Aporte psicológico para la construcción de una teoría sobre la «cultura arbitral»

Autor:Lluís Muñoz Sabaté
Cargo del Autor:Abogado. Profesor Titular de Derecho Procesal Universidad de Barcelona
Páginas:549-554
 
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Aunque no sean demasiados, o sean afortunadamente unos pocos, no quiero que se me escape el estudio de la etiología de determinadas actitudes de rechazo al arbitraje por parte de algunos operadores del campo del derecho. Tal vez así pueda contribuir a fijar con mayor claridad un concepto hasta el presente un tanto difuso cual es el de la llamada cultura arbitral. Frecuentemente el descubrimiento de ciertas psicopatologías contribuye a estructurar la psicología de los sanos.

Ahora que estamos por vez primera inmersos, como nunca se había visto, en un amplísimo y reiterado debate sobre el arbitraje debido en parte a los aires liberalizantes de la nueva Ley de 26 de diciembre de 2003, se observará que en muchos de los medios donde se publica la opinión o noticia acerca de este texto legislativo, no es raro que aparezca, al margen de la exégesis jurídica, una referencia a la llamada falta de cultura arbitral. Se trata, sin embargo, de una referencia que a juzgar por la escasa atención que a continuación se le presta, más bien parece convertirse en una mera cláusula de estilo dentro del discurso. Se habla de cultura, al modo como se hace hoy día, como un remarque de las actitudes sociales en torno a un determinado fenómeno. Obviamente existe un sustrato cognitivo más o menos desarrollado y al alcance de todo profesional del derecho, pero lo que realmente define esta forma de expresión de la cultura arbitral es el grado de disposición que se le presta, las respuestas que provoca y los motivos por los cuales precisamente no existe, según se dice, esa cultura.

Hemos de convenir que hasta hace muy pocos años, en España el uso del arbitraje como alternativa al proceso judicial ocupaba un lugar muy secundario en la mente de los operadores jurídicos, como no sólo demuestra su insignificante aporte literario a la producción científica en casi la totalidad del siglo XX, sino también la no menos insignificante estadística de casos registrados. Sólo el arbitraje internacional se libraba del polvo macilento que sepulta las instituciones jurídicas en el olvido, pero dado que nuestro país vivió casi medio siglo de autarquía y cerca de un siglo entero de marginación en los grandes tráficos del comercio internacional, las experiencias adquiridas fueron más bien escasas para obtener un espacio en la memoria que permitiera su traspolación al ámbito doméstico. Si en el arbitraje internacional estaba claro que no cabían puntos de comparación con los tribunales estatales, entre

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otras cosas porque casi nadie quería probarlos, en el arbitraje interno o doméstico, que era el único que prácticamente podía donársenos en aquellos años, no menos clara parecía estar la idea de que la jurisdicción de los jueces por tener su fuente en el pueblo o en la divinidad y venir avalada por una tradición secular sin competidores importantes, se hallaba, por más vituperada que fuere, hondamente íncrustrada en el inconsciente colectivo, ya no de los ciudadanos sino de los propios abogados. No había en los estratos mentales de estos últimos, que tan imprescindibles resultaban para decidir la opción a asumir por sus clientes ningún retículo neural destinado al arbitraje. Y no se diga que nuestro ordenamiento, incluso el que desde 1953 quiso darle un «impulso» con tan escaso éxito, era el causante de esa indiferencia u olvido, porque, éste es al menos mi parecer, la Ley de 1953 pasó desapercibida no exactamente porque era una mala ley sino porque además sus receptores poseían una conciencia (ahora se llama cultura) arbitral tan enflaquecida como la que continuaron teniendo cuando dicha ley fue sustituida, en plena democracia, por la de 1988 y se llegó a pensar que todo el monte era orégano.

He hablado de los abogados y me duele hablar de ellos porque yo también he dedicado toda mi vida a la abogacía. Pero por razones obvias no puedo referirme con...

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