Los cambios familiares en España y sus implicaciones.

Autor:Miguel Requena - Díez de Revenga
Cargo:Catedrático del Departamento de Sociología II UNED.
Páginas:47-67
RESUMEN

Introducción: Segunda transición demográfica y cambio familiar - El fin de la familia nuclear conyugal clásica - La intensa caída de la fecundidad - La inestabilidad conyugal y el creciente desprestigio del matrimonio - Cambio de los valores familiares - El horizonte de la desfamilización - Algunas implicaciones - Referencias

 
CONTENIDO
MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
INTRODUCCIÓN:
SEGUNDA TRANSICIÓN DEMOGRÁFICA
Y CAMBIO FAMILIAR
P
ara plantearnos, en primera instan-
cia, el problema de los cambios fami-
liares en la sociedad española –y, más
en general, en las sociedades contemporá-
neas– podemos acudir a una tesis que se ha
desarrollado últimamente en la demografía
europea: la idea de una segunda transición
demográfica1. Lo que se nos quiere trasmitir
con esta tesis es que desde los años sesenta se
esta produciendo en las sociedades demográfi-
cas avanzadas un cambio masivo de compor-
tamientos familiares que define las nuevas
condiciones de equilibrio demográfico de las
sociedades posindustriales. Como se sabe, la
primera transición demográfica fue un proce-
so de cambio social en la larga duración
mediante el cual las sociedades industriales
pasaron de un equilibrio demográfico basado
en altas tasas de mortalidad y altas tasas de
natalidad a otra fórmula, inédita a lo largo de
la historia humana, basada en bajas tasas de
natalidad y también bajas tasas de fecundi-
dad (Lee 2003). Existe un consenso amplio en
torno a las causas más generales de la transi-
ción y a sus macro-mecanismos desencade-
nantes, que se localizan en el cambio de cultu-
ra material y el aumento del nivel de vida aso-
ciados a la industrialización, al desarrollo eco-
nómico y a la modernización social y cultural
(elevación general del bienestar, mejora de las
condiciones de salud y avances médicos, pro-
greso de la higiene pública y privada); todos
esos cambios redundan en un mayor y mejor
control de la mortalidad. En respuesta a la
caída secular de la mortalidad, las familias
producen menos hijos que, sin embargo, mue-
ren menos y viven durante periodos mucho
más largos de tiempo que sus predecesores.
El control de la mortalidad y la natalidad
da lugar a una situación demográfica comple-
tamente nueva en términos históricos. Lo
propio de la llamada segunda transición es
que esos comportamientos que definen el
nuevo modelo de equilibrio demográfico tien-
den a auto-mantenerse y estabilizarse. Al
final del proceso de cambio, las sociedades
que lo han experimentado se aproximan a un
estado de bajo (o nulo) crecimiento vegetativo
que, además, se retroalimenta a sí mismo. El
conjunto de comportamientos demográficos y
familiares que permiten esa estabilización
–junto a las nuevas representaciones colecti-
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REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
* Catedrático del Departamento de Sociología II UNED.
1Concepto formulado por demógrafos flamencos y
holandeses, en particular LESTAEGUE (1992) y VAN DER KA
(1987) que, por lo visto, ha tenido más éxito académico
en Europa que en los Estados Unidos.
Los cambios familiares en España
y sus implicaciones
MIGUEL REQUENA Y DÍEZ DE REVENGA*
SUMARIO
MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
vas que los avalan y los hacen aparecer como
legítimos y aceptables–, es lo que caracteriza
a esa segunda transición demográfica.
Ésta es, en síntesis, la tesis básica de la
segunda transición demográfica: el cambio de
mecanismos demográficos y familiares en vir-
tud de los cuales se produce un nuevo equili-
brio de la población. Historiadores y demógra-
fos discuten si esta segunda oleada masiva de
cambios demográficos es, en realidad, una
segunda transición o sólo el desenlace último
de la primera (Bongaarts 2002). Sea como fue-
re, lo interesante de la idea es precisamente
que, en la medida en que clarifica los factores
que operan bajo este nuevo equilibrio demo-
gráfico, perfila también el panorama de los
recientes cambios familiares sobre los que
aquél descansa. Aquí resultan trascendenta-
les los cambios que se están produciendo en la
vida de las unidades familiares, en las relacio-
nes familiares, en las transiciones familiares y
en las representaciones culturales de la fami-
lia. Se trata, además, de procesos que se des-
arrollan en el largo plazo, que son intrínseca-
mente complejos y que no responden a una
causalidad única, sino a múltiples factores que
se van entrecruzando e interaccionan entre sí.
Ahora bien, es claro que, como todos los
grandes conceptos, también éste presenta
ciertas dificultades y, en particular, las típicas
de las generalizaciones. Aquí quiero destacar
que la idea supone unos niveles de convergen-
cia que es probable no se den en la realidad de
los diferentes países, por no mencionar áreas
más pequeñas como las regiones o ciertas loca-
lidades. Las distintas realidades de escala
nacional o regional manifiestan siempre una
dependencia de las trayectorias históricas pre-
vias que se han seguido, así como de realida-
des institucionales que son diferentes en cada
caso; ambos factores impiden una convergen-
cia perfecta en torno a las características que
definen la segunda transición demográfica.
Por lo demás, la idea de una segunda transi-
ción seguramente implica también una con-
vergencia excesiva en torno al momento del
cambio en el que se encuentran las diferentes
sociedades que se suponen la están experi-
mentando; desde este punto de vista, tampoco
consigue captar por completo toda la variedad
respecto a los diferentes aspectos del cambio
familiar que producen los distintos países.
Dicho esto, es pertinente plantearse dónde
se sitúa España respecto a estos cambios que
componen la segunda transición demográfica.
Por una serie bien conocida de razones, en su
mayor parte históricas, nuestro país se ha
incorporado tarde a la corriente de estos cam-
bios. Además, podemos asegurar que no en
todos los aspectos del cambio converge con lo
que está sucediendo en otros países europeos,
hasta el punto de que se suele hablar de una
demografía, un sistema o un régimen familiar
del sur de Europa distintivo (Reher 1998).
Parece entonces pertinente formularse dos
preguntas. Primera: ¿en qué consisten preci-
samente esos cambios familiares que están
en la base de la segunda transición demográ-
fica? Y segunda: ¿en qué punto se sitúa la
sociedad española respecto a estos cambios
que contribuyen a la segunda transición
demográfica? En lo que sigue pasaremos
revista a algunos indicadores empíricos que
nos permitirán dar respuesta a esos interro-
gantes. Más adelante revisaremos algunas
posibles implicaciones del cambio familiar
que está experimentando nuestro país.
EL FIN DE LA FAMILIA NUCLEAR
CONYUGAL CLÁSICA
En primer lugar se podría decir que la
segunda transición demográfica viene a coin-
cidir con el fin de la familia nuclear conyugal.
