Valores y sentimientos: Un enfoque freudoemotivista
Anuario de Filosofia del Derecho › Núm. XVIII, Enero 2001
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Valores y sentimientos: Un enfoque freudoemotivista
El presente artículo aborda la cuestión del emotivismo ético y axiológico. En primer lugar haré referencia a las tesis del filósofo pragmatista americano John Dewey y a las del positivismo lógico del Círculo de Viena, que, aunque sin desarrollarlas, anticiparon algunas de las ideas emotivistas posteriores, y que han sido frecuentemente infravaloradas en los estudios sobre el tema; en segundo lugar aludiré a la posición de Charles Stevenson, el autor que con más frecuencia se identifica con el emotivismo, procurando destacar lo inexacto e incluso inadecuado de tal identificación; en tercer lugar analizaré la perspectiva de Alfred Ayer en Lenguaje, verdad y lógica (1936), obra en la que en mi opinión se explican y defienden con mayor solidez las tesis emotivistas, y a su influencia en Alf Ross; y en cuarto lugar trataré de esbozar una reformulación de las tesis emotivistas a través de la noción freudiana de «superego», útil en mi opinión para complementar la perspectiva metapsicológica que es presupuesta -aunque en escasas ocasiones explicitada y desarrollada- por las teorías emotivistas. 1. El emotivismo puede definirse como la interpretación de las expresiones éticas y valorativas en términos de emociones, de sentimientos, y por consiguiente como ajenas a procesos racionales. No cabe duda de que, así entendido, son numerosas las doctrinas que a lo largo de la historia de la filosofa se han acercado a él, pero en la presente nota me centraré en la corriente teórica que surge en los años treinta en el entorno filosófico anglosajón en momentos en los que ejercían un relativo dominio la teoría referencial del significado y el realismo intuicionista axiológico. En efecto, en los años siguientes al final de la primera guerra mundial la mayoría de las discusiones filosóficas giran alrededor del Tractatus logico-philosophicus de Wittgenstein, el cual se dirige a desarrollar una filosofía del lenguaje basada en la proposición como figura o modelo representativo de la realidad, la cual es conocida en tanto que se comprendan los signos proposicionales. Exceptuando la última parte del Tractatus, en la que se afirmará que la ética trasciende al lenguaje y es por consiguiente inexpresable1, todo el resto del libro asume la perspectiva semántica de que el análisis língüístico debe centrarse en las relaciones entre las expresiones de un lenguaje y sus referencias o estados de hecho a los que se refieren. Esas relaciones referenciales se reflejan en la representabilidad (le los hechos mediante el lenguaje y en la atribución de sentido al propio lenguaje, lo que le asegura su correspondencia con el mundo externo2. En este contexto la teoría referencial del significado es aceptada generalizadamente. Los signos lingüísticos significan aquello a lo que se refieren, y del mismo modo que objetos como las casas, los coches o las mesas son el significado de los términos «casa», «coche» o «mesa», también propiedades naturales como la blancura o la agudeza musical son el significado de los términos «blanco» o «agudo». El lenguaje cumple así una función cognoscitiva consistente en la simbolización de la referencia del signo al objeto o estado de cosas correspondiente. Oponiéndose al idealismo, Moore destacó que esta relación cognoscitiva no se debe entender como relación interna de pertenencia del objeto a la conciencia, sino como relación externa que no modifica la naturaleza de las entidades significadas ni afecta a las propiedades o cualidades de los signos, y así hay que entender su afirmación de que somos intuitivamente conscientes de la noción de lo bueno como atribución a la ética de la misión de analizar las proposiciones lingüísticas que se pueden hacer sobre las cualidades de las cosas denotadas por el término bueno. De forma análoga a como el término «blanco» significa la propiedad natural de la blancura, que percibimos con nuestro sentido visual, y a como el término «agudo» significa la propiedad natural de la «agudeza», que percibimos con nuestro sentido auditivo, también el término «bueno» significa la propiedad de la bondad, pero esta propiedad no es natural, no se percibe sensorialmente sino extrasensorialmente, intuitivamente3. Frente al semanticismo de la teoría referencial del significado y frente al realismo intuitivista, el emotivismo surge destacando una segunda función del lenguaje, más importante aún que la función cognoscitiva, consistente en la expresión de los sentimientos e intenciones conscientes e inconscientes de quienes formulan enunciados lingüísticos. Esta fuerza o valencia pragmática del lenguaje domina sobre su dimensión semántica, que incluso queda dirigida por ella. 1.1 Usualmente, las tesis del emotivismo axiológico se personalizan en Alfred Ayer y en Charles Stevenson, en particular en sus respectivos libros Lenguaje, verdad y lógica (1936) y Ética y lenguaje (1944), aunque a mi juicio las tesis que mantiene Stevens...
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