Consideraciones finales

Autor:Jorge F. Malem Seña
Páginas:97-132
 
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CONSIDERACIONES FINALES
La pobreza, la corrupción y la inseguridad jurídica son males univer-
sales que, en distintos grados, corroen la sociedad que los padecen. Pero
esto no signica que, al igual que el pecado original, sean inevitables.
No hay ninguna necesidad lógica o empírica que los determine. Más
aún, la persistencia de todos ellos, y sus respectivas magnitudes, tienen
un marcado sesgo contextual. Son dependientes del sistema económico,
de la estructura institucional o de las prácticas sociales vigentes, entre
otros factores. Nunca son debidos a una supuesta naturaleza humana,
o de cualquier otro tipo, que conduce a los seres humanos, de forma in-
eluctable, a un destino prejado de carencias, infortunios, venalidades,
inseguridades o sufrimientos.
Hay quienes ven en estos fenómenos que asolan nuestras vidas, es-
tragos similares a una explosión volcánica, una lluvia torrencial o un
huracán que todo arrasa a su paso. La pobreza, la corrupción y la falta
de seguridad jurídica serían así catástrofes que las personas debería-
mos soportar inevitablemente. Y tan solo por cuestiones ideológicas
se buscarían culpables de tales desdichas cuando, en realidad, todo
se circunscribiría a cuestiones causadas de un modo cuasi natural. No
cabría, así, la posibilidad de imputar a nadie por ser responsable, in-
dividual o colectivamente, por los resultados lesivos ocasionados por
dichos eventos.
¿Quién debería responder por los daños producidos por la pobre-
za, la corrupción o la inseguridad jurídica si no responden a acciones
humanas voluntarias e intencionales? Nadie, armarían algunos. La
adscripción de responsabilidades respecto de la violación de la ley, de
normas morales o por la existencia de estados de cosas, suele a veces
quedar opacada si se piensa que es el entorno ambiental o social que
así lo determina. De hecho, «en el siglo xix, y desde luego en todo el
siglo xx, han proliferado las doctrinas proclives a contemplar todo de-
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lito como una catástrofe (social), de la que nadie sería individualmente
responsable» 1.
Sin embargo, una concepción de este tipo resultaría inadecuada y pe-
ligrosa. Inadecuada porque no reconstruye de un modo correcto cómo
se generaron las condiciones que dieron origen a la presencia de esta
tríada. Peligrosa porque si estos elementos se presentan como «natura-
les» habría demasiado lugar para la resignación y poca voluntad para
acabar con ellos.
Pero estos tres acontecimientos son auténticas calamidades, fruto de
acciones humanas presentes o pasadas que conguran un marco institu-
cional, político, económico y social propicio para que se desarrollen de
un modo más o menos amplio o permanente. Y aunque estas situaciones
no dependan de los actos de todos y de cada uno de los individuos afec-
tados no signica que deban ser tratadas como acontecimientos natura-
les, al margen de todo control. Hay personas que padecen la pobreza,
la corrupción y la inseguridad jurídica pero que no las causan, solo las
sufren. Hay individuos, en cambio, que las provocan y que, normalmen-
te, se benecian de ello.
Estos estados de cosas sociales constituyen una tríada de consecuen-
cias aciagas para el grueso de los ciudadanos de un Estado, incluidos
los democráticos. Y aunque sus componentes denicionales no sean fá-
ciles de caracterizar, sus relaciones hacen que se potencien perniciosa-
mente de un modo exponencial, tal como se ha señalado.
Las dicultades para analizar todos los aspectos relevantes vincula-
dos a la pobreza hacen que las estadísticas que se presentan sobre ella
varíen sustancialmente según el criterio conceptual que se asuma y el
método de agregación que se utilice. Por ese motivo, la guerra de núme-
ros que suele usarse en las contiendas políticas donde los partidarios de
