Iglesias, Carmen. No siempre lo peor es cierto. Estudios sobre Historia de España, Barcelona, GalaXIa Gutenberg-Círculo de Lectores, 2008; 1.037 pp. GalaXIa Gutenberg; Círculo de Lectores

Autor:José María Vallejo García-Hevia
Páginas:860-878
 
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He constatado que los diferentes sistemas morales y filosóficos de los guías de la humanidad, que se han ido sucediendo en el transcurso de los milenios, han limitado el concepto del bien. La doctrina cristiana, cinco siglos después del budismo, restringió el mundo viviente al cual es aplicable la noción de bien: no contenía a todos los seres vivos, sino sólo a los hombres. El bien de los primeros cristianos, que abrazaba a toda la humanidad, dio paso al bien exclusivo de los cristianos, mientras que junto a él coeXIstía el bien de los musulmanes, el bien de los judíos. Con el transcurso de los siglos, el bien de los cristianos se escindió y surgió el bien de los católicos, el de los ortodoxos y el de los protestantes. Luego, del bien de los ortodoxos nació el bien de los nuevos y los viejos creyentes. Y eXIstía también el bien de los ricos y el bien de los pobres. Y el bien de los amarillos, los negros, los blancos. Y esa fragmentación continua dio lugar al bien circunscrito a una secta, una raza, una clase; todos los que se encontraban más allá de tan estrecho círculo quedaban excluidos. [...]

Las agrupaciones humanas tienen un propósito principal: conquistar el derecho que todo el mundo tiene a ser diferente, a ser especial, a sentir, pensar y vivir cada uno a su manera. Para conquistar ese derecho, defenderlo o ampliarlo, la gente se une. Y de ahí nace un prejuicio horrible pero poderoso: en aquella unión, en nombre de la raza, de dios, del partido, del estado, se ve el sentido de la vida y no un medio. ¡no, no y no! es en el hombre, en su modesta singularidad, en el derecho a esa particularidad, donde reside el único, el verdadero y eterno significado de la lucha por la vida

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(Vasili Grossman, Vida y destino)1

Qué duda cabe de que el mismo título de la obra advierte al lector del propósito único, pero vario, que anima a su autora, y que conjuga sus diversos, pero unitarios, ensayos o estudios históricos. Tomado de una comedia de calderón de la Barca, se cumple, con él, el designio en ella propuesto, también al irónico, y crítico, modo calderoniano: «-¿Al fin no me creerás?/ no, porque dice un adagio:/ Siempre es cierto lo peor./ -yo lo enmendaré, mudando:/ No siempre lo peor es cierto». La mudanza que ardorosamente se sugiere es una mirada sin complejos acerca de la historia de españa, tanto subjetiva (la historia-conocimiento), como objetiva (la propia historia-realidad), según gustaba de distinguir, con elemental a la vez que imprescindible precisión propedéutica, pierre Vilar. Y una enmienda dirigida, en particular, sobre los períodos más recientes de nuestro pasado, desde el siglo XVIII hasta la transición democrática del XX, y su corolario que ha sido la Constitución de 1978. Es por tanto, éste de carmen iglesias, un libro de combate, como gustaba, y le agradaba poner de relieve, a lucien Febvre. La mención de ambos maestros de la escuela de los Annales no ha de resultar aquí inoportuna, puesto que el espíritu combativo de libro y autora recuerdan no poco el vigor entusiasta, la avanzada apertura de miras, la feliz falta de complejos y el sentido del deber de denuncia de aquellos analystes sociales, políticos, culturales, econó-

