Análisis de las premisas de la prognosis científica de la peligrosidad, según el estado actual de la (neuro)ciencia

Autor:Miquel Julià Pijoan
Páginas:45-110
 
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Miquel Julià Pijoan
Análisis de las premisas de la prognosis científica...
CAPÍTULO 2
ANÁLISIS DE LAS PREMISAS
DE LA PROGNOSIS CIENTÍFICA
DE LA PELIGROSIDAD, SEGÚN EL ESTADO
ACTUAL DE LA (NEURO)CIENCIA
1. LA SINGULARIDAD HUMANA, UN PARTICULAR
QUE DIFICULTA LA PREDICCIÓN
Como hemos visto en la introducción, la prueba neurocientífica en su
vertiente de predicción de la peligrosidad se basa en la identificación de
una serie de biomarcadores: unos genes determinados, una concreta acti-
vación neuronal o una morfología cerebral (principalmente ubicados en la
corteza prefrontal y de la amígdala). La mera presencia de tales extremos
en una persona determinará su naturaleza peligrosa, estrechamente ligada
a la reiteración delictiva; de ahí que se denomine, también, prognosis de la
reincidencia. En otras palabras, el examen individual de estos parámetros
nos informará de lo que la persona es y, por ende, será. Nos anticipan los
cursos de acción que el sujeto desarrollará.
Lo anterior, ¿no evoca a una reformulación de lo manifestado en el capí-
tulo precedente? De la palpación del cráneo pasamos a una tara cerebral, que
acabó reconduciéndose en el córtex prefrontal y amígdala con la psicociru-
gía. Pues bien, volvemos a estar ahí. Nuevas técnicas, anacrónicos plantea-
mientos. La receta del criminal continúa en plena vigencia. La constatación
de esta reiteración obstinada hace indispensable incorporar unos capítulos
científicos que nos permitan tener un mínimo bagaje, a aquellos que no po-
seemos una formación académica científica. Por ello esta aproximación ne-
cesariamente estará simplificada, mas no perderá rigurosidad.
Creemos que la mejor manera de examinar la hipótesis sobre la que pi-
vota el presente trabajo es, primeramente, estudiando sus premisas: ¿cuál
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MIQUEL JULIÀ PIJOAN PROCESO PENAL Y (NEURO)CIENCIA
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es el sustrato sobre el que se edifica esa posibilidad? Cuatro presupuestos se
deben dar por válidos: i) la criminalidad es una condición (neuro)biológica;
ii) conocer perfectamente el funcionamiento y estructura del cerebro, averi-
guando cómo se alcanza dicha sapiencia: ¿no somos más que una masa de
información?; iii) que el ser humano siga exclusivamente el mandato de leyes
biológicas inmodificables, cuyo acometimiento tiene lugar en el cerebro: ¿es
la neuroquímica la que nos conduce a desplegar determinadas conductas?,
y iv) la homogeneidad de todos los habitantes del mundo, esto es, que po-
seamos una arquitectura cerebral idéntica, lo que deviene imprescindible
para comparar.
Examinar estas cuatro premisas será el norte de este capítulo. Debemos
cerciorarnos de si estamos en un terreno sólido, consistente, o por el con-
trario, en arenas movedizas con el riesgo de colapso que ello implica. Sin la
concurrencia de estas condiciones es imposible realizar cualquier suerte de
predicción. Si los seres humanos no fuésemos meros autómatas biológicos,
sino que interactuáramos con el entorno, se haría evidente la maleabilidad
de la persona. Tal extremo volatizaría cualquier regla que, por definición,
debe ser universal. Y qué decir si los seres humanos tuviéramos arquitectu-
ras cerebrales distintas y reaccionáramos de forma diferente ante un estímu-
lo idéntico; sería un desastre (únicamente para los ideólogos de la prueba
neurocientífica, claro está). De ahí que devenga imprescindible someter a
escrutinio las anteriores premisas.
A) Nuestra libertad es la libertad del laberinto 1
Antes de comenzar a esbozar el estado actual de la neurociencia, es ne-
cesario exponer un apunte antropológico, sin el cual es imposible interpre-
tar correctamente toda la información que nos proporciona esta disciplina.
Como hemos visto, hay una interpretación etiológica de la criminalidad muy
vinculada a la naturaleza humana. Muy probablemente, es herencia de la
identidad entre religión (moral) y Derecho que perduró hasta el advenimien-
to de las ideas liberales y, ello, a su vez, podría ser tributario del pensamiento
mágico 2 de nuestros antepasados más remotos. Pero ¿la visión de la crimina-
lidad como característica del ser humano (paralelismo con la idea de peca-
dor) es sostenible? ¿El ser humano es delincuente u obra antijurídicamente?