los distintos bandos en liza se arrojan mutuamente baremos o porcenta-
jes de población pobre carece no solo de valor epistémico, sino también,
en algunos casos, de plausibilidad, cuando no se expresa con claridad
la metodología empleada. Este problema suele asimismo entorpecer el
seguimiento histórico de la pobreza en un mismo país o zona geográca.
Los indigentes, sin embargo, suelen ser denotados por cualquier criterio
utilizado y, en ese sentido, son más fácilmente identicados.
Pero más allá de las genuinas discusiones metodológicas, nada obs-
taculiza más la lucha contra la pobreza que su ocultación, mediante es-
trategias que persiguen hacerla invisible, aunque no procuren su elimi-
nación. Tal vez este sea el objetivo que se esconde detrás de propuestas
como la formulada por Esperanza Aguirre, candidata del Partido Popu-
lar a la alcaldía de Madrid, de prohibir a las personas sin recursos dor-
mir en las calles del centro de esa ciudad, ya que esa actitud perjudica
1 Véase Silva Sánchez, 2001:47.
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y ahuyenta a los turistas 2. Si no se ven, o no se comenta sobre ellos, no
existen, pareciera pensar.
Se vea o no, se comente o no, la pobreza existe y deja su impronta
en todo momento, en todo lugar. Pero aun si se acepta su presencia, hay
quienes piensan que la situación que viven los pobres es debida a su
propia culpa y que no se les debe ningún deber moral de asistencia. Una
frase, pronunciada por Andrea Fabra, diputada del Partido Popular en
el Parlamento español, mientras el presidente del gobierno español y
de su partido, Mariano Rajoy, anunciaba un recorte en las prestaciones
por desempleo del 60 por 100 actual a partir del séptimo mes del paro,
resume esta posición con meridiana claridad y sin matices, al armar
reriéndose a los desempleados: «¡Que se jodan!» 3.
La exteriorización del desprecio hacia los pobres no es algo inusual.
Para determinados círculos, la pobreza es una manifestación más de
cierta endeblez moral que debe ser castigada, o en el mejor de los casos
ignorada, como cualquier otro vicio, de acuerdo a una justicia trascen-
dente. Por el contrario, la riqueza es vista como una muestra de habili-
dad, de sabiduría y de virtud. «Dios —escribe Calvino— da abundante-
mente a los suyos para hacer el bien a los otros; pero los villanos están
siempre hambrientos, por lo que la pobreza los induce a usar engaños y
rapiñas» 4.
Herbert Spencer también pensaba que los pobres ocupaban el lugar
que merecían en una sociedad industrial, europea, avanzada para su
época de mitad del siglo xix. Sus tesis son bien conocidas. La única fun-
ción que el Estado puede cumplir adecuadamente es la de proteger al
ciudadano. El Estado no puede utilizar su poder coactivo para redistri-
buir la riqueza ayudando a los pobres a salir de su situación, puesto que,
aun si se admitiera que esa ayuda incrementa la libertad de los pobres,
disminuye al mismo tiempo la de quienes son privados de los bienes a
redistribuir 5. Hay personas exitosas y otras que no lo son, y las prime-
ras no deben compensar a las segundas por su fracaso, ya que sería un
incentivo para su pervivencia y reproducción. Los más aptos, los más
ricos, los mejores, no deben contribuir a la propalación de los más po-
bres, débiles o disminuidos. Y ni siquiera a través de mecanismos como
la educación pública, dice pensar.
En sus palabras, citadas a menudo, «debemos enfrentarnos a esos
falsos lántropos, quienes, para evitar la miseria presente, provocarían
una miseria mayor para las generaciones futuras. Todos los defensores
de una ley a favor de los pobres deben, sin embargo, ser considerados
de esta forma. La pobreza extrema causa dolor aquí y ahora, y por eso
2 Véase El Mundo, 27 de abril de 2015.
3 Véase, por todos los periódicos y comentarios parlamentarios, La Vanguardia, 15 de julio
de 2012.
4 Citado por Supiot, 2014:80.
5 Véase Spencer, 1960:311 y ss.

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