Los abogados

Autor:Eloy Colom
 
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Los que, dejando a la espalda las Royal Courts del Strand, crucen el pequeño pasadizo que conecta Carey Street con New Square, salvo que carezcan totalmente de sensibilidad sentirán de inmediato que han entrado en un mundo aparentemente mágico y extraño donde la evocación y la serenidad dan carácter inconfundible al ambiente, y la vida parece haberse detenido en los ropajes, en el lenguaje, y, en definitiva, la estética y la galantería del siglo XVIII. Son los Lincoln’s Inn Fields, los jardines de los abogados.

Pero, obviamente, bajo esa apariencia de perfecta calma se ocultan las realidades de una profesión muy discutida. Porque en los abogados algunos ven a los defensores de la ley y la libertad -como ellos insistentemente pretenden presentarsepero otros ven a los manipuladores del Derecho, los peores enemigos de la justicia, porque operan desde ella.

1. Las dos profesiones

En todo caso ¿Estamos hablando de abogados en el sentido continental del término? La abogacía inglesa es una especie extraña de verdad. Si en la mayoría de los países existe una única clase de abogados, en Inglaterra, y en algunos pocos de los lugares que históricamente cayeron bajo su influencia, hay dos. Porque los profesionales conocidos como barristers y solicitors son considerados (y ellos se consideran a sí mismos también) como miembros de una sola profesión jurídica. Pero en realidad han venido funcionando como si se tratase de dos profesiones diferentes.

No es el caso de España con los abogados y los procuradores, porque sólo los primeros pueden ser realmente considerados como tales: es abogado el licenciado en Derecho “que ejerce profesionalmente la defensa y dirección de las partes en los procesos, o el asesoramiento jurídico”. La función del procurador es, en cambio, de tipo administrativo más que jurídico, ya que su función no es “abogar” por sus sus clientes, sino ejercer un mandato representativo (arts. 436 y 438 LOPJ).

En Inglaterra tanto los barristers como los solicitors son perfectamente encuadrables dentro de la apuntada definición del abogado español, si bien con matices en cada caso, matices cada vez menos importantes, sobre todo a partir de las modificaciones legislativas operadas en el Reino Unido en l990 con la promulgación de la ley denominada Courts and Legal Services Act, como más adelante se verá. No existe, por tanto, y salvo en algún detalle, equiparación posible barristerabogado y solicitor-procurador747.

También en los inicios de la abogacía inglesa, que podemos situar alrededor del año l200, se produjo una división profesional similar a la española, en la que se diferencian el experto en alegaciones ante los tribunales -el advocatusy el que sustituye la presencia física del litigante ante el tribunal -el procuratorpero la evolución en Inglaterra llevó a que en el siglo siguiente los procuratores no sólo continuasen llevando la representación de sus clientes, sino que los jueces admitiesen su intervención como abogados en asuntos de menor importancia ante los tribunales inferiores. De paso, los procuratores ingleses (cuyo grupo más destacado fue el integrado por los solicitors), se hicieron con ciertas labores rutinarias de tipo cuasiadministrativo, como la preparación de documentos para el juicio. La separación entre una y otra rama de la profesión -dice el profesor Bakerfue el resultado de la natural separación entre abogados cultos y de ingenio rápido, precisos para actuar en la sala de audiencia, y de abogados de oficina, necesarios para llevar los aspectos rutinarios y formulistas de la litigación748.

La separación entre las dos ramas de la profesión ha sobrevivido en Inglaterra porque hasta época muy reciente la realidad era que convenía a las dos, que así mantenían un espacio profesional definido y mutuamente protegido de invasiones por parte de la otra rama de la abogacía, multiplicando, además, el número de profesionales necesarios para cada litigio de mediana importancia, y en consecuencia ampliando conscientemente la demanda de servicios profesionales por parte de los justiciables.

2. Teoría de las profesiones

En un análisis típicamente funcionalista, Bernard Barber nos descubre los caracteres esenciales de las profesiones colegiadas tradicionales, sus “four essential attributes749 que -aplicados a la abogacíason:

  1. Dominio de un área de conocimientos técnicos de cierta complejidad. Es por ello por lo que en cualquier país moderno la profesión letrada exige un previo aprendizaje universitario o de tipo similar, e incluso, frecuentemente, la admisión en la Abogacía a través de pruebas de ingreso complementarias.

  2. Preocupación por los problemas e intereses de la sociedad en general, tanto o más que por los intereses propios de los colegiados. Así, la primera motivación de los abogados será preservar la libertad de sus clientes y colaborar en la realización de la justicia, antes que llenar sus propios bolsillos.

