Reforma fiscal y control del territorio: El Catastro de Ensenada o la confusión de Babel en Galicia
Anuario de Historia del Derecho Español › Núm. LXXVII, Enero 2007 › Miscelánea
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I. Introducción. II. Una fuente muy usada por la historiografía gallega. III. La realización de las primeras operaciones. 1. Las actuaciones del intendente Avilés en Betanzos. 2. Los nuevos comisarios: Francisco Javier Serón y Juan Felipe Castaños. IV. Valoración de las fuentes resultantes de las primeras operaciones del catastro. V. Otros problemas que plantean los datos del catastro, desde los «mapas» al «vecindario» de 1759. VI. Las revisiones y las últimas operaciones de la única.
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Reforma fiscal y control del territorio: El Catastro de Ensenada o la confusión de Babel en Galicia
Trabajo realizado en el marco del Proyecto de Invetigación HUM2005-06645/HIST, financiado por la Dirección General de Investigación del Ministerio de Educación y Ciencia.
I. Introducción En un extenso, vigoroso y argumentado informe fechado el 19 de marzo de 1751, que le valdría ser apartado de la dirección de las operaciones conducentes al establecimiento de la Única Contribución, el intendente de Galicia don Miguel Avilés Itúrbide concluía con desencanto que tal vez la reforma fiscal pudiese implantarse, pero en ese caso «no le faltarán las tragedias y sucesos que a el Catastro de Cataluña, ni también pleitos y quimeras en los pueblos». Y si la Real Junta constituida al efecto no daba otras reglas «más fáciles, más breves, más comprensibles, más seguras, más justificadas (...), será todo un desbarato y un desconcierto, después de tantos gastos, trabajo y pérdida de tiempo»1. Es bien sabido que al final la Única Contribución no llegó a ponerse en práctica, pero lo que realmente sorprende al historiador no radica tanto en este hecho como en el que la administración de Fernando VI lograse catastrar la corona de Castilla -salvo los territorios forales-, y dentro de ella el Reino de Galicia, cuyas operaciones supusieron confeccionar más de quince mil libros y registrar, entre otras variables, unos 29 millones de parcelas. Esto es lo que en verdad asombra a quien se acerca al Catastro de Ensenada, tanto a la fuente en sí como al proceso complejo y trabajosísimo de su elaboración2. A lo largo de la época moderna no son insólitas las fuentes creadas para llevar a cabo reformas fiscales que no pasaron de proyectos; un buen ejemplo lo constituye en la corona de Castilla el llamado «vecindario de la Sal», realizado en 1631 a instancias de Olivares para subrogar en ese producto estancado el importe de los servicios de millones cuya renovación era necesario negociar pacientemente con las Cortes3. Pero dentro del acervo documental fruto de propósitos innovadores que al final no pudieron materializarse en medidas político-fiscales concretas, el Catastro de Ensenada ocupa, a no dudarlo, un lugar de privilegio. Desde que se realizaran las primeras averiguaciones por vía de ensayo en la provincia de Guadalajara hasta el abandono del propósito de establecer la Única Contribución transcurrió en torno a un tercio de siglo, durante el cual se realizaron millones de operaciones tanto de acopio de una múltiple información como de elaboración y revisión de las diversas variables asentadas en los diferentes libros y estadillos confeccionados para cada parroquia o pueblo, a un nivel superior para las provincias y reinos, y finalmente para toda la corona de Castilla. La información reunida es tan abundante, detallada y diversa que no se exagera mucho afirmando que no resulta fácil acometer un trabajo de investigación sobre el siglo XVIII castellano sin toparse, antes o después, con el Catastro de Ensenada. Si costó trabajo ingente realizarlo, también lo ha dado después a los historiadores, y continuará haciéndolo, pues mucha de su documentación no ha sido aún consultada a fondo, y la que sí lo ha sido admite nuevas lecturas y tratamientos. El recurso casi obligado a la fuente en cuestión, su enorme volumen y la variedad de información que contiene dificultan seriamente la tarea de realizar valoraciones críticas. De un lado porque, a la vista del tiempo y esfuerzo que numerosos modernistas -entre los que me cuento- han dedicado a la consulta de los diversos libros y legajos del Catastro para llevar a término investigaciones que, aparecidas bajo la forma de libros, artículos o colaboraciones varias, se cuentan por miles, a uno le invade un justificado temor a acercarse al abismo, esto es, a concluir que la fuente carece de la fiabilidad mínima necesaria, lo que, por lógica consecuencia, llevaría a poner en duda la validez de muchos resultados obtenidos trabajosamente. Aunque, de llegar a tal extremo, la situación cabría calificarla de desalentadora o penosa, pero no de insólita, pues no faltan ejemplos de fuentes muy empleadas en su momento y luego consideradas inválidas. Ya se sabe al respecto que el trabajo histórico avanza sobre cadáveres, por decirlo de un modo rudo. Pero aparte de estos condicionamientos, que tienen que ver con la propia trayectoria personal en cuanto a investigación se refi...Ver el contenido completo de este documento
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