A veces se denomina a esta familia nuclear
conyugal la familia parsoniana, en honor al
sociólogo funcionalista que con más profundi-
dad analítica la teorizó (Parsons 1967)2. La
I. BLOQUE
48 REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
2Como señaló PARSONS, en un modelo familiar
caracterizado por la regla neolocal de residencia y por la
filiación bilineal, el vínculo matrimonial es la clave
estructural fundamental del sistema de parentesco.
SUMARIO
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familia nuclear conyugal no sólo presentaba
una composición reducida estrictamente a su
núcleo básico, esto es, la pareja y los hijos; se
basaba, además, en un esquema rígido de
división del trabajo, a partir del cual eran los
hombres los que se dedicaban a aportar los
recursos extraídos del sistema productivo
necesarios para el sostenimiento de las fami-
lias y las mujeres ocupaban el grueso de su
actividad en el mantenimiento doméstico de
la propia unidad familiar.
En las sociedades postransicionales, esta
pauta de rígida división sexual del trabajo
dentro de la familia comienza a disolverse
para dejar paso rápidamente a nuevas for-
mas de organización doméstica. Estas nuevas
formas domésticas se caracterizan, de una u
otra forma, por la participación conjunta de
los dos miembros de la pareja en el sostén eco-
nómico de la unidad familiar. Y nacen de la
masiva incorporación de las mujeres a la eco-
nomía productiva extra-doméstica. Por
supuesto, la participación laboral femenina,
que ha crecido en todas las sociedades con-
temporáneas, viene a su vez impulsada por
unos aumentos también muy notables del
nivel educativo de las mujeres, que hacen que
los costes de oportunidad de dedicarse al tra-
bajo doméstico se incrementen extraordina-
riamente para las mujeres. El resultado es
bien conocido: la norma en muchas de las
sociedades avanzadas son ya las unidades
familiares basadas en una doble fuente de
ingresos, la del marido y la de la mujer.
El acceso masivo de la mujer al trabajo
extra-doméstico (Garrido 1992; Bernardi
1998; Chuliá 2008) tiene implicaciones muy
importantes para las relaciones familiares,
porque la posición de la mujer dentro de las
unidades familiares gana una notable inde-
pendencia respecto a la del marido, a diferen-
cia de lo que era común en la situación de la
familia nuclear conyugal. Éste es, así, un pri-
mer factor que impulsa los cambios que pode-
mos englobar bajo el término de la segunda
transición demográfica.
MIGUEL REQUENA Y DÍEZ DE REVENGA
49
REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
GRÁFICO 1. MUJERES OCUPADAS POR CADA 100 HOMBRES EN ESPAÑA
Fuente: Encuesta de Población Activa.
SUMARIO
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El gráfico 1 representa las mujeres ocupa-
das por cada 100 hombres en España desde
1964 hasta 2009. Como se puede apreciar cla-
ramente, hemos pasado de (un nivel de) 30
mujeres de cada 100 varones ocupados en
España a 75 en 2009. Es cierto que no hemos
alcanzado la, por otra parte, tan ansiada
paridad en lo que se refiere a la participación
laboral femenina; pero, obviamente, el cam-
bio en estos últimos 45 años ha sido de muchí-
sima envergadura.
Pero lo que seguramente es más importan-
te, puesto que estamos en un sistema familiar
que tiene unas características peculiares, no
es tanto comparar la tasa de ocupación de las
mujeres con la de los hombres, como observar
el comportamiento laboral de las mujeres
casadas. El gráfico 2 registra las tasas de ocu-
pación de las mujeres casadas en España
entre 1976 y 2009. Partimos de niveles en tor-
no a un 20-22% en el año 1976 para situarnos
en un 53% en torno al año 2009.
I. BLOQUE
50 REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
GRÁFICO 2. TASA DE OCUPACIÓN DE LAS MUJERES CASADAS EN ESPAÑA
Fuente: Encuesta de Población Activa.
¿Qué significa esta evolución? Los datos
del gráfico se refieren a las mujeres que están
casadas y están trabajando. Lo que esto sig-
nifica es que la unidad familiar de doble
ingreso –la unidad familiar que sustituye al
modelo tradicional de la familia nuclear par-
soniana– se ha convertido, al menos estadís-
ticamente, en la norma en nuestro país, en el
sentido de que ya hay más mujeres casadas
trabajando que mujeres casadas que no están
trabajando. Estos datos hay que verlos, ade-
más, en la perspectiva de las diferencias
generacionales y de edad que encierran, por-
que el gráfico presenta a la totalidad de las
mujeres casadas, pero sabemos que el com-
portamiento laboral de las mujeres jóvenes y
mayores es muy diferente.
Obviamente las mujeres han trabajado
siempre. Y no nos referimos sólo a las socie-
dades tradicionales, preindustriales, con una
importante base productiva agrícola, donde
las mujeres trabajaban en la propia unidad
familiar a lo largo de toda su vida, sino tam-
bién a las sociedades industriales. En ellas, el
ciclo vital típico de las mujeres estaba pauta-
SUMARIO
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do de tal manera que las mujeres trabajaban
durante su juventud hasta el momento del
matrimonio o del nacimiento del primer hijo.
Sólo posteriormente se retiraban a dedicarse a
las labores del hogar, es decir, al manteni-
miento y reproducción de la unidad doméstica.
Lo que es importante a los efectos que
estamos tratando aquí es que el comporta-
miento de las mujeres casadas ha cambiado
radicalmente en estos últimos tiempos. Para
poder observar el cambio en las generaciones
y en las edades con más precisión podemos
comparar, como se hace en los dos paneles del
gráfico 3, el comportamiento laboral de las
mujeres solteras y casadas en el año 1976 y
en el año 2006. En el año 2006, antes de que
experimentáramos las turbulencias en el
mercado laboral que asociamos a la crisis eco-
nómica, el nivel de ocupación medido como
porcentaje de mujeres ocupadas sobre el total
de las mujeres de su grupo de edad, entre 16
y 39 años, era más alto entre las casadas que
entre las solteras. Este nivel de integración
laboral de las mujeres casadas es una nove-
dad radical respecto a lo que ocurría, por
ejemplo, en 1976, cuando las tasas de ocupa-
ción de las mujeres solteras superaban con
creces a las de las casadas. En realidad, lo
que estos datos apuntan es que entre los y las
jóvenes la manera habitual de constituir nue-
vas parejas es, en una proporción cada vez
mayor de casos, mediante el trabajo de sus
dos miembros3.
Es cierto que en 2006 el nivel de ocupación
de las mujeres casadas –también de las solte-
ras– a partir de los 40 años es inferior al de
las jóvenes. Pero los dos paneles reflejan bas-
tante bien el cambio que se ha producido en el
comportamiento laboral de las mujeres y que
nos permite pronosticar que efectivamente
las familias de doble ingreso no son ya la pau-
ta en el presente, sino que van a seguir sien-
do la norma en el futuro.
MIGUEL REQUENA Y DÍEZ DE REVENGA
51
REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
3Es claro que los crecientes costes de acceso a la
vivienda en España no son ajenos a esta nueva pauta de
formación de parejas de doble ingreso.
GRÁFICO 3. TASA DE OCUPACIÓN FEMENINA EN ESPAÑA, POR ESTADO CIVIL
Y EDAD (1976 Y 2006)
Fuente: Encuesta de Población Activa.
