Análisis del desastre de Enron

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Un diagnóstico en profundidad del desastre de Enron, cuando finalmente se conozcan todos los hechos, sería instructivo, no sólo para Estados Unidos, sino también para los políticos de la UE. No sólo porque Europa está inmersa en la liberalización del mercado de la energía sino, lo que es quizás más importante en este caso, porque la UE ha decidido adoptar reglas de contabilidad comunes para el año 2005, preparadas por el International Accounting Board, que tiene su sede en Londres. El desastre de Enron y el papel desempeñado en él por los auditores y contables ciertamente influirán sobre las nuevas reglas (nótese que, en Estados Unidos, las reglas las fija un organismo nacional, el US Financial Accounting Standards Board).

Un análisis en profundidad del asunto Enron tiene que moverse en varias direcciones. Enron fue el producto de la fusión, a mediados de los años ochenta, de una empresa distribuidora de gas de Houston (muy lejos del gigante que después sería Enron), llamada Houston Natural Gas, con Internorth, otra empresa con actividades similares. La dirección de Enron aprovechó la reestructuración de los mercados energéticos a que dio lugar la liberalización, y también las nuevas tecnologías (no tanto en el sector energético, sino más bien en el de la ingeniería financiera) para convertir a la empresa en un gigante, en un periodo de quince años. La lucrativa utilización de instrumentos financieros nuevos y cada vez más exóticos, en el contexto de la continua expansión y redefinición de los mercados financieros, ocurrida en esos años, creó las condiciones para la transformación de Enron desde una empresa de gas y gaseoductos, que impulsaba sus activos tangibles, en una empresa especializada en negociar instrumentos derivados, con especial énfasis en el marketing, el conocimiento, la capacidad de innovación, etc. Enron parecía la historia de un gran éxito: de cómo se podían aprovechar las oportunidades para romper moldes y transformar radicalmente una compañía. Ello era, en parte, el resultado de operar en el mercado de la gestión de riesgos, proporcionando seguridad contra resultados indeseables, no necesariamente relacionados con el negocio del suministro de energía.

El problema de las empresas de alta rentabilidad es que suelen ser empresas de alto riesgo: las cosas a veces van mal, y una empresa que corre altos riesgos no puede estar plenamente asegurada contra resultados negativos. Este es el segundo aspecto del asunto Enron, que nos lleva a considerar el papel de la regulación y la transparencia. Precisamente debido al alto riesgo que conlleva el tipo de actividades lucrativas cuasi-financieras, en las que se embarcó Enron, las empresas (por ejemplo, bancos) para las que estas transacciones constituyen el núcleo de su actividad están sometidas a regulación. Enron, por su parte, no lo estuvo. Como nunca se definió como un banco o un intermediario, no estuvo sometida a regulación, ni siquiera en aquellas áreas donde sus actividades se parecían mucho a las de los bancos o los intermediarios y donde estaba corriendo riesgos similares. Enron floreció en una especie de "agujero negro" reglamentario, hábilmente diseñado.

Enron evitó la regulación en buena parte de sus arriesgadas actividades. La transparencia, sin embargo, no se basa exclusivamente en la regulación: se supone que las empresas externas de auditoría y contabilidad deben controlar la exactitud de la información y de la imagen que la compañía presenta ante los inversores. Andersen fue la empresa que prestó este servicio en el caso de Enron. Su papel como depositario de la información/intermediario fue capital en este asunto. Estas empresas, sin embargo, deben obtener beneficios para sus accionistas, y hundir a un cliente tan importante como Enron puede no producir beneficios, especialmente porque los clientes generan ingresos considerables a los auditores a través de actividades de consultoría, además de sus contratos de auditoría.

Andersen certificó la fiabilidad del sistema contable de Enron; pero, al tiempo que actuaba como auditor, conseguía de la misma empresa contratos bien remunerados para trabajos de consultoría. Los documentos ocupados en Andersen, al estallar el escándalo, apuntan a que, en este caso, la auditoría es parte de un problema de confusión, en lugar de parte de una solución que refuerce la transparencia. Los incentivos para tapar el asunto, por parte de los intermediarios que podrían reducir la gran brecha de información entre quienes están dentro de la empresa y quienes están fuera, pueden ser enormes. Especialmente si el cliente (Enron en este caso) es importante, si el negocio que proporciona es mucho más que una auditoría y si parece que los "deslices" se pueden enmascarar o disimular de forma convincente. Esta última condición nos lleva al siguiente elemento del diagnóstico: tal enmascaramiento difícilmente soportaría el control de auditores experimentados. El problema es que el sector de auditoría/contabilidad ha evitado hasta ahora con éxito la intrusión de los reguladores y todavía está en gran medida auto-regulado.

