La Constitución de 1828 y su proyección en el constitucionalismo peruano

Historia constitucionalNúm. 4-2003, Junio 2003España e Iberoamérica

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Resumen


I. Introducción. II. Las fuentes de la Constitución de 1828. 2.1. La influencia de Luna Pizarro. III. El gran dilema: Federalismo o Unitarismo. 3.1. El unitarismo de José María de Pando. 3.2. Las Bases de la Constitución. Discusión y aprobación. 3.3. El unitarismo pragmático de Manuel Lorenzo de Vidaurre. 3.4. Francisco Pacheco: Gobierno central con aproximación al federal. 3.5. La ambivalencia de Llosa Benavides. 3.6. El unitarismo de Luna Pizarro. IV. El proyecto y el debate constitucional. 4.1. El debate constituyente y periodístico del proyecto. 4.2. Aprobación y promulgación de la Constitución. V. Las instituciones de la Constitucion de 1828. 5.1. La dogmática constitucional. 5.2. La forma de Estado: El Estado unitario. 5.2.1. Las Juntas Departamentales. 5.2.2. Las Municipalidades. 5.3. La forma de Gobierno. 5.3.1. Equilibrio de poderes. 5.3.2. Poder legislativo. 5.3.3. Poder Ejecutivo. 5.3.4. El Consejo de Estado. 5.4. La vigencia obligada y posterior ratificación de la Constitución. VI. Influencia y persistencia de la Constitucion de 1828.

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La Constitución de 1828 y su proyección en el constitucionalismo peruano

I. Introducción

La Constitución de 1828 tiene un significado emblemático en el constitucionalismo peruano. Es la primera constitución genuinamente nacional. No sólo por su contenido sino por las circunstancias en que se expidió. La Constitución de 1823 se inspiró y siguió muy cercanamente el texto de la constitución gaditana y expresó el romanticismo iluso de los fundadores, en una hora apremiante y angustiosa; la de 1826, era la constitución boliviana que el Libertador impuso, a sangre y fuego, y que el Perú, obviamente, jamás acataría. Los constituyentes de 1827 pretendían que la Constitución reflejara la identidad, esencial y privativamente peruana, y su voluntad de constituirse como una nación verazmente soberana e independiente, ajena, por entero, a los proyectos políticos del Libertador y distante, por cierto, de las tendencias separatistas del sur que alentaban Santa Cruz y otros bolivianos.

Desde luego que el momento histórico resultó más propicio que otros para su dación. No estaba el Perú, en 1827, inmerso, como en 1823, en el fragor del combate emancipador ni en la tarea impostergable de improvisar, en medio de la guerra, un régimen político estable. Tampoco vivía ya el ambiente opresivo de una autocracia que se había tornado intolerante y agresiva contra todos los que advertían que, detrás de los proyectos de integración del Libertador, había un claro designio hegemónico de la Gran Colombia. Por el contrario, su hostilidad al Perú -que provocaría luego la guerra entre ambos países- sirvió para afinar el espíritu nacionalista peruano y templar el ánimo para la obra organizadora del derecho.

Derivada, como todas las constituciones peruanas, la singularidad de la Carta de 1828 radica no tanto en su autonomía respecto de fuentes de inspiración extranjeras cuanto en la del propósito que animaba a sus inspiradores. Querían una Constitución que respondiera, con realismo, a las necesidades y posibilidades del Perú. Autoritarios y liberales habían asimilado las lecciones de las dolorosas experiencias derivadas de sus respectivos desvaríos y excesos ideológicos en el primer lustro de vida independiente. Por eso mismo, decidieron inspirarse en los principios liberales de la Carta de 1823 y recoger, con sentido pragmático, normas e instituciones de otras Constituciones americanas como la colombiana de 1821 y la argentina de 1826 que parecían haber hallado recetas concretas y específicas para resolver problemas que, a la sazón preocupaban o agobiaban también al Perú.

La lucha por la libertad que, al final de cuentas, es la lucha por la Constitución1, no comenzó, en el Perú, en 1820 o en 1824, "en que arriban las expediciones libertadoras del sur y del norte, ni éstas trajeron una semilla desconocida"2. Culminaron simplemente un largo proceso en el que los peruanos, pese a haber sido los primeros en combatir por la libertad, paradójicamente, fueron los últimos en conseguirla. La significación económica, administrativa y política del Virreinato convirtieron al Perú en el último bastión sudamericano del poder español y en el escenario final de la emancipación americana. Surgieron en el Perú --en palabras de Porras-- "al mismo tiempo que en los demás pueblos de América, los agitadores y los tribunos, los ideólogos embargados por la quimera de Rousseau y los rebeldes fanáticos que pagaron con el martirio la valerosa inoportunidad de su empeño"3. Ocurre simplemente que, en esos empeños -la revolución precursora de Tupac Amaru en 1780 o la insurrección de los Angulo y Pumacahua en 1814-- no surgió "ningún caudillo genial para las batallas". "El guerrillero obstinado en la breña natal, el insurgente de cuartel que revoluciona una ciudad o una fortaleza para perderla por la traición o por inhabilidad estratégica, el indio cabecilla de huestes ignaras y desarmadas, son las incompletas individualidades de nuestra gesta épica". Por ello, "fueron mayores y mas constantes los fracasos, (y) más cruenta y brutal la represión y por ello más viril y admirable la rebeldía". La independencia, sin embargo, no se habría logrado sin la idea revolucionaria, "fruto (...) de una obra civil e intelectual de la cátedra y el periódico, alentada por apóstoles y soñadores que son los que preparan la acción heroica, aunque desafortunada de los precursores". No fue menor el esfuerzo de los luchadores.

La revolución de Tupac Amaru, en 1781 no sólo agitó el Cusco, el sur del Perú o Bolivia. Conmovió a la América entera y abrió el camino de la emancipación del continente. En ella halló inspiración Viscardo y Guzmán para publicar, diez años después, su "Carta a los españoles americanos"4. En 1805, una vez más, el Cusco se pronuncia. Esta vez, en la conspiración frustrada de Gabriel Aguilar y Manuel Ubalde que, finalmente, son ejecutados. En 1810 se descubre la conspiración de Anchoriz en Lima. No obstante hallarse en pleno funcionamiento las Cortes de Cádiz, se producen d...

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