Ciencia y gobierno en un mundo post-westfaliano: la necesidad de un nuevo paradigma

Autor:Kimon Valaskakis
Cargo:Universidad de Montreal
RESUMEN

Asunto: La aparición de un proceso de globalización acelerado en la segunda mitad del siglo veinte ha socavado enormemente el sistema mundial de estados-nación soberanos (el llamado sistema westfaliano, por el tratado que lo introdujo en 1648). Un sector que aún está funcionando bajo los viejos postulados westfalianos, sin embargo, es la política científica. Aun reconociendo en general la existencia de la globalización, los responsables de la política científica tienden a subestimar las restricciones que la misma impone sobre los grados de libertad de los gobiernos nacionales en este importante campo. Relevancia: En la formulación de la política científica y tecnológica es importante que los responsables políticos perciban que las reglas del juego han cambiado sustancialmente desde la aparición de la globalización. En sus intentos por democratizar la política científica a nivel nacional, a menudo olvidan que la batalla es ahora mundial y biosférica y ya no sólo nacional. La aprobación de una ley por un parlamento determinado, prohibiendo tal o cual actividad científica o regulando una tecnología específica puede carecer de significado al ir desapareciendo las fronteras políticas.

 
CONTENIDO

Introducción

En 1648, el tratado de Westfalia dio fin a la Guerra de los Treinta Años e introdujo un nuevo orden internacional basado en la "soberanía" de los estados-nación. La "soberanía" se definió como un poder legal absoluto contra el que no cabía apelación posible. Un acto de soberanía estaba por consiguiente, por definición, fuera de toda discusión, a menos que lo impugnase otro estado soberano que tendría entonces que recurrir a la guerra para defender su reivindicación. Pero aparte de la guerra, todo estado reconocido se consideraba el árbitro final de sus propios asuntos. El sistema westfaliano adquirió carácter mundial con la expansión europea de los siglos XVII al XX y es hoy día la base legal para el actual orden internacional.

Desde el tratado de Westfalia en 1648 el estado-nación se ha considerado el árbitro final de los asuntos dentro de su territorio. La globalización, sin embargo, ha hecho que queden obsoletas algunas de las características de este modelo

La aparición de un proceso de globalización acelerado en la segunda mitad del siglo XX ha desestabilizado gravemente el sistema westfaliano, que está en peligro de colapso inminente. Sin embargo, los gobiernos han sido muy lentos en aceptar esta posibilidad y no se han preparado seriamente para una actualización significativa. Un sector que aún trabaja bajo los viejos postulados westfalianos es la política científica, que todavía tiene que asumir una perspectiva mundial. Aun reconociendo en general la existencia de la globalización, los responsables de la política científica tienden a subestimar las restricciones que impone sobre los grados de libertad de los gobiernos nacionales en este importante campo. Los analistas se centran en el proceso de formulación de la política científica, (democrático o no democrático, si el interés público está servido, etc.) y tienden a ignorar el hecho de que estos mismos gobiernos nacionales están perdiendo su estatus de actor principal en esta área, y están siendo cada vez más superados por los consorcios privados internacionales. La globalización ha alterado radicalmente las reglas del juego. En este breve artículo identificamos dos aspectos de la cuestión: el impacto de la globalización sobre (a) el gobierno de la ciencia y (b) la ciencia de gobierno misma.

La política científica ha continuado definiéndose en gran parte a nivel nacional, siendo a menudo incapaz de hacer frente adecuadamente a cuestiones cuyos impactos son de ámbito mundial

El gobierno de la ciencia bajo las condiciones de la globalización

La globalización puede definirse como un proceso histórico cuyo resultado neto ha sido hacer del planeta Tierra un lugar mucho más pequeño. Todo el mundo se ha convertido en escenario. Caracterizada por la "desaparición de las distancias" y la elevada movilidad geográfica de los factores de producción, ha estado también marcada por la pérdida de importancia de las fronteras políticas, que se están haciendo mucho menos significativas. El ámbito de la autoridad gubernamental normal se ha reducido ahora sustancialmente por una razón muy poderosa: La soberanía "westfaliana" se ejerce sobre trozos de territorio geográfico, mientras que un número creciente de retos de gobierno son hoy día transnacionales. Cuanto más alta es la movilidad de los factores de producción (e, incidentalmente también de los "factores de destrucción", como el crimen organizado y el terrorismo internacional) menor es la efectividad de la autoridad basada en factores geográficos. Estos agentes libres pueden moverse sin esfuerzo desde una jurisdicción a otra. Además de esta movilidad que les permite esquivar toda regulación, la aparición de una enorme tierra de nadie biosférica, que no está bajo ninguna autoridad, está exacerbando el problema. Comprende los océanos, el espacio exterior y las entrañas de la tierra, más allá del alcance de los sistemas de autoridad tradicionales. Cuando esa biosfera no regulada se convierte en más accesible, permite a los delincuentes instalarse en esa tierra de nadie y realizar sus actividades completamente a cubierto de las leyes nacionales.