Arthur Levitt, que cesó como presidente de la Securities and Exchange Commission (SEC) en 2001, trató repetidas veces de hacer más estrictos los reglamentos sobre auditorías, durante los años noventa, pero los auditores consiguieron frustrar estos esfuerzos. Entre tanto, la SEC encontró que una de las mayores empresas de auditoría era culpable de miles de transgresiones de las reglas en cuanto a la propiedad de acciones por los empleados, en los clientes auditados. Otros grandes auditores presentaron problemas análogos: en un caso, a principios de 2002, un auditor había auditado una empresa en la que él mismo había invertido.

El último elemento, que corresponde a la pregunta que está presente en la mente de todos, a medida que se repasa esta lista de fallos y comprobaciones y balances inadecuados, implica un aspecto legislativo. ¿Cómo ha podido permanecer Enron en este "agujero negro" reglamentario y cómo han podido actuar los auditores con tan escasa regulación externa? Habría que considerar el papel de los grupos de presión que financian las campañas electorales y las consecuencias de las prácticas que permiten las idas y venidas desde puestos importantes de la función pública a trabajos lucrativos en el sector privado.

Enron consiguió frustrar, en el Congreso, los esfuerzos para establecer una supervisión reguladora en los mercados energéticos. Igualmente, los esfuerzos de la SEC por hacer más estricta la regulación sobre los auditores, por eliminar la práctica de realizar auditorías y consultorías para los mismos clientes y por ampliar su responsabilidad legal fueron frustrados por las llamadas "Cinco grandes" empresas de auditoría, todas las cuales han sido contribuyentes importantes a las campañas electorales. Por ejemplo, Enron ejerció presión ante la US Federal Energy Regulatory Commission, en los años 90, para lograr que el comercio de derivados eléctricos quedara exento de la exigencia de presentar declaraciones. En relación con esto, el presidente de la Commodity Futures Trading Commission expresó su preocupación ante el Congreso de Estados Unidos, a finales de los 90, sobre la exclusión del comercio energético de las revisiones de su Comisión, porque tal comercio no estaba regulado de ningún otro modo. El comercio energético quedó exento por una disposición de la Futures Commission de 1993. La que era entonces presidenta de la Comisión, esposa de un senador por Texas, fue después miembro de la Junta de Directores de Enron, una vez que abandonó la Futures Commission. En 1999, la Junta de Directores de Enron levantó las reglas sobre conflictos de intereses de la compañía, para permitir que su director financiero crease un consorcio privado que colaboró con Enron; este consorcio se utilizó para enmascarar unas dedudas cada vez mayores. Eran miembros de la Junta de Directores de Enron personas asociadas con instituciones que habían recibido subvenciones de Enron, otras que habían sido consultores de Enron o habían formado parte del sector de regulación de las actividades de Enron, etc.

En resumen, el problema, en su aspecto más profundo, se refiere a la capacidad de las grandes empresas para influir sobre las reglas y los reguladores, incluso sobre su propia existencia. Como mínimo, se necesitaría una coherencia regulatoria (debe superarse la fragmentación regulatoria e incluso la ausencia de regulación en ciertos casos) especialmente cuando existen grandes asimetrías en información y transacciones sumamente complejas que analizar. Podrían ser convenientes ciertos cambios en las reglas de contabilidad, para reflejar menos el "modelo de la industria manufacturera" y más la economía del siglo XXI (por ejemplo, reglas para reconocer y depreciar los activos intangibles; reglas para que ciertos tipos de alquileres, que actualmente no se reflejan en los balances, volviesen a ellos, etc.) En caso contrario, se podría perjudicar gravemente la confianza de los inversores y, lo que es peor, puede haber más desastres del tipo Enron