SUMARIO
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Apenas hay que insistir en que por debajo
de estos cambios están las inmensas ganan-
cias en capital humano, particularmente for-
mación, que han experimentado las mujeres
en España. Desde aproximadamente los años
90 del pasado siglo XX las mujeres jóvenes
tienen un nivel educativo superior al de los
hombres y, por ejemplo, el número de muje-
res matriculadas en las universidades espa-
ñolas es mayor que el de los varones de su
propia edad4. Los rendimientos o logros edu-
cativos de las mujeres son, en suma, superio-
res a los varones; y los logros educativos,
como ya señalamos antes, imponen costes de
oportunidad muy altos a las mujeres que no
quieren dedicarse a una actividad laboral.
En cuanto a la comparación con otros paí-
ses europeos, podemos decir que con una tasa
de ocupación del 53% de las mujeres casadas,
nos situamos en una posición alejada de lo
que es común en otros países europeos del
norte y el centro, pero próxima a la de países
mediterráneos como Italia o Grecia (gráfico
4). Estas pautas regionales en Europa son
conocidas y reflejan realidades familiares e
institucionales bien asentadas. En todo caso,
a la vista de la evolución que hemos experi-
mentado estos años, y habida cuenta del for-
midable cambio educativo que ha elevado la
dotación de capital humano de las mujeres,
podemos prever que la norma de las parejas
de doble ingreso se va a consolidar en España
en los próximos años.
LA INTENSA CAÍDA DE LA FECUNDIDAD
El segundo cambio importante que hay
que referir en relación con la segunda transi-
ción demográfica es precisamente el de la
reducción, intensa y sostenida, de la fecundi-
dad (Requena 2004a y 2006b). Todas las
I. BLOQUE
52 REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
4Es cierto que en los estudios universitarios no hay
una distribución homogénea entre varones y mujeres,
en el sentido de que las mujeres están más presentes en
lo que hasta ahora se llamaban diplomaturas y menos en
las carreras técnicas, ingenierías. Pero en términos agre-
gados, globalmente, podemos decir que las mujeres
jóvenes de hoy en España tienen un nivel educativo
superior al de los hombres. También las cifras de fracaso
escolar e incluso las calificaciones en la enseñanza
secundaria apuntan precisamente al mismo fenómeno.
GRÁFICO 4. OCUPACIÓN DE LAS MUJERES CASADAS EN VARIOS PAÍSES
EUROPEOS
Fuente: Eurostat
SUMARIO
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sociedades avanzadas han experimentado
niveles muy acusados de reducción de la
fecundidad, hasta el punto de que por ejem-
plo en Europa prácticamente todos los países
están hoy día por debajo del nivel de reem-
plazo que convencionalmente sitúan los
demógrafos en 2,1 hijos por mujer. El origen
del proceso de caída de la fecundidad, desde
el punto de vista de los individuos, está en los
mismos factores que han impulsado la ya
mencionada transformación de las unidades
domésticas: el cambio de posición social y eco-
nómica de las mujeres que se produce como
consecuencia de las mayores dotaciones de
capital humano de que se encuentran dota-
das en las sociedades avanzadas (Requena y
Salazar 2006).
La caída de la fecundidad supone además
una transformación del calendario reproduc-
tivo de las mujeres, en el sentido de que va
acompañada de retrasos importantísimos en
la maternidad, fundamentalmente en la edad
a la que se tienen los primeros hijos. Ello
transforma de una manera radical y decisiva
el calendario vital de las mujeres. Conviene
también insistir en un aspecto muy impor-
tante de esta caída de la fecundidad como es
el hecho de que se consiga con unos niveles
altísimos de infecundidad (Requena 1997).
Es decir, en el horizonte de la segunda transi-
ción demográfica las mujeres tienen menos
hijos y los tienen más tarde que antes; tam-
bién hay una proporción muy alta de mujeres
que no tienen ningún hijo.
Hasta mediados de los años 70 España era
un país reconocidamente natalista. Desde
entonces ha experimentado una caída fortísi-
ma de sus niveles de fecundidad. Tal y como
refleja el gráfico 5, entre 1975 y 2008 hemos
pasado de alrededor de 3 hijos por mujer a
unos niveles que apenas superan los 1,4. A
finales de los años 90 llegamos incluso a
movernos por debajo de 1,2 hijos por mujer.
Esta tendencia es, de nuevo, típica de los paí-
ses del sur de Europa, aunque también Ale-
mania nos acompaña en estos niveles bajos o
muy bajos de fecundidad, a diferencia de
Francia, Suecia o el Reino Unido. En todo
caso, todos estos países se sitúan por debajo
del nivel de reemplazo generacional (2,1 hijos
por mujer).
MIGUEL REQUENA Y DÍEZ DE REVENGA
53
REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
GRÁFICO 5. FECUNDIDAD EN ESPAÑA. INTENSIDAD Y CALENDARIO
Fuente: Instituto Nacional de Estadística.
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Otro de los correlatos de esta caída impor-
tantísima de los niveles de fecundidad es pre-
cisamente el retraso en la edad de la repro-
ducción. La línea discontinua del gráfico 5
(que se mide en el eje de la derecha), repre-
senta la edad media del primer hijo de las
mujeres españolas. Como vemos, desde algo
menos de 25 años a finales de los años 70 nos
hemos situado muy cerca de los 30 años en el
último año para el que tenemos cifras (2008).
Retrasos de 4 ó 5 años en el ciclo vital, parti-
cularmente en el ciclo reproductivo femenino,
son muy importantes5. Por consiguiente, se
puede asegurar que estos dos fenómenos van
mutuamente entrelazados, en la medida en
que la posposición de la fecundidad al final
repercute en una caída de los niveles agrega-
dos de fecundidad6.
Un aspecto interesante de la evolución
reciente de la fecundidad en España es la
cierta recuperación de las tasas que hemos
experimentado desde finales de los años 90 y
que ahora mismo nos sitúa a la altura de
mediados de los años 80 (en torno a 1,4 hijos
por mujer, aún muy lejos del nivel de reem-
plazo). ¿A qué se debe este cambio? Entre
otros factores, es necesario destacar la contri-
bución de las mujeres inmigrantes. Como se
sabe, en los últimos diez años nuestro país ha
recibido cantidades crecientes de inmigran-
tes que, en 2008, formaban un stock de cerca
de 6 millones de individuos nacidos fuera del
país. Y, como también se sabe, las mujeres
inmigrantes tienen una fecundidad más alta
que las mujeres españolas. El panel superior
del gráfico 6 muestra la proporción de naci-
I. BLOQUE
54 REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
5Como reza un viejo adagio demográfico: fecundi-
dad pospuesta es fecundidad perdida.
6En el proceso de la baja fecundidad española influ-
yen, obviamente, muchos factores derivados en su
mayor parte del cambio de posición de la mujer. Pero
merece la pena resaltar ahora dos de ellos. Uno es la difi-
cultad para constituir nuevas unidades familiares que ha
experimentado la sociedad española durante todos estos
años de caída de la fecundidad. Otro es el subdesarrollo
de las políticas de apoyo a la natalidad en España.
