar la autonomía de las personas, su libertad y su auto-posesión, superando la situación de esclavitud en la que se encontraban previamente, una esclavitud autoinducida y autoculpable (Kant).

Para proceder a la definición racional de la convivencia en sociedad y a la definición de la organización del poder, los pensadores ilustrados se dedican a analizar la naturaleza humana, las leyes que en ella indican cuál debe ser la forma de definir la sociedad, las leyes que se extraen del conocimiento de dicha naturaleza humana para dar el paso de organizar el poder, al igual que las condiciones que influyen en esa naturaleza del hombre, y las distintas formas que de esa única naturaleza se han derivado en distintas geografías y momentos.

Como escribe Althusser al analizar la propuesta de uno de los autores fundamentales en la definición del Estado moderno, Montesquieu: «De hecho, desde el siglo XVI se ve nacer y desarrollarse, en un movimiento conjunto, una primera física, matemática, y la exigencia de una segunda, que se llamará pronto física moral o política, y que querrá tener el rigor de la prime-ra. La oposición de las ciencias de la naturaleza y de las ciencias del hombre no está todavía en sazón» (Louis Althusser, Montesquieu, la política y la historia, 1968, p. 14). Los pensadores ilustrados, analizando todo lo que pudiera tener influencia en la definición de la naturaleza de los humanos, en la naturaleza de la sociedad y en la naturaleza del poder, buscan el establecimiento de unas leyes y normas que permitieran una organización racional, normativa, de la sociedad y del poder.

Y ello es verdad a pesar de la advertencia del citado Althusser de que un Montesquieu que partió para descubrir las nuevas tierras que permitieran fundamentar racionalmente la organización del poder, el Estado moderno, termina regresando a casa, es decir, termina criticando el presente de poder absoluto para rescatar los restos del feudalismo protector de los nobles. Y a pesar de que el mismo Tocqueville en su análisis del Antiguo Régimen, de los tiempos previos a la Revolución francesa, subraya lo revolucionario de la monarquía absoluta y trata de defender la limitación del poder absoluto por medio de las estructuras de poder intermedias típicas del Antiguo Régimen -además de algunas recaídas en esquemas de organización social y política típicas de la Edad Media y forzadas por concepciones «modernas» del Estado por parte de distintos fascismos, pero también por filósofos como Krauss, de tanta influencia en España-.

A pesar de todo ello, pues, y aunque más tarde tendremos que recuperar estas contradicciones ahora apuntadas y ponerlas en relación con lo analizado y afirmado en el punto anterior, los pensadores ilustrados buscan crear un orden nuevo político basado en la razón natural humana, capaz de una verdad universal también en lo que se refiere a la organización de la sociedad y del poder, desde el convencimiento de que dicho orden

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obedece, al igual que el orden de la naturaleza, a la existencia de unas leyes determinables por la razón humana natural. Ése es el esfuerzo de Hobbes, el de Rousseau, el de Montesquieu, el de Kant y, por supuesto, el de Hegel.

El Estado es concebido, pues, por la Ilustración como una construcción racional, y en tanto que racional rompe con los condicionamientos históricos a los que estaban sujetos los Estados anteriores. La ruptura del principio de dinastía -el testimonio palpable de la fuerza de la tradición y de la historia como opuestas a la fuerza de la razón-, la proclamación de la república, el descubrimiento de los derechos humanos, la construcción del poder a partir del contrato social -aunque sea entendido y formulado de forma di-versa-, la proclamación del cosmopolitismo y de la paz universal, todo ello supone una revolución, implica hacer tabla rasa de la tradición, implica un nuevo comienzo, y como tal fue celebrado una y otra vez: Hegel, Schelling y Hölderlin bailaron como internos del Hospiz de Tübingen con la noticia de la Revolución francesa (Jacques D’Hondt, Hegel, 2002). Hegel ve en el Napoleón que cabalga por toda Europa exportando los valores de la Revolución francesa a la encarnación del espíritu universal, y Beethoven le quiso dedicar, por la misma razón, su Tercera Sinfonía, aunque, enterado de su proclamación como emperador, la tituló Heroica.

La organización del poder debía obedecer a principios racionales que se...

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