La Asociación Euro-Mediterránea en peligro

Autor:Jesús A. Núñez Villaverde
Cargo:Director del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid)
Páginas:63-74
RESUMEN

Desde la perspectiva de la Unión Europea, el pobre balance de la Asociación Euro-Mediterránea (AEM) muestra la necesidad de reformular sus relaciones con sus vecinos de la región. La creciente brecha en términos políticos, económicos y de seguridad es cada vez más seria. A partir de esa constatación, y a pesar de un discurso oficial aparentemente optimista, Bruselas trata de lanzar una nueva política, la Política de Nueva Vecindad, en un intento por replantear su aproximación a un área tan subdesarrollada y tan inestable. La opción, en... (ver resumen completo)

 
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Los esfuerzos de los portavoces de la Unión Europea (UE) por seguir proclamando que la Asociación Euro-Mediterránea (AEM) goza de buena salud y que se avanza a paso sostenido en la consecución de sus objetivos, chocan de forma cada vez más evidente con el discurso pesimista y crítico de los doce socios mediterráneos1 implicados muy directamente esta aventura iniciada en 1995 y, sobre todo, con una realidad que se empeña en mostrar perfiles escasamente esperanzadores. Cuando aún queda al menos hasta 2010 para poder efectuar un balance con cierta consistencia, que determine si la Asociación es realmente el instrumento adecuado para cumplir los ambiciosos objetivos trazados en Barcelona en noviembre de 1995, ya asoman por el horizonte Page 65 planteamientos y señales que indican la posibilidad cierta de que el proceso sea desmantelado mucho antes de esa fecha. Esta idea —que podría calificarse de alarmista y que pondría nuevamente en cuestión la voluntad política de la Unión Europea para mantener el rumbo de sus propias propuestas, sin dejarse llevar por el desánimo y por la necesidad de cumplir las exigencias de una moda que parece obligar cada cierto tiempo a cambiar esquemas, nombres y planteamientos— nace tanto de las dinámicas que se perciben en el interior de la Unión como por las derivas de factores externos muy poderosos.

Dinámicas internas de insuficiencia y reemplazo

En el primer caso, la propia UE apenas puede ocultar su desolación ante la parálisis general que muestra la Asociación. Al mismo tiempo, se afana por atraer la atención sobre su recién nacida Política de Nueva Vecindad2, como si el Proceso de Barcelona ya tuviera las horas contadas. Es notorio que en sus ya más de ocho años de existencia no haya logrado una mejora sustancial, ni en términos de estabilidad regional ni en lo que afecta a los niveles de desarrollo social, político y económico de los países mediterráneos no comunitarios. En esa línea, la UE parece ahora empeñada en insistir en una vía ya transitada en el pasado, que le lleva a desacreditar sus propias iniciativas, con el lanzamiento de otras nuevas, no siempre justificadas. Algo similar ocurrió ya en 1992, cuando de manera prácticamente simultánea se ponía en marcha la Política Mediterránea Renovada (aprobada en 1990, pero no operativa hasta ese año) y se lanzaba en el Consejo Europeo de Lisboa (junio de 1992) la iniciativa de una asociación euro-magrebí, que fue el germen de la actual AEM. Por una parte, se transmitía una pésima señal sobre la capacidad de Bruselas para diseñar propuestas sólidas, a la altura de los retos que plantea una región conflictiva y escasamente desarrollada. Por otra, la diversidad de posturas e intereses entre los países miembros, así como su histórica debilidad en el frente exterior, se concretaba en una multiplicidad de propuestas desconectadas y disgregadoras (Grupo 5+5, Conferencia ministerial del Diálogo Euro-Árabe, Foro Mediterráneo, Conferencia de Seguridad Page 66 y Cooperación en el Mediterráneo), con el denominador común de la falta de convicción sobre sus verdaderas posibilidades.

Ahora, cuando las tendencias pesimistas parecen imponerse —tanto por lo que respecta al brutal deterioro del conflicto palestino-israelí, como al incremento de las brechas que separan a ambas orillas del Mediterráneo en el terreno económico, social o político— asistimos a un intento más, por parte de la maquinaria comunitaria, para abrir un nuevo episodio en las relaciones entre la UE y sus vecinos mediterráneos. En teoría, y de momento no es posible ir más allá, la Política de Nueva Vecindad aspira a ampliar el número de países a los que tradicionalmente se ha dirigido Bruselas, ya no sólo contemplando la inclusión de Libia —objetivo ya planteado por otra parte en la AEM, en cuyo marco figura actualmente con el estatuto de país observador—, sino integrando también a Oriente Medio. Pero más allá de la fachada de una iniciativa de la que se desconocen todavía muchos de sus detalles, emerge la sensación de que, en esencia, se definen objetivos ya sobradamente repetidos en el pasado (sean éstos establecidos en términos de estabilidad y desarrollo, o en los más “modernos” de la creación de un espacio de paz y prosperidad compartidos).

Cuando se repasa la estructura de la Asociación Euro-Mediterránea, en sus tres capítulos básicos de cooperación3, se extrae la conclusión de que los, ahora, Veinticinco disponen de un esquema global suficientemente rico en potencialidades y diverso en cuanto a los instrumentos a utilizar para alcanzar las metas propuestas. En el capítulo de cooperación política y de seguridad se contempla como objetivo inmediato, ya desde Malta (1997), la aprobación de una Carta de Paz y Estabilidad en el Mediterráneo, que recoge principios fundamentales para lograr la consolidación de un clima de confianza mutua entre todos los socios. Se pretende así, en primera instancia, modificar las graves tendencias que apuntan a la confrontación regional. En el sentido Norte-Sur, salvo la creciente preocupación por el terrorismo internacional que se manifiesta de manera cada vez más evidente, no se percibe ninguna amenaza a corto plazo alimentada directamente por ningún gobierno de la zona. En ese ámbito, por lo tanto, la Carta serviría fundamentalmente para consolidar el acuerdo sobre principios básicos que faciliten el diálogo permanente y a todos los niveles, imprescindible para eliminar suspicacias y para evitar el estallido de cualquier posible crisis de seguridad. En el sentido Sur-Sur es donde, por el contrario, más urgentemente se precisa instaurar este tipo de mecanismo, tanto para solucionar problemas de rivalidad vecinal (baste como ejemplo recordar Page 67 que las fronteras entre Argelia y Marruecos siguen cerradas desde hace ya diez años), como para romper la dinámica de desencuentros que caracteriza a Oriente Próximo, empantanado desde hace décadas en el conflicto árabe-israelí.

Sólo a partir de la aprobación de dicha Carta, entendiéndola únicamente como el primer paso de un largo proceso, se podría posteriormente tratar de alcanzar otros objetivos, aún más ambiciosos, como poner en marcha un proceso que pueda conducir a acuerdos de control de armas y de desarme en la, por otro lado, región más militarizada del planeta. Como es bien sabido, si hasta ahora no se ha logrado ni siquiera alcanzar la firma de la citada Carta no es por falta de capacidad analítica de sus...

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