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micos, humanistas en fin, que dominaron el panorama historiográfico europeo, y aun occidental, de los años sesenta y setenta de la pasada centuria, precisamente cuando iglesias era una joven estudiante, doctoranda y profesora de la Facultad de ciencias políticas y sociología en la universidad complutense de Madrid. O en esta misma estela de precedentes reivindicativos apasionados, en los que el talento era puesto al servicio de una causa a contrapelo o contracorriente de lo impuesto o establecido, no sólo de lo política o cultural, sino también de lo intelectualmente correcto -se podría, avant la lettre, denunciar ya hoy-, teniendo asimismo presente su devoción literaria, y cinematográfica, de la que no deja de hacer gala en meditadas referencias de texto o nada casuales llamadas a nota final o de pie de página, habría que acudir a aquellos coetáneos movimientos de la Nouvelle Vague francesa o de los Angry Young Men del Free Cinema británico. Del que fue pionero reputado director, como es bien sabido, teatral y cinematográfico, tony richardson (shipley, 1928-los ángeles, 1991), fundador del Royal Court Theatre de londres, en el que montaría, y luego rodaría, obras de John osborne como Mirando hacia atrás con ira (Look Back in Anger, 1959) o El animador (The Entertainer, 1960), hasta culminar en el manifiesto de toda una generación, psicológica más que socialmente rebelde, la de postguerra, de la segunda Mun- dial, con La soledad del corredor de fondo (The Loneliness of the Long Dictance Runner, 1962); precedida de Un sabor a miel (A Taste of Honey, 1961), retrato íntimo, lírico y melancólico, de la vida en los suburbios de una ciudad inglesa; para desembocar, tras su culto, brillante y libertino Tom Jones (1963) de henry Fielding, en una desmitificadora y polémica visión, La última carga (The Charge of the Light Brigade, 1968), verdadera carga de profundidad contra la autocomplaciente versión oficial y victoriana de la historia política del imperio británico, a través de tal episodio militar, acaecido en la batalla de Balaklava, durante la Guerra de crimea, de 1853 a 1856. O también François truffaut (parís, 1932-neuilly-sur-seine, 1984), un cineasta de estilo clásico, antitópico y antiutópico, refractario a las modas y desligado de cualquier mimetismo, enemigo del cinéma de qualité de los supuestos maestros consagrados de su época, que partió de Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups, 1959), los suyos en el reformatorio en que expió su adolescencia por la sustracción de unos francos para fundar un cine-club, como paso previo de su gran denuncia social y política, en parábola antitotalitaria, original adaptación de una novela de ciencia-ficción de ray Bradbury, Fahrenheit 451 (1966); que prosiguió con una insólita pieza maestra, El pequeño salvaje (L'enfant sauvage, 1969), realizada casi en pleno Mayo del 68, como clara y contundente defensa de la cultura frente a la naturaleza, en un momento de enconados conflictos ideológicos, nada proclives, ni receptivos, a su crítica desnuda y precisa de las teorías rousseaunianas2; y que dejó como legado, por último, su delicado testimonio sobre el mundo espiritual y personal, razones y sentimientos, de la mujer, encarnados en el autodestructivo Diario íntimo de Adela H. (L'histoire d'Adèle H., 1975), segundogénita de Victor hugo, que abandonó a su familia y su carrera literaria para seguir, hasta halifax, al otro lado del océano atlántico, en nueva escocia, a su amante, un oficial de la armada, en el que brillan la sencillez narrativa, la sobriedad conceptual, la elegancia expositiva, el tono poético, el cuidado detalle y una refinada expresión, emotiva y agudamente irónica.

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Estos y otros temas, eternos, por lo tanto intemporales, desde el poder totalitario o democrático, las ideologías y la utopía, la educación y la cultura, la imagen social o política, hasta la infancia, la mujer y la familia históricas o presentes, el gobierno y la sociabilidad, el estado y la iglesia, los valores del liberalismo y las reglas del juego constitucional, la guerra y la muerte, hacen continuado acto de presencia en No siempre lo peor es cierto. Eso sí, con decidida vocación de liberación respecto a los tópicos vigentes, amén de otros superados en sus infatuados excesos, como el positivismo histórico, cuando la revista de los Annales casi siempre fructuosamente pontificaba; o imperaban entre los jóvenes, imponiéndose además a la crítica más madura, la Nouvelle Vague, el cine independiente o los epígonos narrativos de la Lost Generation estadounidense de entreguerras, desde el movimiento beat y hippy californiano hasta la tradición crítica del marXIsmo decimonónico, remozado por el estructuralismo, más el aditamento del psicoanálisis y el eXIstencialismo, bien activos, si no todavía supervivientes, hasta prácticamente nuestros días. Estos tiempos, de coetaneidad y cotidianidad, que están procurando consagrar la demolición postmoderna del secular edificio historiográfico con hipercríticas tesis hueras, o yermos conceptuales y metódicos que esquilman y nada reponen, como el narrativismo, la deconstrucción textual o incluso el profetizado pensamiento único, expresado en una supuesta extinción o trágica confrontación de las ideologías (el fin de la Historia de Francis Fukuyama o el choque de civilizaciones de samuel huntington), cierto es que acompañadas de otras valiosas aportaciones in nuce, desde la microhistoria hasta la más sólida y valiosa nueva historia cultural. Unos corrosivos tópicos, y esterilizantes mitos historiográficos, particularmente, aunque no sólo, políticos, que la obra que nos ocupa se empeña en debelar con notorio acierto, sobre todo por lo que se refiere a su condición de acreditada rémora en una coincidente y descalificatoria, en tanto que peyorativa, interpretación de la historia contemporánea, y antes moderna, de españa, por obra del criticismo finisecular del regeneracionismo del XIX, la distorsionada visión propagandista del régimen dictatorial de Franco y su comprensible ulterior y democrática reacción pendular, o la political correctness del aludido pensamiento único, basado en un relativismo, en nuestro caso cognoscitivo, común a diversas tendencias del variopinto y remozado movimiento de la New Age del siglo pasado. De ahí que el lector sea testigo de ese anunciado combate contra lo que Gonzalo anes ha recordado que son residuos todavía vivos de la leyenda negra española, como el de la presunta continuda decadencia de su historia o la inevitable exclusiva de sus guerras civiles (carlistas y de 1936); y la eXIstencia imprescriptible y cainita de las dos Españas o el iluso imaginario colectivo de las ocasiones perdidas, encarnadas en la nostalgia idealizada e...

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