GRÁFICO 6. FECUNDIDAD EN ESPAÑA. ESPAÑOLAS Y EXTRANJERAS
Fuente: Instituto Nacional de Estadística.
SUMARIO
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mientos de madre española y de madre no
española. En el último año para el que tene-
mos datos (2007), un 19% de los nacimientos
corresponden a madres que no son de nacio-
nalidad española. Si se tiene en cuenta que la
población femenina no española constituye
en torno al 11% de la población total de muje-
res en España, lo que nos indica el gráfico es
que las tasas de fecundidad de las mujeres
extranjeras son superiores a las de las espa-
ñolas: en torno a un 11% de la población de
mujeres no españolas produce un 19% del
total de niños que están naciendo en España.
El panel inferior del gráfico 6 muestra el
diferencial de fecundidad entre españolas y
extranjeras en tres fechas diferentes. Las
tasas de fecundidad de las extranjeras son
efectivamente superiores a las de las españo-
las en cualquiera de los tres años considera-
dos. Pero los datos también nos indican dos
cosas más: (1) de hecho, se ha producido una
cierta recuperación de las tasas de fecundi-
dad de las españolas en estos años; (2) simul-
táneamente se va produciendo una caída de
las tasas de fecundidad de las mujeres
extranjeras. Esta pauta, en función de la cual
las mujeres inmigrantes van adaptando su
comportamiento reproductivo al de las socie-
dades receptoras, es bien conocida. Sobre la
fecundidad de las mujeres extranjeras en
España cabe hacer una observación adicio-
nal: el origen de las inmigrantes venidas a
España determina que los niveles agregados
de fecundidad puedan variar a medida que
aquellos van cambiando. Ello es así porque
las inmigrantes tienen fecundidades clara-
mente distintas en sus países de origen. Las
mujeres que vienen del Magreb o de los paí-
ses del sur del Sahara no tienen las mismas
tasas de fecundidad que, por ejemplo, las
mujeres caribeñas, andinas rumanas o
argentinas (que tienen una fecundidad muy
similar a la de las españolas). La cambiante
composición de las mujeres emigrantes tam-
bién influye en su tasa agregada de fecundi-
dad y, así, en el nivel total de fecundidad del
país.
LA INESTABILIDAD CONYUGAL
Y EL CRECIENTE DESPRESTIGIO
DEL MATRIMONIO
Otro de los grandes cambios que está con-
tribuyendo a transformar la vida familiar en
las sociedades contemporáneas –y que por
ello mismo está en la base de la llamada
segunda transición demográfica– es la cre-
ciente inestabilidad de los matrimonios y las
parejas. Todas estas sociedades que han ini-
ciado la senda de la segunda transición demo-
gráfica se caracterizan por unas tasas de
divorcio altas o, al menos, relativamente
altas en comparación con lo que sucedía
antes. Y, asimismo, junto a esta alta inestabi-
lidad matrimonial se produce igualmente un
retraso en la edad a la que se forman las pare-
jas y un aumento de las uniones de hecho o
cohabitación: la consolidación de la pareja se
produce a una edad más tardía, pero son
muchas las parejas que deciden iniciar su
vida en común sin aceptar el grado de institu-
cionalización que supone el reconocimiento
legal mediante la figura del matrimonio (Cas-
tro 2003). Las tasas de nupcialidad, en conse-
cuencia, caen también en todas estas socieda-
des demográficamente avanzadas.
Lo que esta caída de la nupcialidad y esta
mayor inestabilidad conyugal ponen de mani-
fiesto es la amplia pérdida de prestigio de la
institución del matrimonio entre las genera-
ciones más jóvenes, que son precisamente las
que con sus comportamientos protagonizan
la segunda transición demográfica. Uno de
los efectos de este proceso, que se puede com-
probar fácilmente con los datos que suminis-
tra las estadísticas vitales, es que cada vez
nacen más hijos de madres no casadas. Éste
es el caso de todos los países desarrollados y
también, como veremos más adelante, tam-
bién el de España, donde los nacimientos
extramatrimoniales han aumentado sustan-
cialmente durante estos últimos años.
Un indicador clásico de inestabilidad
matrimonial son los divorcios que se produ-
cen al año por cada 100 matrimonios. En el
MIGUEL REQUENA Y DÍEZ DE REVENGA
55
REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
SUMARIO
MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
gráfico 7 (panel superior) se puede comprobar
la evolución en España desde el año 1982, que
es el primer año tras la aprobación de la Ley
de Divorcio en el año 1981, hasta el año
20057. España ha pasado de alrededor de 12
divorcios por cada 100 matrimonios al entor-
no de los 35. Hay que señalar que la subida
brusca de los divorcios entre el año 2004 y el
2005 no se debe a un súbito incremento de
circunstancias adversas para la vida conyu-
gal, sino más bien a los efectos de la aproba-
ción de las nuevas condiciones jurídicas que
regulan la tramitación del divorcio. Y no
porque el popularmente llamado divorcio
exprés8necesariamente promueva una
mayor cantidad de divorcios; sino, más bien,
porque las facilidades en cuanto a los plazos
previos de separación favorecieron el divor-
cio rápido de un stock de separados que, de
manera casi automática y de acuerdo con las
nuevas condiciones legales, se convirtieron
en divorciados. En cualquier caso, y aun no
teniendo en cuenta los datos de 2005, es cla-
ro que el fenómeno del divorcio se ha exten-
dido en la sociedad española de manera muy
notable, en especial tras los años 80 del siglo
pasado, durante los que permaneció estable
en torno a una tasa de 10 divorcios por cada
100 matrimonios.
Es oportuno comparar los datos de la rup-
tura familiar en España con los de otros paí-
ses europeos (panel inferior del gráfico 7). En
ellos volvemos a encontrar la misma pauta
que agrupa a los países del sur de Europa
(representados en este caso por Italia y Espa-
ña), con un bajo grado de divorcialidad, fren-
te a los países del centro y del norte, que pre-
sentan un gran número relativo de divorcios.
Aunque es cierto que los países del sur euro-
peo hemos elevado nuestros niveles de ruptu-
ra matrimonial, estamos todavía bastante
lejos de lo que sucede en otros países europe-
os (o, para el caso, de los Estados Unidos, que
son una de las sociedades más divorcistas del
mundo en la actualidad).
A la luz de estos datos, las transformacio-
nes que está experimentando el matrimonio
se pueden resumir en una tendencia muy
acusada a aceptar un menor grado de com-
promiso con la propia institución. Este
menor compromiso, que se refleja en la caída
de las tasas de nupcialidad y en la mayor
inestabilidad conyugal, se traduce también
en un creciente número de nacimientos
extramatrimoniales. Dicho en otros térmi-
nos, el proceso de la reproducción se va des-
vinculando cada vez más de la institución
matrimonial. Tal y como se aprecia en el grá-
fico 8, los nacimientos de madres no casadas
también han crecido extraordinariamente
en nuestro país, hasta el punto de que a día
de hoy casi una tercera parte de los hijos
españoles nacen fuera del matrimonio. Ello
no significa que estos hijos extramatrimo-
niales nazcan mayoritariamente al margen
de la relación de pareja de sus padres; sino
más bien que nacen de parejas que han opta-
do por no casarse.
