Artículos 615 y 616

Autor:Manuel Albaladejo, A. Fernando Pantaleón
RESUMEN

I. Objeto del hallazgo: 1. Objeto del hallazgo son las cosas muebles perdidas. 2. Las cosas carentes de dueño (sin dueño o de dueño inhallable) no son objeto del hallazgo, aunque parezcan cosas perdidas y por perdidas las tenga quien las encuentra. 3. Las cosas poseídas no son objeto del hallazgo, aunque parezcan cosas perdidas y por perdidas las tenga quien las encuentra. 4. Breve disgresión... (ver resumen completo)

 
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  1. OBJETO DEL HALLAZGO

    1. Objeto del hallazgo son las cosas muebles perdidas

      Son, a mi juicio, objeto del hallazgo las cosas muebles perdidas: las cosas muebles no carentes de dueño (tienen un dueño hallable; ello las distingue de las cosas objeto de la ocupación y de los tesoros) que se encuentran, ocultas o no, vacantes de posesión (nadie las tiene «bajo su poder»; ello las distingue de las cosas poseídas).

      Debe advertirse de inmediato que entre las cosas muebles que pueden ser objeto del hallazgo se incluyen también los animales. No, por supuesto, los animales salvajes no domesticados que, o se encuentran bajo el poder de alguien (encerrados o, aun escapados, si perseguidos sin tardanza mientras la persecución no se revele infructuosa) y son entonces cosas poseídas, o no se encuentran bajo el poder de nadie y son entonces cosas carentes de dueño. Pero sí, obviamente, los animales domésticos escapados o perdidos (l) y los domesticados, siempre que se encuentren realmente vacantes de posesión: se han extraviado en circunstancias (lejanía, desorientación) que les impiden ejercitar su consuetudo revertendi. Indudablemente el artículo 615 del Código civil no es aplicable a los animales que, habiendo sido domesticados, han perdido su condición de tales (han pasado a ser animales salvajes). Pero, si la conservan, no es argumento alguno en contra de la aplicabilidad a los mismos del régimen del hallazgo lo dispuesto en el artículo 612, 3.°, del Código civil. Este precepto en modo alguno autoriza a quien encuentra un animal domesticado a ocuparlo o retenerlo. Quien encuentra un animal domesticado poseído suelto, debe dejarlo donde está e incurrirá en delito de hurto si se lo apropia dolosamente; quien encuentra un animal domesticado perdido y lo recoge, debe actuar como dispone el artículo 615, 1.°, e incurrirá en delito de apropiación indebida de cosa perdida si se lo apropia dolosamente. El artículo 612, 3.° -como hemos explicado en su momento- contempla únicamente la hipótesis en que alguien «ocupa» un animal domesticado creyéndolo salvaje (incumpliendo involuntariamente, si poseído suelto, la obligación que indudablemente tenía de dejarlo donde estaba) y lo retiene en concepto de dueño (incumpliendo involuntariamente la obligación que indudablemente tiene de restituirlo o de consignarlo, si perdido, en poder del Alcalde) durante el tiempo que el legislador ha considerado bastante para entender que el animal ha perdido ya («forzadamente») su anterior cansuetudo revertendi y para poder considerar ineficaz, por retrasada, cualquier ulterior «persecución» del hasta entonces dueño del mismo: adquiriendo ahora su propiedad por ocupación quien lo retiene en concepto de dueño y extinguiéndose, obviamente, su obligación de restituirlo o consignarlo (2).

      Para evitar cualquier confusión a la que pueda inducir la expresión «cosa perdida», téngase muy presente que carece de importancia a estos efectos el motivo por el que la cosa mueble ha llegado a estar vacante de posesión. Puede ello haber ocurrido contra la voluntad de quien la venía poseyendo (por ejemplo, Luis perdió su pitillera de oro mientras paseaba por el campo). Pero también porque su último poseedor la haya abandonado voluntariamente (art. 460, 1.°, del Código civil), siempre que dicho abandono no conlleve la extinción de la propiedad sobre la cosa. Es sin duda objeto del hallazgo el botín que un ladrón tira (también, claro está, si lo pierde) en su huida, o el automóvil robado y luego abandonado por quien lo robó. También la cosa abandonada por su poseedor inmediato (usufructuario, depositario, etc.) o por el servidor de la posesión sin conocimiento o consentimiento del propietario. También, en fin, la cosa abandonada por su dueño con intención de derelinquirla, siempre que la derelicción (por falta de la necesaria capacidad, por error, etc.) haya de considerarse ineficaz (3).

      Es claro, a mi juicio, que una cosa mueble deviene vacante de posesión cuando no se encuentra ya bajo el señorío de hecho de nadie. Por más que se haya sostenido muy autorizadamente entre nosotros que la pérdida de una cosa no supone la de su posesión: «Esta continúa con carácter incorporal hasta que otro ocupe el objeto para sí y lo tenga por más de un año (artículos 460, 4.°, y 1.944 del Código civil). E incluso transcurrido el año, si el ocupante lo tomó con intención de devolverlo a quien lo perdió, caso en el que el corpus se mantendría a través de la mediación del ocupante» (4). Y por más que los partidarios de esta línea de pensamiento dejen claro que ello no obsta a la aplicación a las cosas perdidas de la regulación del hallazgo (que también se aplicaría así, de seguirse esta opinión, a cosas poseídas solo animo): no existe, pues, discrepancia de fondo respecto de las materias propias de este comentario (5).