  3. El comportamiento de los colegiados está regido por un código muy estricto de ética profesional, establecido y mantenido por los propios colegios, y cuyo aprendizaje se impone a sus miembros de forma más o menos directa. Los abogados ingleses y españoles deben jurar cumplir fielmente el oficio según estas normas de conducta, antes de comenzar a ejercer profesionalmente.

  4. Los altos o relativamente altos emolumentos que pueden llegar a percibir en el ejercicio de su profesión, así como el status social que ésta les otorga, generalmente encuadrado en la clase media o (más bien) media-alta, refleja el gran valor, la importancia, de su contribución a la sociedad.

    Pero los funcionalistas han tenido que soportar considerables críticas en las tres últimas décadas por lo discutible de algunas de las asunciones contenidas en los precedentes párrafos.

    En primer lugar, es objeto de serias dudas la validez de la supuesta contribución de los profesionales al bienestar de la sociedad. Por de pronto, en los últimos años se ha iniciado una crítica cada vez más dura sobre los supuestos conocimientos técnicos de los profesionales. En general, no se niegan tales conocimientos en el sentido más estrictamente técnico, pero se pone en grave duda la capacidad de los profesionales para desarrollarlos con cordura por la mera posesión del título correspondiente.750

    En este sentido, vemos, en fin, cómo existe un notable divorcio entre grandes sectores de la población -y no precisamente los mas bajos desde el punto de vista intelectualy el mundo profesional del Derecho, gracias a las construcciones pretendidamente sutiles de algunos juristas, que actúan fuera del contacto con la realidad de la calle y -para colmocompletamente convencidos de hacerlo de forma irreprochable, con el mayor desdén hacia la “opinión vulgar” del ciudadano medio.

    Actúan desde el desconocimiento o el desprecio de la verdadera razón moral, la profunda razón de ser, de su profesión. Ignoran que esta razón no puede -o al menos no debeser otra que el servicio a la sociedad real, no a la que sólo existe en sus mentes en un pobre ejercicio de etnocentrismo: interpretan los deseos y necesidades de los otros desde el prisma del pequeño grupo al que pertenecen.751

    Pero a decir verdad, no es poco difícil vencer esta limitación de la experiencia, porque exige, primero, romper con lo que sostiene nuestro propio Yo, renunciando a unos conocimientos que nos distinguen de los demás, que nos dan seguridad en nosotros mismos, que definen nuestra personalidad, siquiera parcialmente. Y además, es difícil vencer esa limitación porque, desdichadamente, ser capaces de conectar con las realidades sociales no es cosa fácil. Porque es un arte, y, como tal, solo está al alcance de muy pocos.

    En segundo lugar, los funcionalistas señalan como característica de las profesiones, según hemos visto, un pretendido alto nivel de conocimientos técnicos en los que las ejercen. Tal cosa también ha sido puesta bajo una severa duda.752 Aquí nos ceñiremos a la abogacía, simplemente.

    Es cierto que en cualquier país los estratos superiores de la abogacía -y desde luego los abogados que se dedican a ciertas especialidades complejasprecisan de unos conocimientos técnicos notables. En ocasiones el abogado ha de hacer gala de un profundo conocimiento jurídico y de una gran capacidad para el malabarismo profesional. Pero es igualmente cierto que la mayoría de los jóvenes que empiezan a ejercer como abogados “generalistas” pronto se sorprenden de la escasa proporción de los conocimientos adquiridos en la facultad que realmente se utiliza en la práctica. Frecuentemente les bastan unas cuantas ideas sobre seguros, algunos artículos del Código Penal, algunas bases de la contratación civil, y una rutina procesal.

    Es así que Bankowsky y Mungham hallaron, en un estudio efectuado en Gales en l976, que la gran mayoría, cuando no la totalidad, de los trabajos de un abogado de bajo nivel no requiere nada de conocimientos jurídicos, basándose tan solo en meras rutinas que podrían ser llevadas a cabo por personas legas a las que se les haya proporcionado un breve entrenamiento.753

    En tercer lugar, y por último, se ha criticado, de igual forma, la pretensión de las profesiones de que el ejercicio profesional de sus miembros se rige por estrictos códigos éticos que suponen una garantía de honestidad frente a los clientes. Casi nada se ha escrito sobre el tema en el Reino Unido, al igual que en España, pero el profesor Carlin, en Chicago y Nueva York, y Rueschemeyer en Alemania han llevado a cabo extensos estudios sobre ello que les han conducido a la conclusión, coincidente, de que los códigos éticos de los abogados no sirven generalmente mas que para transmitir a los ciudadanos una imagen interesada de la profesión, y, poniendo en movimiento un conocido mecanismo psíquico colectivo de defensa, para darse a sí mismos una visión tranquilizadora (por honorable) de su rol profesional, llamando la atención de dichos estudiosos que los preceptos de los correspondientes códigos de...

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