La intensidad del cambio está fuera de
toda duda: en los últimos treinta años el fenó-
meno de los nacimientos de madre no casada
se ha multiplicado por casi quince veces. No
obstante, hay que señalar a este respecto que
también en estos datos sobre el crecimiento
de los nacimientos extramatrimoniales en
España está pesando el comportamiento de
algunos inmigrantes, que mantienen unos
niveles de cohabitación y de formación y man-
tenimiento de parejas de hecho muy superio-
res a los de las españolas.
I. BLOQUE
56 REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
7A veces se malinterpreta este indicador pensando
que es la proporción de matrimonios que acaban en
divorcio. No es el caso. Se trata simplemente de los
divorcios que se producen cada año por cada 100 nue-
vos matrimonios que se celebran. Para interpretar
correctamente este indicador hay que tener presente
que depende del número anual de nuevos matrimonios.
8La entrada en vigor en 2005 de la Ley 15/2005, de
8 de julio, por la que se modificó el Código Civil y la Ley
de Enjuiciamiento Civil en materia de separación y
divorcio provocó un importante trasvase de los ingresos
desde separaciones hacia divorcios.
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MIGUEL REQUENA Y DÍEZ DE REVENGA
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REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
GRÁFICO 7. DIVORCIOS POR CADA 100 MATRIMONIOS EN ESPAÑA Y EUROPA
Fuente: Instituto Nacional de Estadística y Eurostat.
GRÁFICO 8. PROPORCIÓN DE NACIMIENTOS POR ESTADO CIVIL DE LA
MADRE (1975-2008)
Fuente: Instituto Nacional de Estadística y Eurostat.
SUMARIO
MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
NUEVAS FORMAS DE CONVIVENCIA
Otra de las características de esta segunda
transición demográfica –causa y efecto a la
vez de algunas de sus más importantes
dimensiones– afecta fundamentalmente a las
formas de vida domésticas. Es decir, a cómo
la gente organiza su vida en los hogares. A
este respecto hay una extensa literatura
(Requena 2004b y 2006a) que nos informa con
claridad de que los hogares de nuestras socie-
dades son (a) hogares de un tamaño medio
muy pequeño, pero también –y esto es impor-
tante– (b) hogares que tienen una menor
complejidad interna.
La disminución sostenida del tamaño
medio de los hogares está bien documentada
en todas las sociedades demográficamente
avanzadas, incluida España (Requena 2001).
Y, aunque de hecho no existe una correspon-
dencia exacta entre el tamaño y la compleji-
dad de los hogares, sí es cierto que estos hoga-
res cada vez más pequeños se relacionan con
formas de convivencia cada vez más simples,
es decir, que incluyen una menor densidad de
relaciones en su seno.
Esa pérdida de densidad relacional dentro
de los hogares se identifica con el surgimien-
to y difusión de las llamadas familias posnu-
cleares, un término que alude a las nuevas
formas de convivencia que, también por su
estructura, se alejan del modelo canónico de
la familia nuclear conyugal. El continuado
descenso del tamaño medio de los hogares y
su densidad relacional se ha venido concre-
tando, en efecto, en el crecimiento de los
hogares unipersonales y de los no integrados
por un núcleo familiar, así como en la crecien-
te presencia de la monoparentalidad asocia-
da a la soltería y al divorcio. En suma, a lo
largo de estos últimos años hemos asistido al
auge imparable de las estrategias de convi-
vencia doméstica situadas al margen de los
requisitos familiares de la reproducción, una
tendencia por lo demás perfectamente con-
gruente con los bajos niveles de fecundidad
de nuestras sociedades postransicionales.
I. BLOQUE
58 REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
GRÁFICO 9. TAMAÑO MEDIO DEL HOGAR EN ESPAÑA (1960-2008)
Fuente: Instituto Nacional de Estadística.
SUMARIO
MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
Un correlato de esta disminución sosteni-
da del tamaño de los hogares es la disminu-
ción de los niveles agregados de dependencia
familiar en todas las sociedades avanzadas.
Incluso un indicador tan sintético como el
tamaño medio de los hogares pone ya de
manifiesto esa caída de los niveles agregados
de dependencia familiar. Y en España los
hogares llevan disminuyendo de tamaño, al
menos, desde comienzo de los años sesenta
del siglo pasado (gráfico 9). Como es obvio, los
miembros del grupo familiar que comparten
residencia dependen mutuamente los unos de
los otros en términos materiales, relacionales
y emocionales. Por lo tanto, desde ese punto
de vista, si los hogares son más pequeños, el
número de gente que por término medio
depende de sus familiares más próximos es
menor y el grado de dependencia familiar
mutua disminuye9.
Los dos paneles del gráfico 10 ponen de
manifiesto cómo se distribuyen las personas
y los hogares en España en los diferentes
tipos de hogares según su tamaño, con datos
de los años 1987 y 2008 que permiten obser-
var la evolución durante ese decenio. En el
panel de la izquierda aparecen las personas y
en el panel de la derecha los hogares. Si se
quiere ver la realidad desde el punto de vista
de los hogares, en la España de 2008 los
hogares más frecuentes son los hogares de
dos personas, cuando en el año 1987 eran los
MIGUEL REQUENA Y DÍEZ DE REVENGA
59
REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
9El gráfico 9 muestra los resultados de los sucesivos
Censos de Población y de la Encuesta de Población Acti-
va (EPA). La EPA, como es sabido, estima un nivel de
agregación familiar mayor que los censos. No obstante,
a pesar de las diferencias entre ambas fuentes, la evolu-
ción es muy paralela y apunta, en todo caso, a que los
hogares crecen a un ritmo superior al de la población.
Nos enfrentamos efectivamente a una situación en la
que hay cada vez más hogares, pero los hogares son
cada vez más pequeños.
GRÁFICO 10. DISTRIBUCIÓN DE LAS PERSONAS Y HOGARES POR TAMAÑO
MEDIO DEL HOGAR
Fuente: Instituto Nacional de Estadística.
SUMARIO
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hogares de cuatro personas. Sin embargo, si
miramos los datos desde el punto de vista de
las personas, vemos que en 2008 el tipo de
hogares donde más personas viven son los
hogares de cuatro personas, que era aproxima-
damente la misma realidad que en 1987. Aho-
ra bien, el desplazamiento de las curvas hacia
el eje de la izquierda refleja, de forma inequí-
voca, la creciente importancia de los hogares
más pequeños, lo que explica la disminución
del tamaño medio de los hogares españoles. Y,
así, a medida que el tamaño medio del hogar
ha ido disminuyendo, el área bajo la curvas
representadas en los paneles del gráfico 10 se
ha ido desplazando hacia el lado izquierdo, en
la dirección de los hogares de menor tamaño. A
la derecha de los hogares de cinco miembros,
sin embargo, el área cubierta por la curva
correspondiente al año 1987 es mayor que la
que queda bajo la del año 2008.