      Es verdad que el artículo 460 de nuestro Código civil no parece contemplar expresamente la pérdida del mero corpus possessionis como causa general de pérdida de la posesión. Que de los apartados 3.° y 4.° de dicho precepto parece deducirse que la posesión sólo se pierde involuntariamente cuando la cosa se destruye, o se pierde totalmente (¿es ya absolutamente «inaccesible»?) o queda fuera del comercio, o cuando otro la posee contra la voluntad de su antiguo poseedor durante más de un año. Y que el artículo 461 deja claro que la posesión de la cosa mueble se conserva aunque se ignore accidentalmente su paradero.

      Pero es precisamente de este último precepto del que cabe extraer, a mi juicio, el argumento fundamental en contra de una tan amplísima admisión de la conservación solo animo de la posesión. Porque nos dice: «La posesión de la cosa mueble no se entiende perdida mientras se halle bajo el poder del poseedor, aunque éste ignore accidentalmente su paradero.» Creo que no hay razón suficiente que obligue a considerar que el artículo 460 nos ofrece una lista exhaustiva de las causas de pérdida de la posesión. Se pierde, en mi criterio, la posesión de la cosa mueble cuando ésta deja de estar «bajo el poder del poseedor» (sin perjuicio de que el poseedor despojado -¡pero no el poseedor que perdió la cosa!- conserve durante un año el ius possessionis, fundamento de su interdicto recuperatorio) (6). Creo que también es cierto para nuestro Derecho lo que para el alemán prescribe el § 856, 1.°, B. G. B.: «La posesión finaliza cuando el poseedor abandona o pierde de otra forma el señorío de hecho sobre la cosa.» (Añadiendo el párrafo segundo, paralelo a nuestro artículo 461, que: «La posesión no finaliza a causa de un obstáculo, transitorio según su naturaleza, en el ejercicio del señorío».)

      Y sostengo por todo ello que la regulación del hallazgo sólo es aplicable a las cosas muebles (con dueño hallable) no poseídas. Y que el artículo 615, 1.°, del Código civil se expresa a este respecto con gran precisión cuando habla de restituir la cosa mueble encontrada «a su anterior poseedor» (7). Sin perjuicio, naturalmente, de que, restituida la cosa perdida a su anterior poseedor (bien por el hallador honesto, bien por el Alcalde), haya de entenderse -por una ficción de Derecho apoyada en evidentes razones de utilidad práctica- que aquél la ha venido poseyendo ininterrumpidamente para todos los efectos que puedan redundar en su beneficio (cfr. art. 466 del Código civil) (8).

      Pero establecida la distinción fundamental entre cosas perdidas (objeto del hallazgo) y cosas poseídas, debe advertirse de inmediato que la frontera entre ambas categorías de cosas muebles no carentes de dueño dista de ser nítida. Como lo prueba la enconada polémica doctrinal al respecto, existen supuestos-límite extraordinariamente difíciles de resolver. Yo me limitaré a trazar en lo que sigue, y desde luego con enormes dudas, las que estimo han de ser las líneas generales de solución; las líneas que, a mi juicio, deben servir de pauta a los Tribunales en una materia como ésta en la que, obviamente, su ámbito de discrecionalidad es muy elevado.

      1. Es preciso dejar claro, en primer lugar, que también son cosas poseídas (y no cosas perdidas objeto del hallazgo) las que se encuentran bajo el poder de una persona que no tiene derecho alguno a poseerlas. No son cosas perdidas las que integran el botín que el ladrón tiene en su guarida, o ha enterrado en un bosque con el fin de asegurarse su disfrute en mejor ocasión (aunque, claro está, pueden llegar a serlo por circunstancias posteriores, si el ladrón olvida por completo -no sólo transitoriamente: artículo 461- el lugar donde las ocultó, o muere sin revelar a nadie el escondrijo). Quien observó al ladrón enterrar lo robado desde unos matorrales y se apresuró luego a desenterrarlo y recogerlo, no es «hallador» en el sentido de los artículos 615 y 616 del Código civil, sino un verdadero «despojante» (9). Ni tendrá el derecho de premio ex artículo 616 si, directamente o mediante la consignación y publicación de los objetos, logra restituírselos a su legítimo dueño (aunque podrá, desde luego, ser considerado gestor de negocios ajenos sin mandato ex artículo 1.893, 2.°, del Código civil, y podrá hacerse acreedor, en su caso, de la recompensa públicamente prometida por el propietario). Ni adquirirá el dominio de los mismos ex artículo 615, 4.°(10).

      2. En ocasiones, la persona que ha recibido la posesión de una cosa mueble por razón de un contrato que conlleva la custodia de la misma (depósito, transporte, etc.) puede llegar a encontrarse en una situación semejante a quien encuentra y recoge una cosa perdida de dueño desconocido: cuando el legitimado para recibir la cosa depositada, transportada, etc., no se presenta a reclamarla. Obvio me parece, sin embargo, que la normativa del hallazgo es absolutamente inaplicable a estos supuestos. A falta de regulación específica (que existe en materia de cosas transportadas no reclamadas, depositadas, en Aduanas, etc.), se aplicarán los preceptos generales y, en concreto, los artículos 1.176 y siguientes del Código civil (11).

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