De «atentado terrorista» a «guerra preventiva»

Autor:Roberto Bergalli/Iñaki Rivera Beiras
Páginas:194-206
 
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El papel de los medios de comunicación de masas en la creación de una respuesta al 11-S y al 11-M

11 de septiembre de 2001: dos torres-símbolo de 119 pisos son destruidas en el mayor atentado terrorista de la Historia, en el que mueren 2.801 personas. Del mismo modo que con la caída del muro de Berlín, el planeta deja de ser el que era. Pero, ¿cuáles son sus rasgos actuales? ¿Cuál es el papel de los medios de comunicación en este proceso de cambio?

La neutralidad ya no es una opción.

1Tal vez, una de las figuras que mejor define algunos de los cambios de mentalidad que supusieron los atentados terroristas del 11-S es Andrew Sullivan, antiguo editor de The New Republic y colaborador como analista de política norteamericana en The Sunday Times de Londres. En su opinión, a partir de ahora «toda una generación crecerá teniendo esto como su experiencia más formativa; una generación joven que sabe que hay un bien y un mal, y que la neutralidad ya no es una opción».2Y para la socialización de esta nueva generación los medios tienen un papel protagonista, especialmente desde que las democracias occidentales renuncian a la participación ciudadana a favor de mecanismos de representación política.3

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En el campo político y jurídico, esta pérdida de neutralidad tiene unas consecuencias muy importantes. Los hechos del 11-S (los ataques sobre el World Trade Center y el Pentágono) han creado un enemigo del Imperio, en la terminología adoptada por Michael Hardt y Toni Negri. Según sus tesis, «el imperio no nace por las partes implicadas en un conflicto ya existente, el imperio es convocado a nacer y se constituye sobre la base de su capacidad para resolver conflictos».4Esa «resolución», como veremos, es muy problemática.

Los medios tienen un papel generador de significado: reinventan o representan los fenómenos sociales. No es una casualidad que se considere al político francés Jacques Necker el artífice de la popularización de la expresión opinión pública: nombrado en 1777 director de Finanzas, relacionó la situación financiera de la monarquía con la opinión de los acreedores.

La guerra de Cuba es uno de los ejemplos clásicos de ese poder.5En 1898 un periodista desplazado a Cuba del diario New York Journal, uno de los paladines del amarillismo, escribió a su redacción el siguiente mensaje: «No hay guerra aquí, pido que me llamen para que vuelva».

Su jefe era William Randolph Hearst, y le contestó con un mensaje que ha pasado a la Historia: «Quédese ahí. Suminístrenos los dibujos, yo le suministro la guerra». La explosión del Maine supuso el inicio de una campaña desde todos los diarios que controlaba Hearst con titulares como «¡Recuerden el Maine! ¡Al diablo con España!». Las ventas del New York Journal pasaron de 30.000 ejemplares a sobrepasar regularmente el millón. Presionado por la opinión pública, el presidente William McKinley decla-

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ró la guerra a España el 25 de abril de 1898 y rápidamente se hizo con el control de Cuba. La explosión del Maine se debió a un fallo en la sala de máquinas.

El estudioso norteamericano Paul F. Lazarsfeld aseguraba ya en 1948 que «en nuestra sociedad, la ampliación del debate político mucho más allá de los límites del contacto cara a cara es posibilitada por la existencia de los mass-media. Diarios, revistas, radio y ahora televisión son esenciales para el proceso de «dar sentido a la reunión» cuando tal reunión abarca a más de cincuenta millones de participantes.6Así, el 11-S, Perejil e Irak fueron los temas que más preocuparon a los españoles en el año 2003, según el informe INCIPE (Instituto de Cuestiones Inter-nacionales y Política Exterior).7En opinión de Sábada y Laporte, estudiosas de la Universidad de Navarra, «los medios de comunicación, en cuanto que configuradores de espacio público, tienen una importante función en la definición de fenómenos sociales, sobre todo si son emergentes».8Hay incluso quien se refiere al periódico directamente «como actor político».9Siguiendo con las definiciones, el terrorismo es, según el Diccionario de la Real Academia, una sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror. Para algunos estudiosos, se trata de un fenómeno eminentemente mediático: es una forma de violencia que se produce con el propósito de convertirse en noticia, asegura Clutterbuck. La guerra, por el contrario, es la «lucha armada entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación».

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Y es que la diferencia entre guerra y terrorismo, más allá de lo meramente conceptual, supone una serie de consecuencias vitales en el orden internacional que no pretendo analizar. En esta comunicación me centro más en los recursos retóricos para lograr un cambio conceptual en la ciudadanía (en la llamada retaguardia, en las ciudades alejadas del frente pero afectadas en su propia naturaleza) que implica un nuevo equilibrio entre seguridad y libertad. Y ese equilibrio debe jugar, entre otros, con los datos de un estudio realizado en septiembre de 2002 por Gallup con motivo del primer aniversario de los ataques terroristas del 11-S: «España es el país que más cercana siente la amenaza del terrorismo, con un 62 % de los encuestados que manifiestan su temor a un atentado en territorio nacional en las próximas semanas.10Esta cifra es incluso superior a la de Estados Unidos, donde un 61 % de sus ciudadanos perciben dicha amenaza en su país».

Este nuevo esquema ideológico está convencido (más allá de las palabras de Clausewitz de que «la guerra nunca es una causa, siempre es la continuación de la política por otros medios») que la guerra no es ya el último recur-so. Tras el 11-S debe ser entendida como un elemento de autoafirmación democrática.

No es casual que el discurso de investidura del segundo mandato de Bush haya estado marcado por la palabra libertad (que repitió en 42 ocasiones en 20 minutos escasos de discurso; por ejemplo: «América, en este joven siglo, proclama la libertad para todo el mundo y todos sus habitantes»). La opinión pública española era contraria a esta tesis: según datos de un estudio realizado en septiembre de 2002 por Gallup, España (junto con Canadá) es el país que menos considera que el mundo musulmán

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esté en guerra contra el cristiano.11De todas maneras, según el mismo informe, más de la mitad de los españoles (51 %) está conforme con la política de George W. Bush frente al terrorismo (sólo el 29 % la desaprueba). El presidente estadounidense contaba en septiembre de 2002 con el respaldo del 76 % de sus ciudadanos.

La revista Time editorializaba el hecho con el titular: Bush’s «Freedom Speech», y señalaba que Bush says he identified the enemy half-dozen times in his speech; says archenemy of freedom, now as ever, is tyranny. Por su parte, la CBS aseguró, desde una óptica positiva para el presidente estadounidense, que Bush Turns To Ambitious Agenda, y destacaba la siguiente frase del...

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