Por lo que se refiere al cambio de los dis-
tintos tipos de hogares, el gráfico 11 pone de
manifiesto cómo, en general, estamos experi-
mentando una tendencia en la dirección de
una mayor presencia de los hogares más sim-
ples y menor de los más complejos10. Los
hogares unipersonales, por ejemplo, se han
duplicado en los últimos veinte años. Este
crecimiento de los hogares de una única per-
sona tiene mucha relación con la creciente
independencia residencial de los ancianos
españoles y, en mucha menor medida, con la
formación de hogares de un solo individuo por
I. BLOQUE
60 REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
10 Los datos que se presentan aquí corresponden a la
distribución de los hogares en determinados momentos
del tiempo y, como tales, son sólo un corte transversal de
una realidad intrínsecamente dinámica. En la interpreta-
ción de los datos transversales sobre los hogares se debe
tener en cuenta que los mismos hogares van cambiando
de forma a medida que van atravesando por las distintas
fases del ciclo vital por las que transitan las familias.
GRÁFICO 11. DISTRIBUCIÓN DE DISTINTOS TIPO DE HOGARES (1987-2008)
Fuente: Encuesta de Población Activa.
SUMARIO
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parte de los jóvenes. También los hogares
compuestos por parejas sin hijos han aumen-
tado de forma notable en este periodo. Ello se
debe tanto al aumento del periodo de tiempo
que trascurre desde el momento en que se
constituye la pareja hasta el momento en el
que se tiene el primer hijo, como a las ganan-
cias de la mortalidad que también alargan
mucho la fase del ciclo familiar en la que las
parejas viven solas después de que el último
hijo se ha emancipado.
Por el contrario, los hogares que podemos
considerar más complejos han disminuido de
manera importante. Entre ellos, (1) los hoga-
res compuestos de una pareja con hijos y
otros miembros ajenos al núcleo, que casi se
han reducido a la mitad en estos últimos
veinte años; y (2) los hogares compuestos de
un núcleo de pareja con sus hijos, que tam-
bién se han reducido en términos relativos de
manera sustancial.
Es reseñable, asimismo, el hecho de que en
España la incidencia de los hogares monopa-
rentales es reducida en términos comparati-
vos (no más de un 6% de todos los hogares a lo
largo del periodo que estamos observando).
Además, su número no ha crecido de forma
sensible durante los últimos años.
En cualquier caso, también en España el
crecimiento de los hogares más simples a cos-
ta de los más complejos se debe interpretar
como una prueba de la emergencia de esas
formas posnucleares. Ahora bien, como es
típico de los países del sur de Europa, el cam-
bio hacia esas formas posnucleares se mani-
fiesta con más nitidez en el crecimiento de los
hogares unipersonales y de las parejas sin
hijos y en el declive de los hogares compues-
tos por una pareja con hijos y otros miembros
ajenos al núcleo.
CAMBIO DE LOS VALORES FAMILIARES
Hay también otra gran dimensión del cam-
bio que se produce durante esta segunda
transición demográfica, en la que en este tra-
bajo no insistiré mucho, pero que es impres-
cindible mencionar: son los cambios cultura-
les –actitudes, valores y representaciones
colectivas en general– que acompañan a estos
trascendentales cambios sociales y demográ-
ficos. Seguramente el cambio de más conse-
cuencias –y es probable que el más visible
también en el ámbito cultural– que acompa-
ña a la segunda transición demográfica sea
precisamente el de la mayor igualdad de los
miembros de las familias.
Una serie bien conocida de transformacio-
nes en el sistema educativo, en el sistema
productivo y en el propio sistema familiar ha
propiciado esta creciente igualdad entre los
hombres y las mujeres, por un lado, y entre
padres e hijos, por otro. Tales cambios pue-
den interpretarse como un proceso de demo-
cratización de la vida de las familias.
Paralelamente, también se podría hablar
de que ha habido un proceso creciente de
secularización de la familia: las familias se
apartan de las normas y de los valores que
transmite la religión porque la religión pier-
de eficacia para sancionar los comportamien-
tos y las transiciones familiares. En un país
como el nuestro, de arraigada tradición cató-
lica, un ejemplo muy simple de este proceso
de secularización de la vida familiar es la pro-
porción creciente de matrimonios civiles, que
ha crecido de manera sostenida en los últimos
años hasta alcanzar un nivel próximo al 50%
en el año 2007.
Como he indicado, en este trabajo no voy a
insistir en estos cambios culturales, pero si
hubiera que resumirlos en una sola fórmula
podríamos decir que en nuestras sociedades
contemporáneas estamos asistiendo, si no al
fin del patriarcado, sí al menos a un debilita-
miento sustancial del mismo: el declive siste-
mático de la autoridad de los padres frente a
los hijos y de los maridos frente a las esposas
son pruebas palpables de ese proceso (Fla-
quer 2000).
MIGUEL REQUENA Y DÍEZ DE REVENGA
61
REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
SUMARIO
MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
EL HORIZONTE DE LA
DESFAMILIZACIÓN
Éstas son las cinco grandes dimensiones
del cambio familiar que acompañan a la
segunda transición demográfica y que prove-
en los mecanismos que hacen posibles estos
equilibrios de baja fecundidad alrededor de
los que se mueven nuestras sociedades con-
temporáneas.
¿Qué suponen todos estos cambios cuando
comparamos la vida de las familias actuales
con lo que era normal hace sólo veinte, trein-
ta o cuarenta años? ¿Qué implicaciones pode-
mos destacar de la transición desde las típi-
cas familias nucleares conyugales de hace
unos años hacia las familias posnucleares de
ahora? Una forma bien conocida de entender
este proceso es el cambio desde una sociedad
de familias a una sociedad de individuos: tras
la marea de cambios a los que hemos asistido
en las últimas décadas lo que se vislumbra en
el horizonte es un nuevo tipo de sociedades no
familistas (Goode 1984, Popenoe 1988, Rous-
sel 1989, Bumpass 1990, Dizard y Gadlin
1990). Otra forma de conceptuar el cambio
–muy presente en la literatura al uso hoy
día– es entender que se está produciendo un
proceso acelerado de desfamilización de las
sociedades contemporáneas (Esping-Ander-
sen 2000).
La llamada desfamilización es, de nuevo,
un cambio social complejo que responde a una
causalidad múltiple. Y tal vez se podría resu-
mir diciendo que determinados procesos,
actividades, funciones y relaciones que antes
tenían un carácter netamente familiar van
perdiéndolo con el paso del tiempo y con las
transformaciones asociadas a los cambios
socio-demográficos ya apuntados.
