Algunas consideraciones sobre el dinero, el depósito y la prenda.

Autor:Carlos Blas de Cañete
Páginas:3113-3143
 
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Empeñar se puede toda cosa, también las corporales como las que non lo son».

Ley 2.ª, Título XIII, Partida Quinta

I.Veo que crees estas cosas porque yo te las digo, pero no sabes el porqué; de modo que no por ser creídas permanecen menos ocultas». Con estas palabras DANTE nos advierte que todo aquello en que creemos, aun lo que nos resulta enteramente familiar, entraña un profundo misterio. El estudio de una disciplina, el Derecho, por ejemplo, hace que uno se vaya familiarizando con el tiempo con una serie de términos cuyo significado acaba creyendo que domina. Nada más lejos de la verdad. Todo depende del nivel de indagación en que opte por detenerse, siquiera por conservar una mediana apariencia de cordura. Así, puedo construir proposiciones del siguiente tipo: «Esta familia tiene dinero desde hace tiempo»; y estar seguro de que cualquiera es capaz de entender lo que estoy diciendo. Quizá mi interlocutor me requiera una serie de precisiones complementarias. Por ejemplo, quiénes son los miembros que integran la familia a que me refiero o cuánto dinero tiene en su haber o desde hace cuánto tiempo lo tiene, cuestiones estas que podré o no conocer y a las que podré o no dar cabal respuesta en función del grado de exactitud que alcance mi conocimiento. Pero puede que me tropiece con alguien que, émulo de Sócrates, me haga la fatídica pregunta con que el viejo filósofo gustaba de aterrorizar a sus contertulios, t? est?, qué es esto. ¿Qué es la familia? ¿Qué es el tiempo? ¿Qué es el dinero?

A la primera pregunta, qué es la familia, un jurista notable como LASARTE ÁLVAREZ, tras advertir que se trata de «un dato prenormativo», «un prius respecto del Derecho», una institución sujeta a «consideraciones sociológicas, éticas, morales, históricas, etc., que determinan la aceptación social de esquemas familiares muy variados», concluye diciendo:

La idea de familia es tributaria en cada momento histórico de una serie de condicionamientos sociales y se resiste a ser encajonada en una noción concreta que no se plantee con grandes dosis de generalización e imprecisión. Por ello, no existe precepto alguno ni en la Constitución ni en la legislación ordinaria en el que, de forma precisa, se establezca con carácter general qué es una familia o cómo deben ser las familias

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Baste recordar que en las Partidas eran familia «el señor de ella e su muger e todos los que biven so el, sobre quien ha mandamiento, assi como los fijos y los sirvientes e los otros criados». Y en el primitivo Derecho romano formaban parte de la familia también el fundo, los esclavos, los aperos de labranza y los animales de tiro y carga.

Respecto de la segunda pregunta, la lectura de obras como Historia del tiempo, de STEPHEN HAWKING, o El problema del tiempo, de ALEXANDER GUNN, sirven para que agachemos humildemente la cabeza y hagamos prudente profesión de ignorancia al modo de SAN AGUSTÍN en el Libro XI de Las Confesiones:

¿Quién podrá explicar esto fácil y brevemente? ¿Quién podrá comprenderlo con el pensamiento para hablar luego de él? Y, sin embargo, ¿qué cosa más familiar y conocida mentamos en nuestras conversaciones que el tiempo? Y cuando hablamos de él, sabemos sin duda qué es, como sabemos o entendemos lo que es cuando lo oímos pronunciar a otro. ¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo a quien lo pregunta, no lo sé

.

Cabría suponer que, por lo menos, la tercera pregunta tiene fácil respuesta.

Todo el mundo sabe lo que es el dinero. O, al menos, cree saberlo. Porque al dinero le ocurre lo que a la familia y al tiempo: no es fácil de definir, salvo en términos puramente académicos, y los economistas nos previenen al respecto.

Así, SAMUELSON y NORDHAUS nos dicen en su tratado de Macroeconomía algo que inevitablemente semeja las citadas palabras de DANTE y SAN AGUSTÍN:

Todos estamos íntimamente familiarizados con el dinero: son los billetes y las monedas que llevamos en el bolsillo, los movimientos de nuestra cuenta corriente, el valor de nuestra riqueza. Pero raras veces nos detenemos a considerar cuán extraño es, en realidad, el dinero. Trabajamos mucho y nos preocupamos de ganarlo y, sin embargo, los billetes no son más que papel que carece de valor intrínseco. El Estado es el único que puede imprimir moneda de curso legal y, sin embargo, hay mucho más dinero en las cuentas corrientes y de ahorro de lo que ha producido nunca el Estado

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De esta suerte, nuestra sencilla proposición acerca de cierta familia que tiene dinero desde hace tiempo se convierte, de pronto, de un aserto perfectamente inteligible en una frase por entero enigmática. No voy a entrar, líbreme Dios, en el concepto de familia o, peor aún, en cuál sea el sentido del tiempo. Afortunadamente para mí, no constituyen el objeto de este pequeño estudio. Pero sí que me encuentro obligado a dedicar unas cuantas palabras acerca de la naturaleza del dinero. Y ello por la sencilla razón de que es sobre el dinero (sea lo que sea lo que éste fuere) sobre lo que giran ciertos contratos (depósito, préstamo, prenda) o derechos (dominio, posesión, usufructo) frecuentes en el tráfico ordinario.