Aplicada a la ciencia y a la tecnología, la reducción del ámbito de la soberanía nacional significa que las actividades científicas y tecnológicas (benéficas o maléficas) pueden desarrollarse con impunidad. El ejemplo más sencillo es, desde luego, Internet. La tecnología es mundial y, por consiguiente, cualquier intento de regularla debe ser también necesariamente mundial o sería completamente inútil. Es cierto que algunos países pueden intentar bloquear el uso de Internet, pero estos intentos parecen condenados al fracaso a largo plazo a medida que avanza la tecnología. Hace veinticinco años, cintas de vídeo proyectadas en las mezquitas destruyeron el régimen del Shah del Irán. Mañana, Internet puede desafiar la estabilidad de cualquier régimen que prohiba su uso.

Es cada vez más fácil para las actividades moverse de una jurisdicción a otra, y así encontrar una jurisdicción que les convenga, o simplemente moverse a un refugio seguro en alta mar, fuera del alcance de las autoridades nacionales

Cualquier nivel de control de Internet, que no sea mundial (o para ser más preciso, biosférico) no sería efectivo. Es interesante observar que actualmente se están instalando servidores en islas desiertas o en barcos que llevan banderas de conveniencia. Estos servidores pueden ofrecer servicios financieros, de consultoría, pornográficos u otros sin regulación alguna, plenamente a cubierto de las leyes nacionales. En ausencia de una ley internacional cuyo cumplimiento se pueda imponer claramente, estos "paraísos de soberanía cero" pueden muy bien crecer y prosperar.

En el campo de la medicina ya estamos siendo testigos de algunos ejemplos, hasta ahora benignos, que incluyen barcos que realizan abortos o eutanasia fuera de las aguas territoriales de estados cuyas leyes prohiben esas actividades. El siguiente paso, menos benigno, podría implicar el desarrollo de nuevas tecnologías prohibidas, fuera del sistema de soberanía westfaliano. El debate acerca de la clonación humana y el uso comercial del genoma se está enconando dentro del propio sistema de soberanía y los diferentes países están tomando posiciones opuestas sobre la cuestión. Pero lo que hay que observar es que incluso los países que toman posiciones contra esos experimentos no están en absoluto protegidos, ya que los clones podrían producirse en otra parte e introducirlos en el país en una fecha posterior. Del mismo modo que los robots introducidos en Suecia pueden tener un efecto sobre la competitividad industrial en Asia, los experimentos biocientíficos pueden tener efectos mundiales, independientemente de que los países individuales aprueben o desaprueben esas prácticas.

Como han mostrado ya los problemas y los desarrollos medioambientales en ciertas áreas de la biotecnología, controlar los productos o procesos simplemente dentro de una jurisdicción nacional no es garantía de que un país no se vea afectado por ellos

A una escala mucho más pequeña, algo similar está ocurriendo ya con los organismos modificados genéticamente (OMG). Dada la integración de la producción agrícola mundial y el incremento del comercio de los componentes alimentarios, es extremadamente difícil estar seguros de que los OMG no se estén introduciendo en los productos alimenticios que consumimos, aunque nuestro país desapruebe su uso. Una de las características que definen la globalización es el aumento de la interdependencia en todos los campos. Como apunta un autor, nos estamos convirtiendo en un mundo único, tanto si estamos preparados como si no. Esto es especialmente cierto en los campos de la ciencia y de la tecnología.

Los ejemplos, ciertamente, pueden multiplicarse. El elemento importante a observar es que la capacidad política de los países individuales en estos campos está ahora fuertemente restringida por la globalización. Sería engañoso pretender otra cosa. Los gobiernos que crean que la simple aprobación de una ley por el parlamento, prohibiendo una actividad tecnológica determinada, será efectiva, están perdiendo contacto cada vez más con las realidades que los rodean.

¿Una nueva ciencia de gobierno?

No sólo el campo de la ciencia está escapando de las viejas formas de gobierno, el propio ámbito del gobierno está viéndose profundamente afectado por los cambios en la tecnología. Está surgiendo una nueva ciencia de gobierno. Una vez más, el ejemplo más obvio es la relación entre Internet y Gobierno. En su aspecto positivo, el advenimiento de las autopistas de la información ha introducido la agradable posibilidad de la ciberdemocracia. La democracia directa exaltada por los antiguos griegos podría convertirse en una realidad, con todos los ciudadanos siendo capaces de introducir sus puntos de vista en el proceso político, ya sea éste local, regional, nacional o incluso mundial. Con la ciberdemocracia debe llegar, desde luego, una mayor responsabilidad, lo que requiere una educación de las masas más efectiva. Una de las ventajas de la democracia representativa más tradicional es que crea un amortiguador entre las multitudes que actúan como tales, y el proceso de decisión política- algo que se perdería con la ciberdemocracia directa. La posibilidad de referenda frecuentes e inmediatos sobre cualquier tema tendrá que equilibrarse con una mayor autodisciplina para evitar el abuso de la tecnología, pero en general, el potencial de las nuevas tecnologías puede ser muy positivo a este respecto.