En primer lugar, las familias pierden
importantes funciones de las que han tenido
tradicionalmente. Los tres ejemplos clásicos
de dicha pérdida de funciones son (a) la edu-
cación, que pasa a depender de los sistemas
públicos y privados de enseñanza formal de
nuestras sociedades; (b) la función producti-
va, cuya pérdida está muy ligada al peso cada
vez menor que tiene la agricultura en nues-
tros sistemas productivos y también, parale-
I. BLOQUE
62 REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
GRÁFICO 12. PROPORCIÓN DE MATRIMONIOS CIVILES (1991-2007)
Fuente: Instituto Nacional de Estadística
SUMARIO
MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
lamente, al declive más general de lo que se
dio en llamar el modo de producción domésti-
co, también muy presente en algunos servi-
cios11; y (c) las funciones asistenciales, que
han pasado a encuadrarse masivamente en
los sistemas públicos y privados de previsión
social.
En segundo lugar, las familias no sólo pier-
den funciones básicas que antes estaban a su
cargo –así como las correspondientes activi-
dades que soportaban tales funciones– sino
que van viendo cómo se les escapan recursos
que antes se situaban bajo su control y van
pasando paulatinamente a otras entidades o
instituciones sociales extra-domésticas. Los
sistemas fiscales, por ejemplo, son institucio-
nes públicas que promueven unas transfe-
rencias gigantescas de recursos desde unas
familias a otras mediante mecanismos cuya
lógica de funcionamiento es esencialmente no
familiar. La provisión de servicios públicos
está, como es obvio, al margen de la lógica
particularista de asignación de recursos pro-
pia de las familias. Mientras que la lógica de
la asignación de recursos dentro de la familia
suele estar orientada a la reproducción del
grupo familiar, la lógica de las transferencias
públicas suele dirigirse a la redistribución y
al mantenimiento de ciertos niveles de bien-
estar colectivo.
En tercer lugar, uno de los resultados de
todos estos procesos de cambio familiar es
que los individuos van siendo cada vez más
independientes de sus familias. El nivel de
dependencia familiar agregada en nuestras
sociedades ha disminuido de manera drástica
en los últimos años. Las familias son capaces
de hacerse cargo del mantenimiento de un
número cada vez menor de dependientes.
Un aspecto fundamental del proceso de
desfamilización es que se retroalimenta a sí
mismo en el sentido siguiente. A medida que
las familias van perdiendo funciones, activi-
dades y recursos, los individuos van invir-
tiendo menos recursos en relaciones familia-
res: las inversiones personales en relaciones
familiares disminuyen de forma relevante
(Goode 1984) en virtud de una lógica por la
que los individuos tratan de adaptarse al
nuevo contexto de las sociedades demográfi-
camente avanzadas. Lo característico de las
sociedades avanzadas es un cambio funda-
mental en la estructura de las oportunidades
personales que lleva a eludir las contribucio-
nes entregadas a entidades colectivas como
las familias y que, en cambio, promueve las
inversiones en las propias trayectorias o
carreras individuales. En otras palabras, lo
definitivamente nuevo no es que la gente eli-
ja el camino que más rinde en un ejercicio de
racionalidad económica, sino que, tras la
revolución reproductiva y los correspondien-
tes cambios sociales y familiares que la acom-
pañan, los rendimientos de las inversiones
individuales comienzan a ser bastante mayo-
res que los que se puede esperar recibir de las
inversiones en entidades colectivas como la
familia.
ALGUNAS IMPLICACIONES
Normalmente la agenda contemporánea
en torno a los temas de la familia —agenda
académica, agenda política y agenda mediáti-
ca— se ha centrado en dos objetos de preocu-
pación principales. Por un lado, la inestabili-
dad de la vida familiar y, en particular, de la
vida de pareja o de los matrimonios, y el con-
siguiente crecimiento de las formas de fami-
lia no convencionales; por otro, el segundo de
los temas que más preocupación suscita se
refiere a las consecuencias del llamado equili-
brio de la baja fecundidad en el cual parece
que estamos atrapados sociedades como la
española. Hay que señalar también que
mientras en el mundo anglosajón –y en los
MIGUEL REQUENA Y DÍEZ DE REVENGA
63
REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
11 Un correlato empírico claro de esta pérdida de
funciones productivas es el declive radical de los ayudas
familiares, que han disminuido extraordinariamente en
todas las economías avanzadas y, en particular, en la
nuestra.
SUMARIO
MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
Estados Unidos en particular– preocupa más
que en Europa la inestabilidad familiar, en
Europa seguramente inquieta más el equili-
brio de la baja fecundidad, sobre todo en la
medida en que genera algunas dudas sobre la
sostenibilidad futura de nuestro propio siste-
ma de bienestar debido fundamentalmente a
la descompensación que se prevé en la estruc-
tura de edades de nuestra población.
En este sentido, las posibles implicaciones
de los cambios familiares para la sociedad
española hay que situarlos en el contexto de
la discusión sobre el Estado de bienestar y la
familia. Como sabemos, los tres grandes pila-
res del sistema de bienestar en las sociedades
contemporáneas son el Estado, los mercados
y las familias; precisamente son las interac-
ciones entre esos tres pilares –los tres gran-
des agentes del bienestar– lo que en última
instancia decide o determina el tipo de régi-
men de bienestar que existe. Las tipologías al
uso del Estado de bienestar (Esping-Ander-
sen 1993) sitúan a España en el sistema de
bienestar denominado familista, típico de los
países del Mediterráneo europeo, aunque hay
casos también muy similares en otras partes
del mundo como el Japón.
Como es sabido, estos regimenes familis-
tas se caracterizan porque una parte sustan-
cial de la provisión del bienestar recae en las
familias y depende directamente de ellas. En
el continuum del bienestar que de una u otra
forma incluye a todas las sociedades avanza-
das, un país como España está lejos de los
Estados del bienestar nórdicos, en los que el
propio Estado adquiere un peso determinan-
te; y también se distingue claramente de los
Estados de bienestar liberales de corte anglo-
sajón, que se apoyan de forma considerable
en el mercado para garantizarse la provisión
de bienestar. Tenemos algunas concomitan-
cias o similitudes, en cambio, con los Estados
del bienestar corporativistas de los países del
centro europeo, a saber, Francia y Alemania.
Pero, definitivamente, nos asemejamos más a
países como Italia, donde una parte muy
importante de la provisión del bienestar la
proporcionan fundamentalmente las fami-
lias.
La rápida síntesis de indicadores sobre el
estado de las familias españolas que hemos
revisado en este trabajo pone de manifiesto
que, aun estando inmersos en procesos de
intenso cambio familiar, nuestra misma his-
toria reciente y el propio ritmo al que nos
vamos moviendo nos encuadra en las pautas
demográficas y familiares mediterráneas o
latinas, típicas de los países del sur de Euro-
pa. En lo que aquí más interesa ahora, pode-
mos afirmar que contamos de hecho con un
nivel comparativamente alto de solidaridad
familiar –fundamentalmente de solidaridad
familiar intergeneracional– y de auto-pro-
ducción de servicios familiares. Asimismo, y
no parece una casualidad, mantenemos un
perfil relativamente bajo de políticas públi-
cas directas e indirectas de apoyo a la familia.