¿El ser humano tiene un fin, un propósito al que dar cumplimiento?
Estas interrogaciones nos evocan al matemático y físico holandés Nico-
laas
HARTSOEKER
que, en 1694, dibujó un homúnculo en un espermatozoide 3,
expresión plástica del preformismo. Este último interpelaba a la idea de que
1 «La nostra llibertat és la llibertat del labertint». Vid.
PALAU I
F
ABRE
, Josep, Poemes de l’Alquimista.
Obra Literària Completa, vol. I, Barcelona, 2005.
2 La creencia de que todos los fenómenos, acontecimientos que tienen lugar en nuestro
entorno, proceden de unas energías, fuerzas; que todo tiene un porqué y, en su origen, este era
sobrenatural.
3 C
HARNEY
, Evan, «Genes, Behavior, and Behavior Genetics», Wiley Interdisciplinary Reviews:
Cognitive Science, vol. 8, núm.1-2, 2017, p. e1405.
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el ser humano ya está preformado, prediseñado, en el momento de la con-
cepción. El devenir de la vida únicamente es el desarrollo de un proceso fijo,
impermeable e inmodificable. Un desarrollo guiado por unas normas que
eliminan la incertidumbre y al descifrar estas normas, la naturaleza humana
queda desentrañada.
El objetivo de las investigaciones neurocientíficas dirigidas a encontrar la
receta del sujeto peligroso parte necesariamente de esta premisa. Se asume
la idea de desarrollo. En caso contrario, abogarían por la rehabilitación y no
lo hacen. Se integra el determinismo: el universo y con él, el ser humano, son
resultado de la regencia de una leyes y normas que debemos descifrar. Solo
así se puede realizar un pronóstico. La única manera de neutralizar la crimi-
nalidad es identificando y controlando los sujetos peligrosos: prevención es
predicción, dirán. Nos anticipamos a su conducta, porque sabemos cuál va a
ser antes de que esta se produzca.
Pues bien, una mirada histórica diluye claramente esa hipótesis. La na-
turaleza humana no está guiada por una estrella polar, en la que todos los
que la siguen son buenos y aquellos que se desvían de la misma son malos.
No existen unos conceptos preexistentes y objetivos que presiden nuestra ex-
periencia de vida. La naturaleza humana no es producto de una trayectoria
predefinida, estática, inamovible, más bien viene precedida por el resultado
de acontecimientos históricos que han producido una cascada de efectos 4.
Por ello, deberíamos dejar de analizar el sujeto como ente acabado y aislado.
Como dijo
DARWIN
, «natura non facit per saltum» 5. El ser humano es resulta-
do de los centenares de milenios que nos anteceden 6.
Luego, si el ser humano emerge de una multitud de sucesos accidenta-
les y fortuitos, ¿cómo se puede sostener que está predeterminado al mal, a
delinquir? ¿Cuál es el norte humano? ¿Existe? ¿Quién lo determina? Veá-
moslo por medio de algunos ejemplos que nos auxiliarán a esclarecer esta
cuestión. En primer lugar, nos preguntaremos sobre el porqué del lenguaje:
¿es un don? ¿Estamos predeterminados a utilizar el lenguaje por la me-
diación de una ley de la naturaleza? ¿El lenguaje emergió de esa ley o por
las circunstancias que vivieron nuestros antepasados? ¿Podría ser que los
humanos no estuvieran predeterminados a comunicarse a través del len-
guaje —articulación de sonidos—? ¿Es consecuencia de un acontecimien-
to fortuito?
Pues bien, una de las hipótesis más consistentes en la actualidad es la
siguiente: todo pudo haber empezado cuando una rama de primates dejó la
jungla tropical y se aventuró a vivir en la sabana, probablemente debido a
un cambio climático y sus consecuencias derivadas (por ejemplo, escasez de
alimentos). La adaptación a ese nuevo entorno conllevó la experimentación
de numerosos cambios, muchos de ellos ligados al bipedismo: ya no era ne-
4 W
ILSON
, Edward O.; El sentido de la existencia humana, Barcelona, 2016, p. 12.
5 B
LANCO
, Carlos, Historia de la neurociencia, Madrid, 2014, p. 18.
6 W
ILSON
, Edward O., El sentido de la existencia..., op. cit., p. 15.
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