Internet tiene la capacidad de permitir una democracia más directa, aunque permanece el problema de si nuestras sociedades están preparadas para ello. Ciertamente, existe el riesgo de que la misma tecnología pueda pervertirse hasta el extremo del "cibertotalitarismo" a medida que la sociedad se haga más dependiente de las TIC para todos sus flujos de información

En el lado menos positivo está la conciencia de que la misma tecnología que hace posible la ciberdemocracia podría también conducir al cibertotalitarismo. Internet es hoy día un sistema abierto accesible a todos. En la mayoría de los casos, el coste de la entrada se limita principalmente a aceptar el constante bombardeo de publicidad, en una forma u otra. Las tecnologías de la información y la comunicación han traído una mayor transparencia y una mayor implicación de los ciudadanos. Pero no hay garantía de que, en el futuro, la dirección científica del cambio no pueda conducirnos a intranets codificadas más que a internets abiertas y democráticas. Las intranets exclusivas y elitistas, con derechos de entrada restringidos, pueden dar lugar a una nueva forma de conocimiento-poder limitado a unos pocos. Se puede imaginar un escenario de sistemas de información cerrados pertenecientes a una elite. Estas intranets opacas no transparentes podrían conferir un enorme poder a quienes tengan acceso a ellas. Reforzados por tecnologías de codificación impenetrables, estos sistemas harían posible toda clase de escenarios hegemónicos, que empequeñecerían a los sistemas totalitarios tradicionales.

Otro posible escenario es el de intranets estrechamente protegidas, disponibles sólo para la elite del conocimiento, aunque la experiencia muestra que las ventajas tienden a alternarse entre esas fortalezas y los medios para penetrar en ellas

El debate tecnológico sobre si son posibles intranets impenetrables está actualmente abierto- del mismo modo que lo ha estado el debate entre la eficacia de la espada y la del escudo en la tecnología militar. A veces la espada va por delante, a veces el escudo; a veces la tecnología favorece el ataque y otras veces la defensa. El excesivo sesgo hacia la defensa ha creado siglos de feudalismo estable, donde los caballeros permanecían invulnerables en sus fortalezas de piedra. La invención de la pólvora cambió todo esto y aceleró la desaparición de los señores feudales, despojándolos de su invulnerabilidad. Un debate similar existe entre ataque y defensa en la era de Internet. Hay una carrera perpetua entre los piratas intrusos que invaden los sitios web y las direcciones de los correos electrónicos, y las intranets codificadas con blindaje informático importante, protegidas totalmente contra los intrusos.

Desde el punto de vista de gobierno, "ataque" y "defensa" presentan problemas y también oportunidades. Si el ataque gana, las intranets no protegidas se hacen vulnerables al fraude, al ciberdelito, al ciberterrorismo, etc. Si la defensa gana, las intranets protegidas pueden ser el preludio de un nuevo totalitarismo con una nueva divisoria entre "los que saben y los que no saben" sustituyendo la vieja división entre "los que tienen y los que no tienen". Como el conocimiento es la forma contemporánea de poder, el acceso privilegiado al conocimiento puede crear sistemas hegemónicos tan estables (en el sentido negativo del término) como lo fue el feudalismo antes de la pólvora.

En lo que se refiere al ciberterrorismo, está absolutamente claro que la capacidad destructiva y productiva que estas nuevas formas de conocimiento confieren a sus usuarios es enorme. Imaginemos terroristas que usan bombas biológicas en lugar de las tradicionales, o ciberataques suficientemente sofisticados para destruir el sistema bancario de EE.UU. por medio de un ordenador portátil. Estas posibilidades pueden desgraciadamente estar a sólo unos pocos años de distancia y la comunidad internacional necesita prepararse suficientemente para ellas.