El gráfico 13 muestra el gasto público en la
función familias como porcentaje del produc-
to interior bruto en varios países europeos
durante los últimos años. Los datos reprodu-
cen, una vez más, esa pauta recurrente en
varios de los indicadores que hemos presen-
tado en este trabajo: las curvas de Italia y
España se sitúan en la zona baja del gráfico,
lo que indica una baja proporción del gasto
público destinado al apoyo directo a las fami-
lias. Otros países como Suecia, Reino Unido,
Alemania y Francia dedican, con sus induda-
bles peculiaridades, una mayor parte de los
recursos públicos al respaldo directo a las
familias. Procede señalar también que deter-
minadas políticas que indirectamente podrí-
an servir de apoyo a las familias también
están relativamente subdesarrolladas en
España. El caso más patente a este respecto
es, sin duda, el de las políticas de vivienda.
Tenemos, por tanto, pocas políticas de apo-
yo directo e indirecto a la familia. Contamos
asimismo, y esto es también conocido, con
pocos servicios públicos de cuidado a depen-
dientes de poca edad; es decir, la provisión de
servicios de guardería para niños entre 0 y 3
I. BLOQUE
64 REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
SUMARIO
MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
años en España es muy inferior a la que exis-
te en otros países europeos, aunque es verdad
que hay muchas variaciones locales. Por otro
lado, no hemos dispuesto tampoco de políti-
cas efectivas de conciliación de la vida fami-
liar y laboral hasta muy recientemente –Ley
de Conciliación de 1999 y la Ley de Igualdad
de 2007–, por lo que habrá que esperar toda-
vía un tiempo hasta que dichas medidas sur-
tan los efectos previstos.
Dadas estas características de nuestro
régimen de bienestar, ¿qué podemos esperar
de la incidencia de la crisis económica en la
vida familiar o de los cambios familiares en la
crisis económica en España? De un lado,
teniendo en cuenta la actual situación econó-
mica, el elevado déficit público y la creciente
presión sobre los presupuestos del Estado, no
creo que podamos esperar en el corto plazo un
aumento sustancial de los recursos destina-
dos al apoyo directo a las familias. De otro, si
pensamos en las características de la socie-
dad española que se han puesto de manifies-
to en este trabajo, es más que probable que
las relaciones familiares se activen como un
recurso indispensable para protegerse contra
la adversidad económica. Esto es lo que cabe
esperar, precisamente, de un régimen de
bienestar familista como el nuestro.
El efecto de esta probable activación de las
redes de solidaridad familiar será atenuar la
inestabilidad familiar y ralentizar el creci-
miento de las formas no convencionales de
convivencia. Aunque es difícil sustentar
empíricamente la anterior previsión en el
caso de las formas familiares (su ritmo de
cambio es lento y la disponibilidad de datos es
limitada), es claro que, por razones de econo-
mías de escala y dado su tamaño reducido,
estas nuevas estructuras de convivencia
requieren una mayor disponibilidad de recur-
sos económicos para mantenerse: por ello no
es esperable que en una situación de contrac-
ción económica como la actual puedan exten-
derse fácilmente. En cuanto a la inestabili-
dad familiar, sí disponemos de un buen indi-
cio en el caso de las rupturas matrimoniales:
en 2007, tras una serie de quince años de cre-
MIGUEL REQUENA Y DÍEZ DE REVENGA
65
REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
GRÁFICO 13. GASTO PÚBLICO EN LA FUNCIÓN FAMILIAS COMO
PORCENTAJE DEL PIB
Fuente: Instituto Nacional de Estadística
SUMARIO
MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
cimiento continuo, el número de rupturas
matrimoniales en España decreció un 9% res-
pecto al año 2006.
Nuestras propias características familis-
tas nos ofrecen así unas ciertas garantías
contra la crisis económica que, a su vez, es
probable que reduzcan los niveles de inesta-
bilidad familiar al activar las redes solidarias
centradas en las familias. La perspectiva no
es tan optimista, en cambio, sobre el futuro
del equilibrio de la baja fecundidad. Según se
argumenta (Esping-Andersen 2000), es el
propio familismo de la sociedad española el
que nos tiene encerrados en la trampa de la
baja fecundidad. En la medida en que hay
serias dificultades para conciliar la vida
familiar y laboral (que se suelen imputar al
subdesarrollo de las políticas públicas amis-
tosas con las madres) y a que la distribución
de las cargas domésticas está muy sesgada
hacia las mujeres, a esas mujeres que tienen
una dotación muy alta de capital humano no
les interesa invertir en la vida familiar, aun-
que sólo sea por el coste de oportunidad de
dedicarse a la familia ante las oportunidades
que ofrece el desempeño y la actividad profe-
sional. Si esto es así, lo que se puede esperar
es que en el futuro previsible la familia no
cumpla —o no cumpla en la medida debida—
una de sus funciones básicas: la reproduc-
ción. Un periodo prolongado de bajas tasas de
fecundidad someterá a presiones muy seve-
ras a nuestro sistema de bienestar, en el sen-
tido de que producirá una estructura de eda-
des muy desequilibrada y envejecida, así
como unas tasas de dependencia económica
entre las generaciones muy elevadas (Reher
2008, Magnus 2009).
El argumento sobre los efectos indeseados
del familismo es persuasivo, aunque segura-
mente no capta toda la complejidad del proce-
so implicado. Al menos en un país como Espa-
ña, una serie de factores que han sido tanto o
más determinantes que el propio familismo
nos han empujado hacia la trampa de la baja
fecundidad. Se trata, además, de factores no
fácilmente abordables con medidas políticas
simples y no fácilmente cambiables en el cor-
to plazo. Entre ellos hay dos fundamentales.
En primer lugar, un mercado de trabajo que
privilegia a determinados segmentos de edad
que tienen trabajos protegidos y penaliza a
los trabajadores jóvenes con poca experien-
cia, contratos temporales e inestabilidad. En
segundo lugar, un mercado de la vivienda que
ha sido extraordinariamente hostil para la
formación de nuevas unidades familiares en
nuestro país, incluso antes de alcanzar los
niveles de la burbuja inmobiliaria12. Luego
hay también otros factores difíciles de abor-
dar como la estructura de nuestro sistema
productivo: con una oferta de trabajos a tiem-
po parcial muy reducida, ofrece pocas alter-
nativas a las madres que quieren compagi-
nar, de una manera más o menos razonable,
el trabajo fuera del hogar con el trabajo de la
reproducción y la crianza de hijos.
En suma, si el equilibrio de la baja fecun-
didad es, como nos advierten los demógrafos,
una amenaza muy seria para el futuro de
nuestro sistema de bienestar, los responsa-
bles de las políticas públicas deberán emple-
arse a fondo para alterar la estructura de
incentivos de toda índole que hoy presiona
para mantener deprimida la fecundidad.
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I. BLOQUE
66 REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
12 Es cierto que los bajos tipos de interés han supues-
to una cierta relajación de las condiciones de acceso a la
vivienda, pero en general el mercado de la vivienda ha
sido extraordinariamente hostil para la formación de
nuevas unidades familiares. La exigua oferta de casas en
alquiler, característicamente española, es otro de los fac-
tores adversos.
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MIGUEL REQUENA Y DÍEZ DE REVENGA
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REVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN
SUMARIO