Quiero advertir, en línea de principio, que el significado de un término no es, como previene WITTGENSTEIN, la cosa cuyo fiel retrato se pretende. Lo determinante es el uso que hagamos del lenguaje tal como funciona en la realidad, la comprensión del juego que anuda las palabras y las acciones dentro del contexto. De ahí que, en lugar de interrogarme por la esencia del dinero para terminar recayendo, casi con toda probabilidad, en alguna definición entre vaga y peregrina, prefiera seguir el consejo de WITTGENSTEIN y ponerme a observar qué es lo que ocurre en la frutería.

II.En su obra El dinero, KENNETH GALBRAITH advierte a sus lectores con ironía:

Los locutores de televisión que tienen fama de penetrar el pensamiento suelen iniciar las entrevistas con los economistas con esta pregunta: Bueno, dígame usted, ¿qué es exactamente el dinero? Las respuestas son invariablemente incoherentes. Los profesores de economía elemental o de materias dinerarias y bancarias empiezan su explicación con definiciones auténticamente sutiles. Éstas se copian cuidadosamente, se aprenden fatigosamente de memoria y se olvidan con una sensación de alivio. El lector debería seguir estas páginas con la convicción de que el dinero no es más ni menos de lo que él o ella siempre pensaron que era: lo que se da o se recibe generalmente por la compra o la venta de artículos, servicios u otras cosas. Las diferentes formas de dinero y lo que determina qué se podrá comprar con él es harina de otro costal

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Setenta páginas más tarde, GALBRAITH precisa: «En Economía, son muy pocas las cosas que apelan a lo sobrenatural.

Pero muchos han sido tentados por su fenómeno. Al contemplar un trozo rectangular de papel, con frecuencia de calidad indiferente, con un dibujo clásico de Pedro Pablo Rubens o de Jacques Louis David, o de un bien abastecido mercado de verduras, todo ello impreso con tinta verde o de color castaño, se han hecho esta pregunta: ¿Por qué una cosa de nulo valor intrínseco es tan evidentemente deseable? En contraste con un conjunto similar de fibras, recortado del periódico de ayer, ¿qué es lo que le da el poder de adquirir bienes, contratar servicios, inducir a la codicia, fomentar la avaricia, incitar al crimen? Aquí hay algo de magia; indudablemente, se requiere alguna explicación metafísica o extraterrestre de su valor. Ya hemos observado la fama y la tendencia sacerdotales de las personas que hacen una profesión de su conocimiento del dinero. Esto se debe en parte a que se cree que estas personas saben por qué tiene valor un insignificante trozo de papel.

La explicación es absolutamente profana. Ninguna magia interviene en ella. Los que escriben sobre el dinero suelen distinguir tres clases de moneda. Primera, la que, como el oro y la plata, debe su valor a un deseo inherente, derivado de su reconocido servicio al orgullo de poseer, al prestigio de la propiedad, al adorno personal, a una mesa bien servida o a la cirugía dental. Segunda, la que puede ser cambiada por algo deseable, o que, como los primitivos billetes de Massachusetts Bay, contiene la promesa de un cambio seguro. Y tercera, la que, careciendo de valor intrínseco, no contiene promesa de reintegro en algo útil o deseable y que, como máximo, se apoya en una orden del Estado que obliga a su aceptación. En realidad, las tres versiones son variaciones sobre un mismo tema».

A lo largo de la Historia, son muchas las cosas que han hecho las veces de dinero: bueyes, renos, sebo, pieles, cuchillos, anzuelos, arroz, grano, tabaco, vino, aceite o whisky. Todas eran mercancías con valor de uso por sí mismas, pero se transformaban en dinero tan pronto como se convertían en medio de cambio y pago y medida de valor. La razón de que una mercancía se convirtiese en dinero no era otra que la necesidad imperiosa de facilitar el trueque. Como dicen SAMUELSON y NORDHAUS:

Utilizando una expresión económica clásica, en lugar de haber una doble coincidencia de deseos, es probable que haya un deseo de coincidencias. Por eso, a menos que dé la casualidad de que un sastre hambriento encuentre un agricultor desnudo que tenga tanta comida como deseo de comprar unos pantalones, ninguno de los dos podrá comerciar haciendo un trueque

.

En términos jurídicos, hemos sustituido un contrato de permuta por dos (o más) compraventas. En lugar de una sola transacción AxB, se realizan, en su versión más simple, dos: AxD y DxB, donde D es aquella mercancía convencionalmente diputada para servir como patrón de valor y moneda de cambio. Los inconvenientes de no hacerlo así se reflejan en esta curiosa anécdota que relata STANLEY JEVONS:

Hace algunos años, mademoiselle Zélie, cantante del Théâtre Lirique de París, dio un concierto en las Society Islands. A cambio de un aria de Norma y de algunas otras canciones, se le...

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