Implicaciones para la política científica y tecnológica

En la formulación de la política científica y tecnológica es importante que los responsables políticos se den cuenta de que las reglas del juego han cambiado fundamentalmente desde la aparición de la globalización. En sus intentos por democratizar la política científica a nivel nacional, están olvidando a menudo que la batalla es ahora mundial y biosférica y ya no sólo nacional. La aprobación de una ley por un parlamento determinado prohibiendo tal o cual actividad científica o regulando una tecnología específica, puede carecer de significado cuando las fronteras políticas desaparecen. Para ser efectivas, las políticas científicas y tecnológicas deben ser no sólo internacionales sino también supranacionales, es decir, para ser efectivas no deben estar limitadas por fronteras estatales. En otras palabras, la política científica debe globalizarse gradualmente para adaptarse al ya avanzado estado de globalización de la propia ciencia.

La política necesita globalizarse para adaptarse al ámbito de las actividades que trata de regular. A este respecto, la UE tiene algo de pionera, como un experimento de supranacionalidad

En su conjunto, el campo de la ciencia y de la tecnología, especialmente en lo que se refiere al gobierno, es como la mítica caja de Pandora, llena de promesas y de amenazas. Una estrategia antitecnología neo-ludita es claramente injustificable porque (a) la tecnología aporta considerables ventajas a la humanidad y (b) porque, a todos los efectos, la innovación no puede detenerse de ninguna manera. Por otra parte, una política completamente de laissez-faire, de no regulación, es extremadamente peligrosa, dado el inmenso poder de las nuevas tecnologías. En este sentido, un intento débil de regulación, a nivel equivocado, basado en supuestos obsoletos que sobreestimen el poder de los gobiernos nacionales, puede terminar peor que el laissez-faire, ya que adormecería al público con un sentimiento de falsa seguridad. Solamente la acción internacional concertada será probablemente efectiva en aquellas áreas de la ciencia y de la tecnología que se están globalizando.

En este contexto, la Unión Europea es pionera en este campo, pero debe evitar engañarse pensando que pueden encontrarse soluciones verdaderamente eficaces a nivel regional. Es pionera porque es la única región en el mundo que está experimentando abiertamente con la supranacionalidad, que es un concepto post- westfaliano. Si el sistema de soberanía nacional nació en la región europea de Westfalia, el sistema de soberanía supranacional nació y se desarrolló en otras ciudades europeas como Roma, Maastricht y Niza. La política europea de ciencia y tecnología que tiene precedencia sobre las regulaciones nacionales es un acontecimiento bienvenido, a copiar en otras partes, y el experimento europeo debe considerarse atentamente.

Pero la Unión Europea puede también acabar engañándose inadvertidamente, y posiblemente engañando también a otros, si cree que transponiendo el gobierno del nivel nacional al continental, el problema se ha solucionado. En áreas de auténtica globalización donde todo el mundo se ha convertido en escenario, el nivel continental puede ser aún demasiado limitado. Construir una carta europea de Internet o de las Biociencias puede ser un noble esfuerzo. Pero a menos que sus previsiones alcancen nivel mundial mediante la aprobación de todos, su limitado ámbito geográfico reducirá enormemente su efectividad.

Los experimentos europeos con la supranacionalidad son revolucionarios pero, para que sean plenamente efectivos, necesitarán el respaldo a nivel mundial y no sólo continental

Las corporaciones se han convertido en mundiales. Las comunicaciones se han hecho mundiales. El crimen organizado se ha hecho mundial. Es hora de que las políticas de la ciencia y la tecnología aspiren a alcanzar la misma meta. Una política científica post-westfaliana, auténticamente internacional y auténticamente democrática, debe convertirse en el objetivo a largo plazo. El objetivo a medio plazo es que los pioneros como la Unión Europea muestren el camino experimentando con la supranacionalidad y demostrando al mundo sus ventajas e inconvenientes, sus posibilidades y sus desventajas. Lo que está en juego es mucho y el tiempo es corto.

Palabras clave

globalización, soberanía nacional, política científica, coordinación supranacional

Contactos

Dr. Kimon Valaskakis, Universidad de Montreal

Correo electrónico: kimonv@hotmail.com

Dimitris Kyriakou, IPTS

Tel.: 34 95 448 82 98, fax: 34 95 448 83 39, correo electrónico: dimitris.kyriakou@jrc.es

Sobre el autor

El Dr. Valaskakis fue el anterior embajador de Canadá en la OCDE. Actualmente es profesor de Economía en la Universidad de Montreal y miembro de FUTURIBLES París. Es también presidente del Club de Atenas, una iniciativa que incluye a los líderes mundiales interesados en mejorar el estado del gobierno mundial. Antes de su nombramiento como embajador en la OCDE, Valaskakis fue presidente del Instituto Gamma, un centro de investigación sobre previsión y planificación, y presidente de ISOGROUP Consultants, una empresa de estrategia internacional. El Dr. Valaskakis es autor de 8 libros y más de 150 artículos.

"The IPTS Report, is the refereed techno-economic journal of the IPTS,edited by D. Kyriakou, published monthly in English, French, German and Spanish."